El pasado fin de semana quedará en la memoria de Izal y de sus seguidores como el de la culminación de un sueño improbable, llenando durante dos noches seguidas el aforo máximo del Palacio de los Deportes. Algo aparentemente al alcance de muy pocos y en teoría nunca de una banda del mal llamado “indie”, desde hace un tiempo tan desdibujado precisamente por casos como el que nos ocupa. Pero lo importante es que lo hicieron, cumpliendo las expectativas y ofreciendo un espectáculo impecable y a la altura de las circunstancias, con todo tipo de extras más allá de las canciones y la nostalgia y el agradecimiento por bandera, algo que les honra.

Mikel y su equipo desplegaron todo su arsenal de hits y pirotecnia ante un público entregado, que enloquecía con el apagado de luces previo al comienzo del concierto y que cantaba de principio a fin tanto clásicos del grupo (“Copacabana”, que llegaría pronto), como los temas más recientes, caso de “La increíble historia del hombre que podía volar pero no sabía cómo”, canción cuyo videoclip, animado en stop motion por Hiru Animation, fue hilo conductor del concierto a través de las pantallas gigantes del escenario.

La banda saltaba al escenario ataviada con trajes de astronauta, que mantendrían durante las tres primeras canciones siguiendo el hilo narrativo del video proyectado, en un viaje espacial ficticio con invitados de lujo al servicio de la interacción con el público. Joaquín López y Miren Ibarguren, luego también Kira Miró y la guinda personificada en Raphael, para la despedida añadieron entretenimiento a un show dinámico y sin pausas, durante el que propusieron diversos juegos al público a través de una aplicación móvil con la que incluso pudo votarse en cierto momento la canción que la banda tocaría a continuación.

El agradecimiento a los seguidores que les han llevado hasta ahí fue constante, con el recuerdo de sus primeros conciertos en el Café La Palma y una reconocida emoción sobre el escenario. “Ahí atrás ha habido euforia, ha sido un abrazo como el primero y eso es una puta pasada”, confesaba Mikel tras volver de camerinos para afrontar los bises. Antes hubo tiempo para dedicar “Pequeña gran revolución” a su hermana, a la que el palacio entero cantaba el cumpleaños feliz. También para incidir en un optimismo edulcorado con “Qué bien” o “Temas amables”, que introducía lamentando el odio acumulado en las redes sociales.

La maquinaria Izal y su puesta en escena es irreprochable, sonando con potencia  y cuidando cada detalle del show, pero deberíamos plantearnos si hay algo en ellos realmente arriesgado y diferente. Quizá el nivel de exigencia de buena parte del público, la importancia mínima destinada a la música en nuestra rutina, y la complicidad de los medios (abandonando su función de filtro), hayan conseguido aupar a bandas que, no sin un tremendo esfuerzo, llegan a la cima ofreciendo algo sencillo y amable, efectista pero falto de más contenido.

En todo caso, lo logrado por Izal es increíble, logrando conectar con un público ávido de épica, de emociones y de experiencias veraniegas en algún festival. El suelo del WiZink Center vibraba con canciones como “Asuntos delicados” o “Magia y efectos especiales”. Rozando la medianoche la banda se retiraba para volver y ofrecer una traca final que iniciaban con calma, montando un set reducido con los músicos en primera línea del escenario interpretando “Pausa”. La noche y el fin de semana de gloria apuntaban a su final, cerrando con todo lo que les quedaba: “La mujer de verde”, “El baile” y “Bill Murray”.

Entre tanto, muchas otras bandas queman etapas sabiendo que el sueño es posible. Un sueño que es solo propio y que versa acerca de una idea muy concreta del éxito, difícilmente compatible con los que esperamos nuevas canciones y discos que pasen a la historia del pop español.