La voz de una generación
ConciertosDepresión Sonora

La voz de una generación

7 / 10
Daniel Gómez-Cortázar — 12-01-2026
Fecha — 09 enero, 2026
Fotografía — Eider Iturriaga

El pasado viernes tuvimos la suerte de vivir en el Kafe Antzokia el fervor de la Generación Z por un artista que no ha parado de crecer desde la pandemia: Depresión Sonora. El anuncio de todo vendido había sido colgado hacía tiempo. Más de dos horas antes del espectáculo, decenas de adolescentes y veinteañeros hacían cola estoicamente bajo la lluvia y el frío para oír en directo a la voz del extrarradio que mejor ha puesto palabras a sus sentimientos de hastío y alienación.

Tras un anuncio de voz femenina digital–“ Hi, this is…DEPRESIÓN SONORA”–salió Marcos acompañado de su actual banda al escenario. Mientras se colocaban los instrumentos, sonaba a modo de introducción pregrabada “Éxodo 32:15-28” de su segundo LP “Los perros no entienden de internet… y yo no entiendo de sentimientos” que venía a presentar. Con las primeras notas, ya empezó el público a corear el primer tema “La balada de los perros”. A mitad de la canción sacó la melódica cuyo sonido evocó en los más veteranos aquellas canciones de El Niño Gusano.

Los gritos y primeros bailes acompañaron el ritmo acelerado de “Generación perdida, diversión prohibida” en la que se enfundó Markus la guitarra eléctrica. A ambos lados del escenario un juego de luces blancas alternantes acrecentaba el sentimiento de confusión de la propia canción. Su voz plana casa muy bien con el tedio que quiere transmitir en sus creaciones. A base de “Estupefacientes” quiso sacarnos después de esa monotonía. El público hizo lo propio consiguiendo que en el ambiente no solo se respirara frenesí, ni sudor adolescente, sino también olor a gasolina de Zippo, marihuana y nitrito de amilo.

Las proclamas generacionales siguieron con “Mala”. La sociedad líquida descrita por Zygmunt Bauman, con sus luces y sombras, se reflejaba claramente en el público: tras la muerte de las subculturas de los 80 y 90, jóvenes multirraciales (alta asistencia de chicas!) con pelos de colores cantan canciones postpunk. Tanto estos himnos como el look de la juventud asistente recogen la herencia del nihilismo punk, del pesimismo grunge, del sentimiento emo y de la oscuridad gótica.

A continuación fueron proyectadas unas imágenes en la línea de Black mirror mientras una voz robótica declamaba “Naces, creces, te ilusionas, error número uno (...) Acepta tu pobreza con dignidad. No dejes de rezarle a la red. Nadie va a salvarte así que no nos cuentes lo que sientes”. El cantante ataviado con sudadera XL y oculto bajo una gorra con orejeras, interpretó “Sin volverme loco”, moviéndose de lado a lado del escenario y soltando su timidez a la vez que la juventud iba poco a poco perdiendo su mirada taciturna.

Las primeras filas se pusieron a botar con el ritmo machacón de “Dónde están mis amigos”, y todas las voces se hicieron una en el medio tiempo “Dos adolescentes y su primer amor”. La muy solvente banda ejecutaba los temas con soberana precisión, dando muchísimo color a estas canciones escritas con vocación lo-fi de dormitorio. No era para menos: estaba compuesta por Gonzalo López a la guitarra, René del Hoyo al bajo (líder de Dharmacide), David Chamizo a la batería (Menta, El buen hijo, Cariño) y el siempre sonriente Juan a.k.a. Simunn a la guitarra eléctrica, a la guitarra acústica y a los sintes, ¡claramente el que mejor se lo pasó de todos!

Los ritmos maquinales dieron paso a la más épica “Guárdame este secreto”, tan deudora del “Don't you forget about me” de los Simple minds. En “Veo tan adentro” nos acordamos de cómo se describe la magia de The cure en la película "Sing street" (John Carney, 2016): son canciones tristes y alegres a la vez. De manera similar, Markus combina con maestría guitarras soleadas y alegres con sonidos de bajo oscuro, voz monótona y cajas de ritmos robóticas pero saltarinas.

Se dirigió por primera vez al respetable: “Qué tal vamos Bilbao, ¿bien?” y empezó a sonar “Hay que abandonar este lugar”. El público siguió recitando la larga ristra de canciones con la misma exactitud con la que aprendíamos las tablas de química. En “Domingo químico” dirigió por primera vez el micrófono hacia los/las fans y con “Hasta que llegue la muerte” la parte delantera a la derecha se desquitó bailando sin parar. Después de otro vídeo distópico, hubo tiempo para seis bises. Tras la acústica “ Qué pena que nos vayamos a olvidar”, sonó “Fumando en mi funeral”. Mientras ondeaba una bandera de Venezuela arrancó todo el mundo a gritar “al final somos todos pobres”. Quizá estas canciones de depresión individualista tienen una voluntad oculta de despertar colectivo.

Tras el grito “ os movéis más o me voy a tomar por culo”, se desató la locura generalizada con “Ya no hay verano”, provocando los que ya empezamos a peinar canasel primer pogo , siendo el segundo “La ley del pobre” y el tercero “Gasolina y mechero”. La multitud fanática aclamaba “Markus, Markus” y él miraba abajo claramente emocionado. Tras la llamada a la revuelta terminó con la apocalíptica “Vacaciones para siempre” en la que hablaba de los niños perdidos de Peter Pan como un autoproclamado Rufio bajo una lluvia de vítores.

Fue hora y media larga de cantos a la desesperanza que irónicamente nos dieron gran esperanza de un futuro más diverso, con menos supremacía blanca, de jóvenes que no solo escuchan reggaeton sexista y saben hablar de sentimientos mucho mejor que sus padres.

Lo siento, debes estar para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.