Kuduro contra el orden colonial
ConciertosBilbao Damba Festival

Kuduro contra el orden colonial

8 / 10
Pepa Ferreiro — 25-03-2026
Fecha — 21 marzo, 2026
Sala — Sala BBK (Bilbao)
Fotografía — Pepa Ferreiro

Mientras el mundo refuerza sus fronteras, se militarizan cuerpos y se legitima la violencia institucional por, entre otros motivos, las políticas migratorias de Donald Trump en Estados Unidos y la maquinaria bélica de Benjamin Netanyahu, el sábado 21 de marzo -día Internacional contra el Racismo- en la sala BBK de Bilbao ocurrió justo lo contrario. Se celebró la comunidad, el cuerpo y la música como forma de resistencia.

Damba Fest no es solo un festival de música. Desde su nacimiento en 2019 es un espacio artístico y político de y para las comunidades migrantes, locales y racializadas del barrio bilbaíno de San Francisco. Por sus cinco ediciones han pasado voces de Angola, Túnez, Cuba o Guinea Ecuatorial, entrelazadas con la escena local y la afro-europea. Promovido por el artista angoleño Betto Snay, el proyecto sigue creciendo sin perder su late motiv: generar un lugar donde las culturas negras, latinas, del norte de África y sus diásporas no solo existen, sino que lideran.

En los días previos, Damba Fest activó una programación paralela que puso el foco en los derechos culturales desde una perspectiva afrocentrada, con una charla/debate en Bilborock el 19 de marzo. El 20, Damba Kultura trasladó esa misma lógica comunitaria y antirracista a Koop SF 34 con un Late Tardeo y la visita de Lamine Thior, otros invitados y dinamizada por Saugga y King Nelson. También se programaron talleres de danza y mesas redondas con temática antirracista.

El sábado la audiencia confirmó su presencia desde el primer minuto. Este público no es el habitual de la agenda cultural institucional. Personas dispuestas a disfrutar de sus propias identidades con un buen rollo y un flow que hicieron vibrar la sala. Literal. El baile empezó incluso antes de que la música empezara a sonar.

La presentadora de la gala, Asaari Bibang, cómica y comunicadora española de origen ecuatoguineano, apareció desde la pista. El público la rodeó de forma espontánea. No hubo distancia. Ni cuarta pared. Su monólogo apuntó a lo esencial: la defensa de la humanidad sin etiquetas, sin razas, sin jerarquías. Recordar dónde estamos y por qué.

Olfa Sendesni inauguró la noche desde la epicidad y la contención. Tres cuerpos en escena, percusión y una propuesta que se mueve entre lo ritual y lo performativo. En el centro, la danza del vientre no parecía un recurso estético, sino un lenguaje propio. Consiguieron generar una atmósfera densa, casi ceremonial, que situó al público en otro lugar. La quinta edición de Damba empezó abajo, en la tierra.

La subida llegó con Tumbao Global que transformó la atmósfera. De la contención pasamos a la celebración: percusión, vientos, contrabajo, tres cubano y güiro al servicio de un repertorio reconocible que activa la pista de baile. Abrieron con clásicos como “Lágrimas negras” y “La casa de Tula”, y a partir de ahí todo fluyó. Son cubano, salsa y bachata encadenados con naturalidad armónica y ritmica. Lo que podría ser una fórmula de verbena, aquí tuvo más flow, más ritmo y más calle. Los cambios y las síncopas fueron alucinantes, la banda sonó compacta y el público respondió sin pensarlo. El final, abrupto y marcado desde bambalinas dejó a la sala con ganas de más. “¡Beste bat!”.

Sunita (foto encabezado) arrancó desde una voz en off en euskera entonando “Txoria txori”, el icónico tema de Mikel Laboa. Cuando apareció en escena una artista negra cantando en euskera algo se recolocó en la audiencia. El momento clave llega cuando el público formó un círculo a su alrededor y empezaron a cantar con ella. Ahí es donde todo encaja. Cada año Damba Fest hace un guiño artístico a la unión entre el pueblo africano y vasco. Lejos de bajar la intensidad, la multiplica.

Sin romper ese círculo, la palabra tomó el centro de la pista con integrantes del movimiento 21M, papel en mano, poniendo nombre a lo que atraviesa la noche: racismo estructural, exigencias del padrón universal, memoria del pueblo gitano o las condiciones del trabajo doméstico interno. En euskera y castellano, sin rodeos, el mensaje se escuchó y se sostuvo desde el mismo público que minutos antes cantaba unido. El coro del cierre aclaró: “Fuego al orden colonial. Que viva la lucha antirracista”.

Con LOVA LOIS, el escenario volvió a tomar protagonismo sin perder el pulso político. Presentada como artista 360, entró con seguridad, acompañada por DJ Slimdaze, y soltando las barras de “Rico”. Embarazada y sin bajar intensidad, jugó con la métrica, la velocidad y el lenguaje. Recuperó su tema “No al racismo” que compuso para la edición de 2023 de Damba Fest y el público coreó. Hubo espacio para lo íntimo cuando dedicó a su ama allí presente “Soles”. El set se abrió a la espontaneidad con la aparición de un MC no anunciado en el cartel. Breve, pero efectivo: Lova no solo actúa, articula la escena.

A los mandos, DJ Slimdaze - presente en todas las ediciones de Damba - sostuvo y empujó el pulso hacia otro lugar: kuduro, ritmos africanos y electrónica que desbordaron la lógica del escenario. En la pista se abrieron círculos. El baile se volvió imprevisible.

El bloque de Suprah introdujo un cambio de tono. Sobre bases sencillas y acompañado a los platos por Myke Bixer, su directo se movió en coordenadas reconocibles, con ecos del rap estatal más clásico. Las líneas apuntaron a un imaginario introspectivo: “alivio el dolor con pastillas de placebo”, pero el conjunto se mantuvo más en lo canónico que en lo vibrante. La presencia escénica, relajada hasta el límite, contrastó con la intensidad previa. Hacia el final el set ganó pulso, pero la sala permaneció en una escucha más contenida que entregada.

African Vibes Dance devolvió la danza al centro. Avanzaron por el escenario con un dress code blanco para ocupar la primera fila, abriendo espacio para que el público les siguiera en una coreografía colectiva donde no hubo distancia entre pista y show. Bailaron apenas un par de temas, pero fue suficiente: el baile prendió, se contagió y activó a la sala. Más que una actuación cerrada, esta formación de personas jovencísimas funciona como motor de ambiente, recordando que en Damba el ritmo y el baile no es acompañamiento, sino parte esencial de lo que ocurre.

El público le esperaba y Scro que Cuia, el rey del kuduro, llevó a la sala a un punto de intensidad máxima. Acompañado por un bailarín, desplegó una danza extrema y precisa, donde el cuerpo parecía desplazarse siempre un poco más allá: twerking imposible, control brutal de cadera, brazos y una energía que no dió tregua. La bandera de Angola irrumpió en escena y activó una respuesta inmediata. El público estaba completamente dentro. En uno de los temas, construido sobre el portuñol, sostenido por una llamada-respuesta y una frase corta y repetitiva la pista terminó de desbordarse: subió a bailar Ruth Makambo, parte del staff, y el movimiento se mantuvo en un equilibrio constante entre tensión y libertad. En ese punto de euforia, dos personas del público irrumpieron en el escenario y una vuelta voladora terminó por levantar una baldosa del suelo, tocando el cableado de la sala. Nada se detiene. El clímax es total.

Tras el pick de Scro, Asaari Bibang pidió silencio para agradecer, pero la transición se alargó. La pista no decayó: irrumpieron figuras enmascaradas de estética ritual africana, vuelven African Vibes Dance y el público se reorganizó en círculos donde se cantó y se bailó. Empezaron entonces los problemas técnicos, primero en el micrófono de DJ Slimdaze y después en el resto como consecuencia de la tapa del suelo levantada minutos antes. Entre intentos y agradecimientos junto a Betto Snay, la espera se sostuvo desde lo colectivo hasta la salida de la guinda del pastel.

Si Scro de Cuia es el rey del kuduro, Pongo es la reina. Apareció en escena entre vítores y tomó la sala sin esfuerzo. El suelo retumbó desde el primer golpe y acompañada por dos bailarinas, un hombre a los coros y una DJ, activó un directo donde el portuñol funcionó como puente inmediato hacia un público completamente entregado. Su presencia escénica fue magnética: un vestuario vibrante, de texturas deshilachadas en verde neón, que amplificó cada movimiento y convirtió el cuerpo en parte del ritmo. Lejos de la dureza extrema de Scro, Pongo propuso otra forma de intensidad, más abierta y participativa. En “Wegue Wegue”, la pista se desbordó. Subió a gente del público al escenario, guió coreografías y transformó la pista de baile en un espacio compartido cuando sonó “Baia”. El baile se expandió en círculos y coros colectivos.

El final se resistió a aparecer. El telón amagó el cierre mientras la sala seguía cantando y bailando, estirando el momento hasta el último segundo. A las 23:05, ahora sí, se apagó la escena. Asaari Bibang regresó para despedir una edición que confirma algo que ya es evidente: en Damba Fest, lo importante no es solo lo que se ve, sino lo que se construye entre quienes están dentro.

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