Bob Dylan comenzaba su nueva gira española -enésima continuación del “Never Ending Tour”- en Salamanca, en una fecha cerrada por la Universidad de la ciudad para celebrar el 800 aniversario de su fundación, antes de que el artista pusiese rumbo a Madrid y Barcelona. Un concierto obligado, de esos a los que acuden hasta los que jamás se han molestado en escuchar un disco completo del autor, porque se estila estar allí y luego contarlo. Dada la proximidad geográfica, el recuerdo de su desastroso paso por Valladolid hace ahora doce años estaba presente en el subconsciente de muchos, entonces protagonizado por un Dylan caricaturizado. El evento se afrontaba, por tanto, con extraña mezcla de ilusión y escepticismo, a sabiendas de que el de Minnesota es capaz de cualquier cosa sobre el escenario.

Con absoluta puntualidad y después de una insistencia abrasiva sobre el uso de los teléfonos móviles (incluso en la previa del espectáculo), comenzó la actuación con la sensación intimidante de tener a un tótem de la cultura contemporánea a escasos metros. El vocalista se acompaña de una excelente banda de cinco miembros, de valiosa precisión pero alejada de un virtuosismo que contrastaría con la austeridad preferente del propio Zimmerman. Los inicios fueron titubeantes en “Things Have Changed” y “It Ain’t Me, Babe”, con una acústica global mejorable y el protagonista mostrándose algo arrítmico tras su piano de cola. Afortunadamente la tendencia comenzó a cambiar con el atemporal “Highway 61 Revisited”, y el sonido mejoró sensiblemente hasta lograr un empaque definitivo que ya incluía al sexteto al completo, y que hizo que temas como “Honest With Me”, “Summer Days” o “Don’t Think Twice, It’s All Right” luciesen con fuerza.

La magia había comenzado a fluir, y el recuerdo del encuentro previo se disipaba progresivamente para dar paso a la satisfacción, mientras caían “Pay In Blood”, “Spirit On The Water”, “Thunder On The Mountain”, “Desolation Row” o “Tangled Up In Blue”. La voz rota (quizás más rota que nunca) del Nobel de Literatura seducía con su personalidad, y los meditados adornos del escenario resultaban acogedores y aportaban calidez al siempre frío pabellón, mientras la banda trascendía imparable en su detallismo. El conjunto circunstancial disponía así una elegancia sobria, que ya no desaparecería hasta el final de la noche. El norteamericano se levantó del piano en contadísimas ocasiones, y cuando lo hizo fue para acometer su faceta de crooner clásico, como en esa “Why Try To Change Me Now?” que popularizó Frank Sinatra. “Love Sick” de “Time Out Of Mind” (Sony, 97) cerró el grueso del concierto de manera majestuosa, y dos únicos bises completaron la hora y cincuenta minutos que Dylan estuvo sobre el escenario charro. Las elegidas fueron una “Blowin’ In The Wind” rehecha en clave de pop melódico, y “Ballad Of A Thin Man” -de nuevo tirando de “Highway 61 Revisited” (Columbia, 65)- para certificar la leyenda. Bob Dylan es un músico plagado de especificidades y conversiones artísticas (y personales), y el paso del tiempo no ha hecho sino acentuarlas y multiplicarlas exponencialmente.

Esperar a estas alturas un concierto del autor plagado de grandes éxitos, o encontrarse de frente con un tipo que empatice con el público es un ejercicio de idealismo quimérico. Hay que asumir unos parámetros realistas para después comprobar cómo el poeta es capaz de ofrecer un concierto elegante y tan sólido en su mayor parte como el ofrecido en el Multiusos Sánchez Paraíso. Un trazado por los diferentes géneros trabajados por el mito, con presencia indiscriminada de folk, blues, rock & roll o incluso country. Un paseo, en definitiva, por la historia de la música norteamericana. Y por supuesto que él no dirigió ni una sola palabra a su público, pero juro que le vi sonreír en varias ocasiones. Señal de que el maestro estaba a gusto