En esta su penúltima reencarnación el bardo de Duluth comenzó ya en su anterior gira (2018) a anclar el repertorio de forma que con ligeras variaciones su excelsa banda puede enfrentarse con más sosiego a recrear una veintena de temas fijos cada noche. Nada nuevo bajo el sol que no haga el 99% de los artistas de ese gran circo que es el rock. Salvo que nuestro protagonista se ha pasado las últimas tres décadas cambiando su repertorio noche tras noche , llegando a interpretar por encima de cien canciones diferentes cada gira, atacando cada noche lo que le venía a placer en un ejercicio en el que sus taimados músicos respondían con solvencia buscando esa magia del momento que él tanto persigue en sus grabaciones pero que terminaban cada noche en momentos para el recuerdo de los asistentes o en ejercicios olvidables hasta la siguiente visita. Este nuevo formato permite por el contrario interpretaciones precisas, su cuarteto adquiere protagonismo para realizar cuidados arreglos y desaparecer rápidamente mientras el show transita ágil y certero. Por supuesto en continua mutación y desestructuración, sobre las tablas Dylan y su banda nunca se permiten recrear esos momentos congelados en el tiempo en sus grabaciones.

Bob Dylan salió a escena con camisa granate, collarín vaquero de cuero, traje negro con remaches brillantes a juego de la camisa en chaqueta y perneras para enseguida parapetarse sobre su elegante piano de cola su refugio en los recitales. Al lado del piano y como atrezzo tenia colocados un busto clásico de ignota diosa alegoría al arte mirando de frente a una réplica del Oscar conseguido por el tema que abrió el concierto un “Things Have Changed” que auguro el tono de la velada sonando sobrio, cadencioso en ritmo y con su cuarteto de acompañamiento arañando suavemente sin imponerse al líder.

Dylan ejerció mayormente sentado o de pie sobre el piano acariciando ese instrumento que ya domina y con el que juega en cada canción. A su espalda se coloca su cuarteto de acompañamiento de izquierda a derecha; el mago del ritmo George Receli a las baquetas, seguido del lugarteniente de Dylan desde 1988 Tony Garnier al bajo, el eléctrico y nervioso tejano Charlie Sexton a las guitarras y Donnie Herron casi escondido detrás de Dylan a la steel guitar y secundariamente a banjo o violín el es quien realiza los arreglos mas preciosistas y atmosféricos durante el show.

Tras ese arranque encadenó seguido tres clásicos de su dilatado repertorio. Empezando por un “It Ain’t Me, Babe” en el cambió el fraseo, jugando con las palabras a su antojo siguiendo el tempo que marcaba la base rítmica.  Seguido  por una deselectrificada “Highway 61 Revisited”, donde rebajó la base de blues eléctrico para ofrecer una versión echada hacia atrás en tempo mientras Bob escupía su bíblica imaginería,  con los riffs de slide originales reproducidos en este arreglo por el certero pedal steel de Herron.  Para rematar con una revisión “Simple Twist of Fate” sentida y sobria que fue reconocida y aplaudida por el público entusiasta merced a su “contemporaneidad” con la reciente edición del bootleg de aquella grabación. Dylan la interpretó con fraseo vocal rítmico con la armónica entrando por primera vez en la velada tras un verso añadido y un guiño local ( entona “She was born in Spain” que sustituye al original “Spring” ) .

A continuación el único cambio de repertorio de la noche con “Dignity” que fue interpretada un poco atropelladamente con el bardo de Minnesota perdiendo el hilo de la letra en un par de ocasiones. Si bien no erró en ese verso impagable del supuesto misántropo Dylan  (“la dignidad nunca ha sido fotografiada”), quizá por ello él sigue siendo alérgico a las cámaras, lo que nos permite a muchos disfrutar de un concierto sin molestos móviles en alto.

Y entonces llego uno de los tres momentos en los que esta versión del Dylan crepuscular acaricia el alma, encrespa el vello y créanos vimos humedecerse los ojos de tipos taimados en mil batallas. “When I Paint My Masterpiece” ese cuaderno de viaje que relata su primera visita europea que le llevo de Roma al Reino Unido y el efecto que la ciudad eterna produjo sobre aquel joven Dylan. La comenzó recitando poéticamente con el solo apoyo del piano y del bajo acústico de Garnier  en un interpretación intimista que se elevaría en intensidad al  sumarse el resto de la banda a partir de la mitad de la canción (cuando parte para Bruselas),  de nuevo se sirvió de emotiva armónica para enlazar la coda instrumental.

Y obviamente para que haya climax tiene que haber su contraparte que en el concierto del BEC supusieron las más rutinarias interpretaciones de temas recientes como “Honest With Me”, o más tarde en el show “Make You Feel My Love” y “Pay in Blood”, donde la banda tiene mayor participación, los arreglos se pegan más al original, la voz de Dylan no tiene que hacer malabarismos para interpretarlas pero que no acaban de pellizcar. Momentos idóneos para admirar el acogedor escenario con amplios cortinones sobre los que colgaban focos de viejo estudio hollywodiense muy acordes con el cinematográfico Dylan y demostrando que con respecto a la escenografía menos es mas.

Dylan también es capaz de auto revisarse así el arreglo de “Tryin’ to Get to Heaven” la emparentaba con el que el pasado año recreo el Desolation Row ausente en esta gira. Sonó preciosista con contrabajo, escobillas a la batería y la cadencia de la guitarra a la contra de Sexton marcando el fraseo silábico de Dylan. Sorpresivamente “Scarlet Town” se erigió en otro culmen de la noche. Con Donnie Herron liderando al banjo vaquero y Bob por primera vez de pie en medio del escenario, agarrado al micro piernas abiertas y mano sobre su cadera atacando la parte vocal entre arrabalero y flamenco con la guitarra de Sexton pespunteando las estrofas, hasta que Dylan pedía bajarla con la mano de forma discreta para atacar su parte vocal.

El nuevo arreglo de “Like a Rolling Stone” podría definirse como arriesgado con opiniones variadas sobre su acierto entre sus seguidores. Una interpretación que iba del recitado tranquilo de cada estrofa a una parada previa al estribillo esperando la respuesta del público antes de elevarla progresivamente con la llamada-pregunta (“How does it feel?”).  Logrando gran comunión con el público de nuevo entusiasta ante el principal hit del de Minesota pero ¿no era el propio Dylan el que aseguraba que la suya no era música de acampada?.

El blues ocupa un lugar central en su show en el caso de “Early Roman Kings”  homenaje que transita sobre la base del “Mannish Boy” a ritmo de ralentizado funciona como tributo a Waters, Wolf y el blues eléctrico de Chicago, esos primeros reyes romanos. Charlie y Herron se encargaron de remedar los eléctricos latigazos de aquellos héroes primigenios de la música de los cuatro compases.

Y la tercera cima de la noche vino de la mano de una versión crepuscular de su inmortal “Don’t Think Twice, It’s All Right” ejecutada prácticamente solo al piano con el bajo de Garnier tocado con arco y heredera en este arreglo del estándar country “That Lucky Old Sun”. Sorprendió el tour de force vocal de un irreconocible Dylan con una voz clara, llegando a lugares inimaginables y cerrada con un solo de armónica ejecutado a una mano mientras seguía tocando el piano. Quizás el momento más emotivo que hemos vivido en muchos años de ver sus conciertos, con cierto tono de cierre de telón y crepuscular como un western de Clint Eastwood.

La damnificada a semejante interpretación previa fue “Love Sick” habitual cima en sus conciertos que sonó menos atmosférica de lo habitual y sobrepasado de eco y retorno en una voz que se resentía del esfuerzo anterior. Seguida de un “Thunder on the Mountain”  que comenzó  deslavazada fue ganando intensidad con la guitarra de Sexton y el añadido de un puente homenaje al surfari Wipe Out con su clásico solo de batería ejecutado por Receli en dupla con Sexton en respuesta a la guitarra.

“Gotta Serve Somebody” una de las grandes recuperaciones de esta gira es ejecutada sorpresivamente con (auto) guiños al “Highway 61” en sus arreglos, mas blues y eléctrica que la anterior. Es la única concesión en su repertorio a su periodo de conversión cristiana en la que añade versos al original que cazamos al vuelo.

Y el poco tiempo transcurrido y sin abandonar el escenario antes de atacar los dos últimos temas hizo que a su término muchos pensaran que Dylan había hecho mutis por el foro sin regalar ni un solo bis en su parada bilbaína. En realidad lo fueron y como tales los ejecuta esta gira, nos referimos tanto ese “Blowin’ in the Wind” con violín solista de Herron que a pesar de sus hechuras de folk céltico suena predecible o esa rareza elegida para cerrar los conciertos en esta presente gira un “It Takes a Lot to Laugh it Takes a Train to Cry” que transita cadenciosa en un aséptico cierre a medio tiempo de blues , discutible numero para acabar.

A sus 78 años Dylan sigue en una forma envidiable, con una voz extrañamente ágil, más que sus movimientos, una banda engrasada, un repertorio y arreglos que modifica para no ofrecer el mismo show cada gira. Solo cabe pedirle que traiga el Circo una vez más a la ciudad (o sus alrededores) después de las diez visitas realizadas por tierras vascas y navarras desde inicios de los 90, Dylan ha respondido a la leyenda que dice que no importa el tamaño de la ciudad en la que naciste un día traerá el espectáculo a tú ciudad y bien merece estar presente cuando eso ocurre. Lástima que no sea a los precios más populares de aquellas primeras visitas. Qué le vamos a hacer Oscar y Nobel cotizan alto a la hora de fijar los precios de las entradas, aunque se resienta el aforo.