Si bien en las anteriores ediciones del Bilbao BBK Live se colgó el cartel de entradas agotadas, no ha sido así en esta ocasión, y eso se notó tanto en los accesos a las barras como en los baños y escenarios, mucho más cómodos y aliviados que en pasadas ediciones. Pero no, no ha sido para nada una edición floja. A no ser que consideremos que juntar a clásicos de siempre con lo más emergente y pujante de la música actual deba traducirse porque sí en un mal cartel. Por Kobetamendi se pudo disfrutar en tan solo tres días de gigantes de la música contemporánea como Damon Albarn, Liam Gallagher, Weezer o Thom Yorke junto a shows más actuales como el de Cala Vento, Brockhampton, The Blaze, Cecilio G o Rosalía. En el caso de la catalana compartiendo el llenazo del viernes, en ocasiones asfixiante, junto a The Strokes. 2019 ha sido una edición que nos deja grandes descubrimientos, muy pocas decepciones y muchas confirmaciones en diferentes escenarios. Artistas y bandas, para las que tras su paso por Kobetamendi, nada volverá a ser igual.

Jornada del Jueves 

En un ampliado escenario Firestone, nada más acceder al recinto y abriendo boca, la jovencísima Delaporte saltó y arengó a la audiencia por medio un show plagado de manipulaciones de voz, pasajes electrónicos extendidos, psicodelia y energía. Triunfó gracias al mestizaje de su música, que reúne al pop más genuino con la electrónica, el reggeaton y el dancehall. Allí se agolparon muchos para bailar con canciones como “Azul marino”, “Ni un beso” y el final de set con el éxito “Un jardín”.

Abriendo el escenario principal y con una propuesta genuina y desacomplejada que navega entre la psicodelia, el flamenco y el rock andaluz, los sevillanos Derby Motoreta’s Burrito Kachimba dieron el pistoletazo de salida al Nagusia, donde fans y curiosos disfrutaron de lo lindo con su debut homónimo. Para cuando sonaron las magistrales “Aliento de dragón” o ese cierre con “El salto del gitano” ya habían logrado contagiar a todos los madrugadores del festival con un show directo y revitalizante. Repetirán, seguramente a una mejor hora.

Lo de The Psychotic Monks en el escenario Txiki, colocado en un ángulo mejor que año pasado, fue antológico. Ejecutaron un rock oscuro, elegante, serio, preciso y ruidista formando una masa pétrea como un diamante. Vestidos con gusto y para la ocasión, los parisinos podrían ser perfectamente residentes en Zamudio (en el psiquiátrico) porque su catarsis visceral y firmemente desarrollada nos permite al resto vivir momentos de puro disfrute. El cantante es una suerte de hermano pequeño gritón del propio Chris Martin que parece haber pasado una mala etapa en el colegio y vuelve para vengarse en forma de aullido. Su post-hardcore crudo con final extendido y exultante hizo las delicias del público allí reunido.

Por su parte, John Grant, que dio inicio a su actuación con “Tempest”, desplegó un setlist equilibrado con pequeños altibajos y que reunió a la otra buena parte de público que se encontraba en Kobetamendi a esas horas tempranas. Elegancia y sofisticación se abrieron paso en canciones como “Grey tickles, black pressure”, la delicada “GMF” o el cierre festivo de “Black belt”.

Biig Piig, en el escenario Gora!, decepcionaron. La apatía que mostró su cantante no ayudó nada a que la gente se adentrara en el directo. Con ritmos pausados cercanos al trip hop, la irlandesa Jess Smith cantó en un estilo muy low key e intimista, pero no terminó de deslumbrar al público en un set que probablemente se interrumpió antes de tiempo porque no llegó a la media hora.

Ya en el escenario principal y después de cinco años sin pisar territorio BBK -Pucho se encargó de recordarlo en varias ocasiones-, no era difícil que los madrileños Vetusta Morla reunieran una vez más a su legión de fans. Rompieron el silencio con “Deséame suerte” acompañada del apoyo inestimable del respetable en cada estrofa, y así se fueron sucediendo los versos de “Golpe maestro”, “Maldita dulzura” o esa “23 de junio” que se ha convertido ya en un clásico. Aunque “Copenhague” hizo las delicias de aquellos que les siguen desde ‘Un día en el mundo’, el éxtasis llegaría con “Valiente”. El broche a un concierto efectivo y enérgico en el que Pucho y los suyos se dejaron hasta el último aliento, incluso bajando al público, lo pondría la delicada “Los días raros”. En el recuerdo, esa reivindicación de que no tenga que pasar otro lustro para volverlos a ver por Kobetamendi.

De vuelta a la carpa y con una de las propuestas más sobrias que hayan pisado jamás un escenario del BBK, el dúo de Nottingham Sleaford Mods convirtieron su escenario en un pub inglés a media hora de cerrar el local. Ritmos abrasivos y repetitivos en honor al post-punk más industrial servirían para revelar un setlist plagado de pasajes de la vida obrera y de la calle. “Kebab Spider”, “TCR” o “Tied Up in Nottz” nos regalaron los primeros pogos y cervezas voladoras antes de una pegajosa “B.H.S.” o la redonda “Just like we do”. Jason Williamson, en modo estrella del rock, se dejaba la piel con cada verso como si de un escupitajo de cruda realidad se tratara. Difícil hacer tanto con tan poco.

Al mismo tiempo, el solitario Nils Frahm, acompañado de muchísimo instrumental en forma de teclados y sintes varios y con un juego de luces elegante, hizo disfrutar a los amantes de su electrónica minimalista y de la música clásica contemporánea pero vitaminada por secuencias maquinales. El hecho de que no se proyectasen imágenes suyas en la pantalla del festival no ayudó a que el público casual enganchase con una propuesta rica que tal vez sea más idónea para una sala, o por lo menos, en un recinto cerrado.

Bajo un cielo estrellado y el lema Rock N’ Roll dio comienzo su ritual el chulesco Liam Gallagher enfundado en un elegante chubasquero y con la declaración de intenciones que es “Rock N’ Roll Star”. Liam era probablemente el mayor reclamo de la noche pero no hubo demasiado problema para acceder a las primeras filas del escenario. El show estuvo en todo momento comandado por una banda solvente que anduvo sin problemas entre lo eléctrico y lo acústico. Con los brazos cruzados en la espalda fue desgranando temas de su último ‘As you were’, anclado en sus influencias de toda la vida, aunque el respetable no despertaría del todo hasta sus éxitos de siempre. Fue atacar con “Roll with it”, “Supersonic”, “Wonderwall” y una muy corta, pero que supo a gloria, “Champagne supernova”, y todo pareció caer por su propio peso. A pesar de acabar levantando el show, aún pudimos escuchar entre el público a alguien que decía: “Sabes que yo he visto a Oasis de verdad, ¿no?”.

En el otro extremo del festival, la difícil disyuntiva del solape, que en este caso afectaba a Liam Gallagher y Slaves, no hizo que se resintiera la audiencia de estos últimos. Los británicos regalaron un espectáculo de saltos y sudor como suele ser habitual pero con un sonido más redondo que de costumbre. “Sockets”, la brevísima “Fuck the Hi-Hat” o “Cut and run” calentaron el ambiente de tal manera que fue muy difícil acceder a las primeras filas y salir con vida de ellas. Para el final, ni siquiera hizo falta que “Cheer Up London” fuera obviada del setlist ya que “Chokehold” y “The Hunter” acabarían con los últimos alientos de un público entregado.

Tras ellos, Ms Nina, en el escenario Firestone, nos regaló lo que que prometía. Perreo del bueno que levantaría hasta a un muerto. Con mucha más jeta que voz y meneándose como una autentica fiera puso a bailar a los más animados, acompañada de un dj que podría salir directamente de la Ruta del Bakalao. Repasó, entre otros, su último trabajo de inacabable título “Perreando por fuera, llorando por dentro”, e hizo guiños a Celia Cruz con “La vida es un carnaval” y a su “papi” Daddy Yankee con “Gasolina”. La artista de “La bendición” gustó y triunfó.

Acompañado de Nigel Godrich, su productor con Radiohead, Thom Yorke Tomorrow’s Modern Boxes desplegó una actuación de luces atrapantes y electrónica esquiva no apta para todos los públicos. Se mostró muy valiente al encarar una “Down chorus” de su último y aclamado “Anima”, acompañado solo por un piano y alejada de parámetros festivaleros. Thom cantó, bailó, tocó el teclado, la guitarra…sin conceder ni un milímetro de la vía fácil que era ir hasta Radiohead. Demostró agallas a la hora de encarar un repertorio que sabía que no iba a ser del gusto de todos, bailando en la parte delantera, y arengando sin excesos a una concurrencia no excesivamente entregada pero que aplaudió mucho el esfuerzo.

Para finalizar la primera jornada, nos trasladamos al escenario Txiki. No sabemos (o sí sabemos) si The Voidz forma parte del pack completo para ver a The Strokes en un festival, pero lo cierto es que ni la hora ni las ganas de Julian Casablancas auguraban un concierto memorable. Y así fue. Lo más relevante de su paso por la noche del jueves fue comprobar que la voz del líder de los Strokes parece haber mejorado en los últimos tiempos, y que sí, había llegado a Bilbao para la verdadera prueba del viernes.

Jornada del viernes

Jerva, I-ACE y Hartosopash desembarcaron pronto en el escenario Firestone para desvelar su propuesta Antifan, un cóctel musical contagioso que podría asemejarse a algo como que El Columpio Asesino empezara a darle al trap. Y sí, la propuesta funciona, y funcionaría mejor en el futuro en otro horario. A pesar de los problemas con el autotune (“Vamos a tener que hacer un concierto como los de antes”), sonaron bastante decente algunos temas como “Descontrol”, “Sola” o “Arde conmigo”. Aunque el público la pidió en varios momentos, no sonó “La última generación”. Es lo que tiene el underground, que no se rinde a las súplicas.

Enfrente de Antifan, en el escenario Txiki, con mochila rosa en ristre y pantalones militares naranja, apareció Cecilio G. El barcelonés congregó a toda la chavalería que tuvo antes de empezar un set con su deejay Limabeatz como protagonista. Cecilio es un tío torpe pero adorable sobre el escenario. Él lo sabe, sus fans se lo agradecen y él se aprovecha. Así no resultó raro que cada verso y cada beat fuese coreado y bailado como si de una estrella mundial se tratara. “From darkness with love”, “Pikete espacial” y una “Million dollar baby”, en la que pudimos ver un poco de Juan Cecilia entre tanto personaje de Cecilio G, lograron una locura colectiva que solo puede llegar a entender la generación más joven del festival. El corte de micro al propio artista cuando de ahí no se había movido nadie es una buena muestra del éxito de su performance.

Por su parte, los jienenses Uniforms reunieron en la carpa a una buena parte de curiosos que quisieron conocer de primera mano su debut “Polara”. A pesar de que en el apartado vocal el sonido no estuvo a la altura, mostraron sus dotes como banda bien sincronizada y compacta en lo instrumental. Una propuesta a la que todavía le queda mucho recorrido, de mejora pero también de futuro.

El quinteto bilbaíno Lester y Eliza, en el escenario Firestone, salió con muchísimas ganas y actitud. Con un indie-rock arrastrado de arpegios brillantes y angulares, muy melódicos al estilo Johnny Marr, añadieron unas gotas de post-rock perfectas para ese momento de la tarde en un escenario cercano a la entrada en el que no pocos curiosos se fueron quedando.

Ya en el ámbito de los platos fuertes, Brockhampton, un colectivo multicultural mayoritariamente procedente de Texas, nos mostró a todos cómo una boy-band puede funcionar en el mundo del hip-hop. En el escenario principal del monte Kobetas, sobre una tarima en escalera y flanqueados por dos manos azules gigantes a los lados, exhibieron un espectáculo lleno de groove, actitud, ejecución marcial y protagonismo para cada uno de los MCs que soltaban sus rimas sin dejar de saltar. No pararon de caer trallazos de hip-hop y trap de bases bien gordas, aderezadas por el autotune de un Kevin Abstract que comandó una nave extraterrestre musical. El numeroso público que se reunió allí lo dio todo, incluso subido a contenedores de basura, en lo que ya es una de las imágenes míticas de esta edición.

En el escenario Bestean, Idles era uno de los platos fuertes de la segunda jornada y no decepcionaron en absoluto. Empezaron a machacar con “Heal/Heal” antes de reivindicarse como feministas en “Mother!”. “I’m scum” o esa “Love song” con (creemos que) tributo a The Strokes llenaron de pogos las primeras filas de un escenario que a ratos se les quedaba pequeño. El hit que les ha hecho universales, “Danny Nedelko”, precedió a una “Exeter” que en este caso homenajeó a Bon Jovi, quizás recordando las polémicas recientes de su sonido pregrabado. Los ingleses matarían el ansia de hiperactividad con “Never fight a man with a perm” o esa “Rottweiler” que sirve de símil para una de las bandas más feroces y atractivas del panorama actual.

En la carpa, Jonathan Bree ofreció un espectáculo de máscaras de orfebrería pop a lo Divine Comedy y Belle and Sebastian, formando un teatro perturbador y una performance majestuosamente inaudita por medio de un pop suave pero memorable. Pero llegaría una de las cabezas de cartel de la segunda jornada, Rosalía. La catalana es un fenómeno histórico y su primer concierto en el escenario principal del Bilbao BBK Live también lo fue. Suya fue la culpa de las interminables colas y de que ese día se registrase el “no quedan entradas”. Rosalía no defraudó, ayudada por cuatro coristas, un grupo de baile y con El Guincho tirando de bases y percusiones. Se nos presentó como una diva del nuevo milenio y con maneras de estrella de las grandes. Desgranó todo “El Mal Querer” abriendo con un “Pienso en tu mira” coreado hasta tal punto de no escuchar la voz de la cantante. Con coletón a lo Kardashian, coreografías precisas y entrenadas, flow tremendo y vestuario impagable, se mostró agradecidísima y muy cercana con el público de Bilbao. Su show engrasadísimo y calculado al milímetro para lograr momentos de euforia en el personal, consiguió varios momentos sublimes sobre todo en esa “Catalina” a capella que despertó más de una lágrima. Sonó “Brillo” y se bailó el reggeaton de “Con Altura”, de su colaboraciones con J.Balvin. Elevó hasta lo más alto al respetable con uno de sus últimos sencillos, “Aute Cuture”, y finalizó su set con una muy deseada “Malamente”, que curiosamente no fue de lo mejor de su repertorio. “Dios nos libre del dinero” cerró el histórico concierto de nuestra artista más global. Alguien que a día de hoy, y arriesgando continuamente, todavía no ha dado un paso en falso.

Lamentablemente nos perdimos por razones de fuerza mayor el concierto de Suede. De nuevo en el escenario principal, la banda cabeza de cartel indiscutible del viernes, The Strokes, se ganaría a pulso la etiqueta. Las caras de ilusión y la ansiedad por disfrutar de los éxitos de siempre se confirmaron nada más sonar los primeros acordes de “Heart in a cage” o “You only live once” que abrieron el show. Licencias que puede permitirse un grupo que tiene hits para regalar y al que se le perdona todo, como por ejemplo, sus últimos trabajos y la actitud cada vez más chulesca y sin gracia de Julian Casablancas. A pesar de lo anterior, Casablancas y los suyos se redimieron con ese ejercicio de voz que es “Ize of the world”, acompañado de unos mejores puentes de guitarra que se recuerdan en un tema de la banda. ¿Y el resto? Fácilmente resumible. Puñalada tras otra por medio de “The Modern Age”, “New York City Cops”, “Hard to explain”, “Reptilia” o una, reconocemos inesperada, “12:51”. Para entonces ya casi no molestaba la verborrea de Casablancas con sus compañeros -a veces ni ellos entendían qué ocurría-, cuando pudimos disfrutar de la trilogía de “Someday” y el bis de “Is this it” o “Last nite”, que puso el fin de fiesta para un espectáculo que es difícil que algún día deje de funcionar.

En la carpa y con un retraso de más de veinte minutos, apareció la neoyorkina Princess Nokia con una deejay a la altura de la circunstancia. Ataviada con un pelo verde y ropa ceñida cercana al rollito de Alexander Wang, como si de una antidisturbios festiva se tratara, desgranó un repertorio de bases trap con un algún que otro momento old school. Se deshizo de “Tomboy” a las primeras de cambio, pero el show no hizo más que ir creciendo con una audiencia mostrando sus mejores galas y bailes. Al final del show, tuvo el bonito detalle de acercarse a las primeras filas para saludar a todo aquel que lo quisiera.

De The Blaze poco más se puede decir que no se haya escrito ya. Ofrecen un espectáculo visual y acústico a la altura de muy pocos, en un cara a cara que se retroalimenta y emerge en algunos momentos de forma brillante. Fue el cierre perfecto para un escenario Bestean que se quedó pequeño para tanta exquisitez y un repertorio de grandes canciones como “Queens”, “She” o “Territory”.

A la misma hora que los parisinos, Omar Souleyman nos mostró su siempre efectiva performance. Si colocas al sirio en una carpa atestada las tres de la mañana, el éxito está asegurado. Su música electrónica tirando al techno y con influencias de la música árabe y kurda es una invitación a bailar hasta el amanecer. Flanqueado por un teclista que lanzaba las bases, Omar se movió de un lado al otro del escenario dando sus características palmas y agradeciendo con reverencias en cada tema el hecho de que el público se reventara a bailar.

Jornada del sábado

Ya en la última jornada, las canciones de Cupido se convirtieron en lamentos pop bien sazonados de autotune para abrir la tarde. Con un formato de banda de rock y un sonido que recuerda a Mac Demarco, lograron enganchar poco a poco con una audiencia bastante enchufada para la hora que era. Repasaron su último “Te presto un sentimiento” con temas como “Milhouse” o “Autoestima” pero también hubo tiempo para hits como “Laberinto de amor” o la coreadísima “No sabes mentir” que guardaron para el final.

En otra jerga bien distinta, Cala Vento abarrotaron la carpa del BBK de forma merecida. Aleix y Joan son uno de los dúos más contundentes y fiables de este país y lo demostraron de sobra en Kobetamendi. La apuesta inconformista de “Balanceo” ha calado entre un público que redobla sus cifras en cada actuación de los catalanes por medio de canciones como “Un buen año”, “La comunidad” o una “Todo” que hizo estallar a las primeras filas. Los ya clásicos de siempre (“Estoy enamorado de ti”, “Tus cosas”, “Historias de bufanda”), que parece mentira que sean canciones de hace un par de años, se entrelazaron en un final de infarto con los coros de “Gente como tú” o la grandiosa “Abril”. Van para escenario principal.

Perro son de Murcia, y por ello son naturalidad y cero impostura. Llevan camisetas del Pryca y uno de sus baterías un mullet imposible. Perro te cascan en la cara un rock angular con querencia post-punk, o más bien post todo. Tensos en lo musical pero para nada densos. Quienes se pasaron a verlos por el Firestone, pese a que había un solape un poco feo con los catalanes Cala Vento, disfrutaron de temas como “Celebrado primo”, “Ediciones reptiliano” o “Reina de Inglaterra”, repletos de pogos y brazos al aire. Magníficos.

Nathy Peluso, en escenario principal, abrió su set con “La llorona” con una enorme banda de rock, reggae, funk, y lo que haga falta. Nathy se tocó y nos tocó, perreó, mezcló estilos y demostró su flow inacabable. Interpretó una “Sandunguera” desnuda y con guitarra acústica, sobreactuando de más como ella bien sabe hacer. Atacó sin piedad un “temita latino” con arreglo bossa en su final, una extendida “Gimme some pizza” en la que demostró voz e improvisación jazzera, y dio paso a una “NathyKillah” con medio festival bailando. Nathy invocó a las primeras gotas de lluvia con ruido de tormenta e interpretó una “Corashe” que sonó menos efectiva sin su base trap. Cerró su show bailando ritmos latinos en el front del escenario, sabiéndose ganadora de una tarde especial.

En otro registro, Viagra Boys sonaron sensualmente punkies en su concierto en el escenario Txiki con canciones como “Down in the basement” o “Sports”, más intensas y completas si cabe que en estudio. Su frontman Sebastian Murphy, con despliegue físico de todo tipo, echó el resto para demostrar que, como días atrás en Madrid coincidiendo con Rosalía, apostar por los suecos siempre vale la pena.

Bajo una leve lluvia Damon Albarn, Paul Simonon, Tony Allen y los suyos, The Good, The Bad & The Queen, repasaron sus dos discos ante menos gente que en la jornada anterior. Damon intentó animar al público por medio de aullidos, teclas y melódica en un espectáculo poco festivalero pero apreciable. Su propuesta, una mezcla imposible de pop aderezado dub y polirritmos africanos se basó sobre todo en su último trabajo que recuerda a la Inglaterra pre II Guerra Mundial, con un discurso duro contra el Brexit. Albarn se mostró agradecido por el respetable que allí se citó y que entendió una apuesta complicada para la hora y el lugar.

Y llegaría el cabeza de cartel indiscutible de la última jornada. Dieciséis años. Se dice pronto, dieciséis sin pisar España. Normal que la emoción se palpase en el ambiente. Que los looks urbanos de la anterior jornada dieran paso a camisetas de algodón con una gran W presidencial. Eran Weezer, estaban aquí, y tras repasar sus últimos setlist era fácil saber que estábamos ante una gran noche. No, no era 1994, ni tampoco existen hoy las energías de entonces, pero “Buddy Holly” nos teletransportó rápidamente a esos 90 en los que riffs contagiosos y melodías pegadizas hacían las delicias de tantos jóvenes alrededor del mundo. Poco queda de aquellos jovenzuelos, y poco que aportar en sus últimos trabajos, por eso el setlist estuvo capitaneado por sus éxitos más reconocibles. “Beverly Hills”, “My name is Jonas”, “Hash Pipe” o la deliciosa “The world has turned and left me here” consiguieron generar revuelo continuo en las primeras filas mientras se entrelazaban con sus versiones más recientes de “Take on me” o la comunitaria “Africa”. Ya en el bis, “Island in the sun” logró copar las stories de la generación Z (¡ah, que son estos!) antes de un final épico con una “Say it ain’t so” a la que no le hubiesen sobrado unos cuantos decibelios más. Larga vida.

Tras los norteamericanos, Vince Staples no terminó de enganchar con el público bilbaíno y recortó su set en solitario, parapetado con unas pantallas con forma de televisores que emitían imágenes de shows pasados. Su trap de gordos graves, rozando lo excesivo, no conectó con una audiencia que solo despertó cuando cayó su referencia junto a Gorillaz.

En la carpa, HVOB desplegaría un espectáculo minimalista en lo visual pero con momentos memorables en lo musical que puso a tono a todo aquel que después acabó eligiendo la opción de Hot Chip. Los británicos cerraron el escenario principal abriendo con una estruendosa “Huarache Lights” que precedió a “One life stand” y la admirada por toda una generación, “Over and over”. Seguros de sí mismos en el ambiente festivalero y de su capacidad como banda, se atrevieron con “Sabotage” de los Beastie Boys antes de reventar a bailar con el cierre de la que hasta la fecha, si se nos permite, es su mejor canción, “I feel better”.

Todavía nos daría tiempo a ver a Pony Bravo en el escenario Txiki abriendo en un estilo muy dub y con un sonido desigual, que se iría aclarando poco a poco a medida que desgranaban temas de su última referencia como “Relax y Rolex”. Parcos en palabras, ejecutaron un repertorio de retorno tras cinco años de parón. Trallazos divertidos como “Noche de Setas” o “El Rayo”, con sus momentos kraut funk esquivo, invitaban a un eterno contoneo. No faltó el humor de temas como “El político neoliberal” para redondear una noche y un fin de fiesta memorable.