La noche del sábado la ciudad era un hervidero. Más de cien mil personas se manifestaban por la tarde en Bilbao, conformando la casta subterránea de una Metrópolis que salía a la luz exigiendo unas pensiones dignas para poder vivir. El metro, al borde del colapso, parecía el de Tokyo en hora punta. Alguno con la mirada perdida nos ofrecía entre veinte y mil quinientos euros por una entrada de pista para el concierto, para total, bajarse en la parada que no era. Y por fin, algo después de las ocho de la tarde, llegábamos en una marea humana al pabellón del BEC, donde también se había convocado una concentración de denuncia por la esquizofrénica operación en el caso de los detenidos de Altsasu.

La media hora de margen entre la apertura de puertas y el inicio de los teloneros resultó bastante escasa en una noche de diez mil entradas vendidas para el concierto de presentación del nuevo disco de Berri Txarrak, “Infrasoinuak”, con pequeños apelotonamientos en los accesos de entrada al recinto donde la gente se resignaba a perder parte de lo que iba a ser la primera actuación.

The Baboon Show empezaron puntuales a las ocho y media con “Hurray”, mientras el enorme auditorio se encontraba medio lleno, sumando público en un incesante goteo. Los Abba del punk-rock sueco nos habían visitado tan sólo siete días antes en el Kafe Antzokia de Bilbao, aquella vez acompañados de los incombustibles Nuevo Catecismo Católico en un concierto que poco tuvo que ver con el del BEC. No tiene mucho sentido ver bandas como esta desde la frialdad del banco de una grada, donde en este caso, el sonido llegaba ruidoso y hacía poca justicia a lo que realmente este grupo tiene que ofrecer. A lo largo del resto del repertorio, la frontwoman Cecilia demostraba su actitud de go-getter, quien aunque en registros diferentes, nos recuerda a otra nórdica enérgica como Maja Ivarsson. Sin mayores prolegómenos cayeron “The Shame”, “No Afterglow”, “You Get What Your get”, “Radio Rebelde”, “Me, Myself and I”, “Tonight” con alguna pirueta incluida y “Playing With Fire”. El público se vino arriba en cuanto sacaron la bandera de solidaridad con los jóvenes de Altsasu que aún siguen a la espera de juicio, para dar continuación con “You Got A Problem Without Knowing It”. Cecilia plantada encima de la batería bendijo el escenario con los brazos abiertos, demostrando que este show de los babuinos es bastante más genuino y comestible que el cultivado en algunos edificios enmoquetados de este país. El punto final llegó una hora después con la vacilona “Punk Rock Harbour”, del disco con el que dieran el pelotazo en Suecia hace unos años. Con la letra cambiada, nos invitaron a acompañarlos a un lugar mejor, que en este caso era Barakaldo, dejando patente su especial conexión con esta localidad, donde además radica uno de sus club de fans, con sede en el mítico bar Basterra.

El hito que Berri Txarrak apuntaló el sábado fue más allá de una mera demostración de su poder de convocatoria. Se palpaba en el ambiente la satisfacción de poder reunir alrededor de diez mil personas dispuestas, ojo, a prestar atención a un grupo de rock alternativo que había llegado hasta aquí ejerciendo además su labor íntegramente en euskera. A pesar de ello, no dejaba de chirriarme el asunto de tener que encontrarnos en un pabellón de estas características, donde la experiencia del público se centraba o bien en la unión a esa masa de la pista que parecía la Meca en plena peregrinación o en la conformidad de tener que asistir al evento desde la distancia.

Puede que “Infrasoinuak” sea uno de los álbumes más frescos y diversos de los que ha publicado Berri Txarrak en estos últimos tiempos, apoderándose de nuevas influencias, anudado con la concisa sensibilidad poética de Gorka Urbizu y desplegando una red de canciones que no dudaron en presentar de forma completa y ordenada en un primer set que pasó a la velocidad del rayo. “Dardararen Bat” y “Zuri” hacían que me preguntase si podríamos permanecer sentados durante mucho más tiempo. Durante “Infrasoinuak” se dejaba caer el telón del fondo, donde ahora podíamos leer en mayúsculas un gigante “INFRA”, poniéndonos la piel de gallina. Seguía la intencionadamente naif “Spoiler!”, a lo Weezer, señalando una verdad universal sobre los que ni están ni se les espera, que no van a hacer nada por nosotros pero que eso, nos da igual. La pasión se desbordaba en “Zaldi Zauritua”, con un Galder solitario a la batería, uniéndosele la guitarra de Gorka en una ascensión en la que cualquier palabra sobraba. Como un bálsamo llegaba “Beude”, aprovechando el momento para saludar a las pequeñas salas de conciertos que tejen Euskal Herria y defender que esto era más que un simple concierto. Con “Hozkia” quizá resumieran todo lo que es Berri Txarrak a día de hoy, como canción potente que bebe de diversas fuentes sin perder su noción. “Sed Lex”, “Katedral bat” y “Zorionaren Lobbya” cerraban el círculo.

El segundo tiempo lo realizaron en formato acústico, acompañados de otros músicos de trayectoria. Martí Perarnau, cantante de Mucho y teclista ocasional de los Sunday Drivers al teclado y, Arkaitz Miner a la viola y mandolina. A destacar la introspección de la lúgubre “Aspaldian utzitako zelda”; los pensamientos en voz alta de Gorka en “Makuluak”, cuando decía que “luego dirán que la poesía no sirve para nada”; “Min hau” como si fuesen la extinta Katamalo; y “Poligrafo Bakarra” e “Iraila” revestidos de irish folk.

Volviendo al formato trío, abordaron la tercera parte retrocediendo a su época primitiva con la mordida adolescente de una “Ikasten” que nos había pillado antes del cambio de siglo. Explayándose después en veinte canciones más de un repertorio variado que llegaría hasta la una menos cuarto de la madrugada y que personalmente hubiese reducido a la mitad. Desde las gradas pude observar el nudo desenredándose en “Jaio.Musika.Hil” y “Gezur bat mila aldiz”. Gente encaramándose a las vallas en la metálica “Ez dut nahi”. La sonrisa del vocalista al verse envuelto en un pabellón que se sabía la letra completa de “Libre”. El cambio de guion entre las poperas “Bigarren itzala”, “Lemak, Aingurak” y la entradilla sabbathiana de “Jainko Ateoa”. Y la recta final con “Biziraun”, “Denak ez du balio”, “Bueltatzen” y “Bigarren eskuko amets”. La estampa grabada en la retina sería sin duda la de “Maravillas”. Parte de la cruenta historia de este pueblo interpretada en un auditorio iluminado que se replegaba sobre la soledad del único hombre sobre el escenario.

“Oreka” y “Oihu”, de la mano, firmaban el relato de una puesta de largo de los Berri Txarrak en un acto casi protocolario de alrededor de tres horas de actuación diversificadas para no aburrir a un personal más que militante. “Infrasoinuak gara baina entzungo gaituzte”.