Hay artistas que necesitan ruido, parafernalia y un envoltorio cargado de artificios para llenar un recinto y ofrecer una noche memorable. Otras, en cambio, solo necesitan talento. Amaia pertenece, sin discusión, a ese segundo grupo. La noche del sábado en A Coruña confirmó la teoría con una naturalidad apabullante, tornando un recinto lleno hasta la bandera y con más de 8.000 personas, en un espacio íntimo a base a canciones, honestidad y el acompañamiento musical de una banda de altura.
El planteamiento visual fue tan sencillo como efectivo: escenario negro, sobrio, casi desnudo, con luces y una pantalla utilizada con cuentagotas. Amaia, vestida con color claro, destacó en todo momento como el eje absoluto del espectáculo. Los instrumentos, siempre visibles —con la banda sinfónica ubicada en dos cubículos centrales—, reforzaban la sensación de concierto sin trampas, donde lo importante era la música y misma la interpretación de la pamplonesa. El sonido, impecable, hizo justicia a una voz que se escuchó con la claridad de un disco grabado en estudio.
El concierto resultó dividido en cuatro actos, con protagonismo para su último disco, “Si abro los ojos no es real” (Universal Music Spain, 25), que justo esa misma noche cumplía un año de vida. Una estructura que ayudó a ordenar el viaje emocional y musical del show y condujo hacia un tramo final cargado de éxitos y celebración, dotando a la velada de un aire casi teatral. Durante buena parte del concierto, la cantante estuvo acompañada únicamente por la banda, sumándose después elementos sinfónicos y el coro de 'El Taller de Music' con la intención de sumar garra. En realidad, nunca hicieron falta elementos adicionales. En ningún momento el espacio se le hizo grande a una Amaia que supo habitar el Coliseum con cercanía apabullante, interactuando con el público apostando por esa espontaneidad que la caracteriza, diluyendo cualquier distancia desde los primeros compases y propiciando la acogedora sensación.

El espectáculo disfrutó de varios momentos especialmente mágicos: al piano, con la guitarra o, sobre todo, cuando tomó el arpa y pausó el tiempo para desarrollar “Ya está” ante un silencio sepulcral. Una interpretación tan precisa como emocionante, capaz de poner la piel de gallina y de explicar, por sí sola, las razones de un éxito que trasciende la lógica de la industria musical actual. Todavía quedaba una de las grandes sorpresas de la noche: la aparición de los gallegos Aliboria. Un gesto cargado de simbolismo que sirvió para cerrar cualquier polémica surgida tras la publicación de “Aralar” y que dejó uno de los momentos más celebrados del concierto, con el público puesto en pie.
Con “Tengo un pensamiento” y “Bienvenidos al show”, Amaia puso el broche de oro a la noche. Un cierre por todo lo alto para una artista cuyo éxito no depende del aforo del recinto, sino de su capacidad para lograr que miles de personas contengan la respiración con cada canción. La pamplonica no solo canta de forma insultantemente magnífica, sino que lo hace desde un lugar humano y cercano. Y eso, en tiempos de sobreproducción y artificio, sigue siendo lo más radical que se puede ofrecer sobre un escenario.

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