Curtido en el punk y el hardcore de los ochenta e iluminado por la electrónica de la primera mitad de los noventa, dio con su fórmula mágica del modo más insospechado: exhumando reliquias ocultas del blues y el gospel para ahormarlas en su particular manto sonoro compuesto a base de ambient, house y trip hop, en ese imbatible manual que fue "Play" (1999). Desde entonces, su carrera se ha debatido entre los intentos – casi todos infructuosos – de renovar aquella alquimia y nuevas incursiones en el ambient, el rock industrial y la música clásica. Es, eso sí, uno de los mejores entrevistados con los que uno puede toparse en el mundo entero.
El imprescindible:
Play (Little Idiot/BMG/Mute, 1999)
El disco por el que todo el mundo lo recordará. Un inteligentísimo muestrario sobre la técnica del sampler aplicada a la regeneración de fragmentos de ignotos clásicos del gospel, del soul y del blues, fundidos con la tradición del house y del trip hop, de la que él mismo quería ser partícipe, dando fe de la continuidad histórica y la intertextualidad que todos esos géneros, procedentes del mismo tronco de la música negra, podía deparar
¿Apropiacionismo cultural? ¿Qué mas da, cuando el resultado es así de brillante? Es también el disco que dio la razón a quienes pensaban que la música electrónica no podía recabar éxito masivo en los EE.UU.: recordemos que ni la cultura rave había calado allí ni se hablaba aún de EDM. Diez millones de personas lo compraron en todo el mundo. Con razón: sonaba fresco, perspicaz, embriagador. Había dado con su mejor fórmula tras década y media de bandazos. Algunos de sus cortes trocaron en sintonías televisivas y publicitarias. Y elevó su propio listón a una cota que el propio Moby no ha sido nunca capaz de igualar.
La decepción:
Destroyed (Little Idiot/MUTE, 2011)
En realidad, cualquiera de los trabajos que median entre este trabajo y "Play" (1999) – es decir, casi toda la primera década de los 2000 – podrían optar a copar esta categoría, aunque "18" (2002) y "Hotel" (2005) al menos fueran apañadas reediciones menores de aquella chispa de genialidad. Ocurre que siempre llega un disco que paga el pato: aquel con el que casi todo el mundo te da la espalda. Aquel con el que incluso la parroquia más fiel decide pronunciar “basta”. Aquel que marca el tránsito a lo que conocemos por irrelevancia. Y este, sin ser tampoco un estropicio (ni mucho menos), bien puede ser ese disco. Ya fuera por haberlo grabado a vuelapluma durante sus giras, en habitaciones de hotel, en base a retales. Ya fuera porque incidía en un concepto de la electrónica superado por el tiempo. El caso es que marcó uno de los declives más acentuados en una carrera que, a partir del abrasivo "These Systems Are Failing" (2016), se sacudió de encima el tedio y mostró signos de recuperación.
La sorpresa:
Reprise (Deutsche Grammophon, 2021)
Tampoco es que "Reprise" fuera una sorpresa mayúscula: la tentación de revestir con orquestación clásica un repertorio venerable bajo la egregia enseña Deutsche Grammophon es algo que han probado Elvis Costello, Sting, Brian Eno o Tori Amos, entre muchos otros. Lo positivo es que el neoyorquino es un tipo lo suficientemente sensato, cabal y autocrítico como para eludir la ampulosidad mediante un tratamiento que, sin asomo de pretenciosidad, con la ayuda de la Budapest Art Orchestra y un puñado de colaboradores estelar y muy bien escogido, se amoldan como un guante a los requerimientos de cada corte: Gregory Porter, Kris Kristofferson, Mindy Jones, Jim James y Mark Lanegan le ayudan a ajustar el foco de su repertorio de electrónica sedante a un clasicismo nada estridente ni pasado de rosca. Más bien al contrario. Obviamente, es la etapa de "Play" (1999) y "18" (2002) la que más se recalibra aquí. A ver qué os pensabais.

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