Históricamente marcado por su vocación artesanal y devoción por el efecto práctico, Isaiah Saxon ha pasado de dirigir cortometrajes y videoclips para gente como Björk, Dirty Projectors o Grizzly Bear a atreverse oficialmente a debutar en el largometraje con una fábula quimérica y ambiciosa que cristaliza sus obsesiones y caligrafía autoral. A juzgar por el tiempo que el proyecto ha tardado en ver la luz, nada menos que seis años, podemos decir que “La Leyenda de Ochi” es el trabajo de su vida; una obra que dialoga con la fantasía clásica sin caer en la nostalgia fácil y que defiende el cine hecho con paciencia y mimo en la era de la inmediatez. “Creo que la única forma de triunfar como cineasta es estar completamente obsesionado con aquello que haces”, nos cuenta Isaiah con respecto al tiempo que le ha exigido su propuesta. “Tengo la suerte de disfrutar siempre de cada etapa de un proyecto y en este caso ninguna ha sido para nada aburrida. He sacrificado, eso sí, muchas cosas de mi vida privada por esta película, pero también ha sido un trabajo muy poliédrico en el que cada día se me planteaban retos distintos. En el fondo, envidio a esos directores que no escriben sus guiones, ni montan, ni producen y que simplemente llegan, dirigen y luego pasan a la siguiente película. Pero yo no soy así ni nunca lo seré”.
“La única forma de triunfar como cineasta es estar completamente obsesionado con aquello que haces”
Parte de culpa de que el rodaje de su ópera prima se haya alargado tanto es el anclaje de esta a una praxis creativa tradicional. Sin embargo, Saxon no cree necesaria la batalla entre la artesanía del oficio y las nuevas tecnologías, siendo ambos recursos totalmente complementarios entre sí. “Comencé en esto a través de los efectos prácticos porque me resultaban más divertidos y accesibles. Yo era un niño que solía dibujar todo el tiempo y de ahí pasé a esculpir. Esos fueron mis primeros pasos como cineasta independiente, aunque el CGI me despertaba mucha curiosidad. El problema es que en aquella época era muy caro y para hacer algo que no fuese demasiado amateur tenías que tener conocimientos avanzados. Con el tiempo aprendí a perderle miedo y lo he introducido gradualmente en muchos de mis proyectos”, continúa. “Creo que hay que dejar de demonizar el CGI, porque bien ejecutado puede ser muy útil. En la película, por ejemplo, teníamos claro que queríamos que el pequeño Ochi fuese real, pues tenía que sentirse auténtico y conectar de forma física con los actores, pero también empleamos mucho CGI para desarrollar algunos escenarios que no existían en la localización. Siempre va a ser el proyecto el que determine qué tipo de recursos necesitas y ninguno será nunca mejor que otro, sino simplemente más apropiado”.
Desde los inhóspitos Cárpatos rumanos y acompañado de un elenco de lujo (Helena Zengel, Willem Dafoe, Emily Watson, Finn Wolfhard), el novel cineasta nos plantea una extravagante y oscura oda a la empatía que por momentos nos retrotraerá irremediablemente a ese cine generacional en la que la fantasía sirve para hablar de soledad, crecimiento y vínculo. Saxon, además, lo hace sin caer en la trampa de la condescendencia ni el paternalismo narrativo. “Supongo que logro tal cosa porque no parto de un lugar nostálgico a la hora de elaborar esta historia”, apunta. “De hecho, tengo que confesar que no he visto nunca ‘Gremlins’, ni ‘Dentro del Laberinto’, ni ‘Cristal Oscuro’, y ‘E.T., el extraterrestre’ la vi por primera vez con veinticinco años. Pero sí que es cierto que esta última la entendí como el tipo de película de autor que querría ver y hacer en el futuro. Vulnerable, sincera, emocional... Esa clase de cine para adultos al que, de forma complementaria, los niños también pueden acceder. Siempre me han fascinado esas historias en las que el protagonista conecta con lo salvaje y extraño, mostrando así su lado más reprimido, frustrado y alienado, y eso me viene tanto del cine sutil y con subtexto de Powell y Pressburger como del primer Terrence Malick o Miyazaki, más que de experiencias cinematográficas de mi infancia”.
Es más, el propio Saxon reconoce no estar seguro de qué pensaría su joven yo si en su día este se hubiese encontrado con “La Leyenda de Ochi” en el videoclub. “No tengo ni idea de qué habría opinado ese niño de esta película”, confiesa entre risas. “Yo me inicié en el cine con unos diez u once años y de aquellas me interesaban películas que, definitivamente, no eran para críos. ‘¿A quién ama Gilbert Grape?’, ‘JFK’, ‘Jungla de Cristal’… Por un lado, creo que habría apreciado la voluntad de mi película por resultar honesta, pero por otro lado habría pensado ‘No quiero criaturas adorables, dame violencia’ [risas]. En lo que respecta al público infantil de hoy día, ya he podido comprobar que la película solamente conecta con ese tipo de niños que tienen una atención más adulta y poseen la capacidad de enfrentarse a un relato lento con paciencia. Niños y niñas que todavía conservan intacta su curiosidad, su inocencia y su asombro. Suena pesimista, pero cada vez quedan menos de esos”.

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