“Blackstar”, el testamento musical de David Bowie
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“Blackstar”, el testamento musical de David Bowie

Sergio Ariza — 06-01-2021
Fotógrafo — Archivo

Para entender el mítico aura que rodea a Blackstar”, el último disco publicado en vida de David Bowie, hay que entender que no solo era una despedida en toda regla, sino que era el segundo paso de una de las resurrecciones musicales más importantes de la historia, con David Bowie redescubriéndose como mágico aventurero.

Si en The Next Day había hecho las paces con su pasado, mirando atrás sin ira hacia Ziggy o Berlín, Blackstar le veía volviendo a mirar hacia adelante, descubriendo nuevas sonoridades y volviendo a actuar como el camaleón musical que fue durante la mayor parte de su carrera.

En 2003 había aparecido “Reality” y Bowie se había embarcado en una exitosa gira mundial para presentarlo, todavía lo recuerdo porque tenía entrada para verle a mediados de julio del 2004 en el Festival por el Xacobeo en Santiago de Compostela. Pero Bowie no llegó a esa fecha, múltiples incidentes, incluido un bizarro lanzamiento de piruleta en el ojo, hicieron que la gira tuviera que ser cancelada el 25 de junio de 2004. Todavía no lo sabíamos pero no habría más giras, durante un tiempo se pensó que tampoco habría más música.

El cantante se fue retirando gradualmente de los focos, todavía seguía siendo el mismo culo inquieto de siempre y seguía apegado a la actualidad sin dejarse derrotar por la nostalgia. Si en el 66 escuchaba a The Beatles y a Dylan, en el 75 a Kraftwerk y a Neu!, en el 87 a Pixies y a Prince y en el 95 a NIN y Aphex Twin, a mediados de la primera década del siglo XXI Bowie solo dejaba su retiro para subirse al escenario con Arcade Fire o aparecer en “Return To Cookie Mountain” de TV On The Radio. Los rumores sobre su salud se multiplicaban y sus apariciones en público decrecían, luego sabríamos que su retirada de las tablas había sido consecuencia de un ataque al corazón y que tuvo algunos más durante los últimos tiempos.

El próximo día

Nada de eso se supo cuando Bowie regresó triunfalmente en abril de 2013 con el notable The Next Day, precedido el 8 de enero, por la maravillosa “Where Are We Now?”. Por una vez, el incansable perseguidor musical miraba hacia atrás a su propio pasado, desde esa portada refrito de la del “Heroes” hasta los guiños al glam, al soul plástico o a la trilogía berlinesa. En la última canción se contradecía a sí mismo, “I don´t know who I am” cantaba, nunca había parecido tan claro que Bowie sabía quién era, reclamando todas y cada una de las etapas de su carrera.

Pero el destino es caprichoso y se interpuso en medio de su triunfal regreso. A mediados de 2014 le diagnosticaron un cáncer de hígado, Bowie solo se lo dijo a su familia y a sus más cercanos colaboradores, pero decidió que el cáncer no le iba a impedir grabar un nuevo disco. En enero de 2015, totalmente calvo por la quimioterapia, se metió en un estudio de grabación con su productor (y amigo) de toda la vida, Tony Visconti, y comenzó a grabar Blackstar. Bowie había hecho las paces con su pasado con The Next Day, ahora llegaba el momento de volver a mirar al único sitio que le había interesado durante toda su carrera, el futuro, justo ahora que el suyo parecía cada vez más incierto.

Nuevos colaboradores

Para ese disco contó con un grupo de músicos totalmente nuevos, en 2014 había grabado “Sue (Or In A Season Of Crime)” junto a la orquesta jazz de Maria Schneider y había conocido a su saxofonista, Donny McCaslin, que sería una figura clave en este disco. Bowie le contrata junto al resto de su cuarteto, Tim Lefebvre al bajo, Jason Lindner a los teclados y Mark Guiliana a la batería, a los que se unirá posteriormente el magnífico Ben Monder a la guitarra. Las sesiones comienzan en secreto en los estudios Magic Shop y Human Worldwide de Nueva York, ninguno de los músicos sabe de la enfermedad de Bowie, y el mundo tampoco sabe que Bowie está grabando la continuación de “The Next Day”.

El hecho de contar con músicos de jazz no convierte a “Blackstar” en un disco de jazz, sino en una toma experimental del Bowie más arriesgado, más art-rock si se prefiere. En marzo aparece el asombrosoTo Pimp A Butterfly de Kendrick Lamar y Bowie lo convierte en la banda sonora de su enfermedad, tomando prestada su libertad para romper con las barreras entre géneros. La banda tiene libertad a la hora de acercarse a las canciones, trabajando conjuntamente con Bowie en los arreglos. Como siempre, consigue sacar lo mejor de sus colaboradores. Si escuchar a Jeff Beck en The Yardbirds le llevó a fichar a Mick Ronson, si el krautrock le llevó a la trilogía berlinesa y a Eno y los Pixies a Tin Machine, en 2015 McCaslin y su saxo son los que brillan a lo largo de todo el disco, sin olvidar las contribuciones del resto, como un Monder estelar o un James Murphy, de LCD Soundsystem, que metió percusiones en un par de temas.

En la villa de Ormen

El disco se abre con la canción que le da título. Es un inicio misterioso, intrigante, casi místico, “in the villa of Ormen, stand a solitary candle”, cuando la percusión entra le da un ritmo que parece no casar con esa melodía casi gregoriana pero que añade enigma a una pieza subyugante, para cuando entra el saxofón ya estás totalmente sumergido en ella y eso que, como diría Sinatra, lo mejor está aún por llegar. Tras una segunda vuelta y un segundo solo de saxofón la canción parece evaporarse, perdida entre brumas sonoras fantasmales hasta que avistamos una luz musical y comienza la maravillosa segunda parte, con Bowie entonando una maravillosa melodía “something happened on the day he died”. Bowie comienza a avisar de su propia mortalidad pero la afronta intentando definirse, “I’m a Blackstar” ¿un guiño a su adorado Elvis Presley con el que compartía fecha de nacimiento? ¿Teorías ocultistas de Aleister Crowley? Bowie se define a sí mismo en su propio misterio, no deja nada claro, más allá de su propio genio. Que no suene a exageración si afirmo que es una de las mejores canciones de su carrera.

La siguiente no era nueva, Bowie ya la había publicado en 2014 como cara B de “Sue (Or In A Season Of Crime)”, se trata de “Tis A Pity She Was A Whore”. Eso sí, es una nueva versión grabada para el disco, una especie de drum’n’bass jazzístico con la que Bowie se lo pasa en grande cantando en su voz de crooner. Nuevamente el saxo de McCaslin es el protagonista absoluto del arreglo musical, con un solo brillante y extenuante por toda la canción, solo ausente en los momentos en los que Bowie canta.

Muerte y resurrección

Luego llega el turno de la segunda maravilla del disco, la maravillosa “Lazarus”, con la que Bowie vuelve a afrontar su muerte, el arreglo es maravilloso con un bajo en primer plano y un brillante arreglo de vientos al que se une la maravillosa guitarra de Ben Monder. Bowie entona: “mira hacia arriba, estoy en el cielo, tengo cicatrices que no se pueden ver”. Es hermosamente mórbida. Bowie continua su relato: “estoy en peligro, no tengo nada más que perder”. El juego entre la guitarra y los vientos da paso a un estribillo fabuloso donde Bowie nos habla de su retiro en Nueva York. Por su parte, Donny McCaslin vuelve a tener otra oportunidad de lucimiento y no la desaprovecha.

Pero quizás tan significativo como la misma canción, sea el maravilloso vídeo que la acompañaba. Bowie aparecía medio moribundo con los ojos tapados, es el final parece decir, pero no hay que olvidar que la canción se llama Lazarus, como el más famoso de los resucitados. Es evidente que Bowie está lidiando con su propia muerte. Para colmo fue mientras lo rodaba cuando se enteró de que su cáncer era terminal y no había curación posible. Lanzado tres días antes de su propio fallecimiento, el último plano ve al artista meterse en un armario que recuerda lúgubremente a un ataúd. Alguien del equipo recuerda que las palabras de Bowie ante esa toma fueron: “Sí, eso les tendrá a todos adivinando, ¿no?”.

“Sue (Or In A Season Of Crime)” es una nueva versión de la canción que había aparecido dos años antes, Bowie transforma el jazzístico arreglo de Maria Schneider en un ritmo rock con guitarras. Es la canción con la melodía menos atrayente de todo el disco, pero su fuerza reside en el agobiante arreglo, cerca de la claustrofobia, con ciertos toques industriales prestados de sus amigos de Nine Inch Nails. “Girl Loves Me” le ve coquetear con una especie de rap, aunque más cercano a Future que a Kendrick Lamar, antes de meterse en un lúgubre estribillo y otra parte cantada. Es un hipnótico viaje por las tinieblas, otra pieza de Bowie mirando al futuro, a pesar de no tener ya uno. Un culo inquieto hasta el final.

El Mayor Tom llamando a la Tierra

Y luego llega el dúo final de baladas para poner el broche de oro a la despedida, desplegando al máximo su facilidad melódica y logrando emocionar al máximo. Primero llega “Dollar Days”, con una preciosa intro de McCaslin al saxo, cuando entra la voz, acompañada por su guitarra acústica, tenemos claro que estamos ante el autor de enormidades como “Rock’n’Roll Suicide”. Líricamente, no deja a dudas de su carácter de su carácter de despedida, esos “I’m Dying To” que dos días después de su publicación, el triste 10 de enero de 2016, ya sonarán para siempre como “I’m Dying Too”. Pero si hablamos de despedidas Bowie no se iba a ir sin último guiño al que fuera su mano derecha en el periodo de esplendor de su carrera, así que Ben Monder es el encargado de evocar al gran Mick Ronson y a su guitarra.

Sería el final perfecto y obvio pero a Bowie nunca le gustaron las obviedades, así que casi sin tiempo de coger el aliento comienza “I Can’t Give Everything Away” con una pequeña frase a la armónica que nos recuerda a otra canción del mito, en concreto al “A New Career In A New Town” de “Low”. Finalmente el Mayor Tom está dispuesto para volver a surcar las estrellas buscando nuevos sonidos, nuevas metas, una carrera nueva en un pueblo nuevo.

Bowie no nos lo puede revelar todo antes de partir pero nos deja este disco como regalo de despedida. Control de tierra, es hora de partir y despegar hacia lo desconocido, “Seeing more and feeling less / Saying no but meaning yes / This is all I ever meant / That’s the message that I sent”. Suena una guitarra cercana a la de otro antiguo colaborador, Robert Fripp, “no os lo puedo revelar todo”… El Mayor Tom se ha despedido de su mujer diciéndola que la quiere mucho, Ziggy Stardust ha vuelto a las estrellas, el Delgado Duque Blanco ha dejado el edificio, el hombre que cayó a la Tierra (y la vendió) se ha marchado para siempre, pero nos deja su mayor tesoro, su música.

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