“Guy, Will, Jonny y Chris: no te olvides de nuestros nombres. Vamos a ser masivos, absolutamente enormes”. Lo advirtió Chris Martin hace casi veinte años, con desbordante suficiencia. Y quedó plasmado en el inminente documental que repasa su carrera. Fue una profecía autocumplida. Porque Coldplay son – junto a Arcade Fire, The Killers o Kings of Leon – unas de las escasísimas bandas de pop o rock con discografía (al menos en elepés) enteramente consumada en nuestro siglo capaz de llenar estadios. Aunque se formaban como tales en 1998, año en el que editaron “Safety”, su primer EP, con solo tres canciones.

El trecho recorrido desde entonces por Chris Martin, Will Champion, Jonny Buckland y Guy Berriman (y su manager Phil Harvey, algo así como su quinto miembro) ha sido enorme: de artífices de un pop sensible, delicado y progresivamente abigarrado – en su primera etapa – hasta el estatus de superestrellas internacionales del que gozan ahora, despachando desenfadadas piezas de pop sintético para todos los públicos, en abierta sintonía con algunos gurús de la EDM.

Este 14 de noviembre se estrena el primer documental a mayor gloria de su nombre: se trata de “A Head Full of Dreams”, un repaso a sus veinte años de trayecto, dirigido por Mat Whitecross, quien ya plasmara el fenómeno Oasis en “Supersonic” (2016), bien conocido además por la banda tras haber trabajado para ellos en los videoclips de “Paradise”, “A Head Full of Dreams” y “Adventure of a Lifetime”.

Echamos la vista atrás para repasar su carrera en quince canciones, posiblemente las más significativas de estas dos décadas.

“Don’t Panic” (de Parachutes, 2000):

Echando la vista atrás, toca coincidir en que no había mejor tarjeta de presentación posible. Coldplay debutaron con la versión más sencilla y menos sobreornamentada de sí mismos, con su vis más esencialista emitiendo el brillo de esos debuts inmaculados que desarman en su propia naturalidad. Diez canciones fluidas, sin sobreproducción ni aspiraciones grandilocuentes, que descorchaban sus argumentos con estos primorosos dos minutos escasos, de tacto eminentemente acústico y un estribillo que hace arte de la insinuación. Escrita en 1998, es una de las primeras composiciones de la banda. Y llegaba en un momento de cierta orfandad dentro de aquel pop británico que se debatía entre la resaca brit pop y la quebradiza (y algo torturada, en algunos casos) melancolía que emitían Muse, Elbow, Doves o Starsailor, con Radiohead ya enfilando su reconversión sintética. Había relevo a la vista.

 

“Yellow” (de Parachutes, 2000):

El primer gran single de éxito de la banda. ¿Quién no recuerda su videoclip, con Chris Martin caminando por la playa, prácticamente a cámara lenta y en un plano fijo, bajo un cielo nublado? (el clip del “You’re Beatiful” de James Blunt se le parecería como una gota de agua, por cierto, cuatro años más tarde). Comparecía por vez primera ese muro de guitarras – reforzado por la producción de Ken Nelson – que tanto explotarían en su siguiente entrega, al servicio de una canción que algunos han definido ingeniosamente (y no sin razón) como si Jeff Buckley cantara una composición de Echo and the Bunnymen. Fue su primer Top 5 británico.

 

“Shiver” (de Parachutes, 2000):

Ya que mencionábamos al malogrado Jeff Buckley, cuyos abigarrados giros vocales fueron tan influyentes en gran parte de las escena británica de finales de los noventa (a veces con infaustas consecuencias, véase el caso de los primeros Muse), no hay una canción del repertorio de Coldplay en el que se aprecie su ascendiente de formas más flagrante que en “Shiver”. Hasta el propio Chris Martin, quien la compuso en un momento de desazón sentimental (decían las malas lenguas que a causa de su ruptura con Natalie Imbruglia), lo reconoció públicamente. En cualquier caso, fue una notable forma de licuar influjos ajenos: el ensortijado remolino de guitarras que sustenta su estribillo y la solvencia vocal de Martin, apuntalada por su logrado falsete, exoneran el mimetismo.

 

“Trouble” (de Parachutes, 2000):

Una de sus primeras grandes baladas. Delicada letanía conducida por el piano que explicita – posiblemente mejor que ninguna otra – la sensibilidad casi desnuda que presidía aquel álbum de debut, poniendo en negro sobre blanco los daños colaterales que todos infligimos de vez en cuando a quienes estimamos. En su momento, la banda se negó a cederla para campañas publicitarias, entre ellas sendas ofertas millonarias de Gap y Diet Coke, aunque luego pudimos escucharla en nuestras pantallas de televisión ilustrando un spot de la Cruz Roja española.

 

“Sparks” (de Parachutes, 2000):

Precioso arrullo acústico en forma de sencillísima declaración de amor, que remarca lo bien que entonces les sentaba a Coldplay el menos es más. Sutileza y finura en casi cuatro minutos para el recuerdo. Obviamente, no fue escogida como single, por lo que permanece como uno de los grandes rincones a la sombra en su discografía. Una canción a reivindicar siempre. El habitual dispendio de emotividad de la banda nunca volvió a sonar tan cándido y naturalmente contenido, sin asomo alguno de la pirotecnia que exprimirían años más tarde.

 

“Clocks” (de A Rush of Blood to the Head, 2002):

La grandeur de “Clocks” explicitaba el giro que imprimieron Coldplay a su carrera a la altura de su segundo álbum: era la primera vez que afloraban las comparaciones con U2. De hecho, es inevitable trazar paralelismos entre su intro de piano y la del “New Year’s Day” de los irlandeses. Fue una de las últimas canciones que escribieron para “A Rush of Blood to the Head”, álbum más corpóreo y complejo que su predecesor. Multiplicó su popularidad, y se convirtió en carne de spot publicitario y presencia recurrente en sus directos.

 

“In My Place” (de A Rush of Blood to the Head, 2002):

Otro de los grandes himnos de la primera etapa del grupo, reforzando además su querencia grupal, con robusta factura traducida en la rúbrica compartida de sus cuatro miembros. Es una de las primeras composiciones que escribieron para el disco. De hecho, es la que traza una línea de continuidad más clara con “Parachutes” (2000). Casi podría ser hermana de “Yellow”. Contribuyó a disipar las dudas que se cercían sobre ellos tras el alboroto mediático de su debut.

 

“The Scientist” (de A Rush of Blood to the Head, 2002):

La veta más intimista y confesional de Coldplay de nuevo funcionando a pleno rendimiento, en otras de sus baladas al piano marca de la casa. En esta ocasión la inspiración le llegó a Chris Martin tras escuchar el “All Things Must Pass” (1970) de George Harrison y tratar de emular al piano su “Isn’t It a Pity”, cuya cadencia comparten. Su videoclip mostró a Chris Martin sumándose a la moda de la narración audiovisual inversa (a lo Spike Jonze) yendo hacia atrás en el tiempo, al momento justo anterior a un accidente de tráfico con su pareja, para lo que el vocalista dedicó un mes a aprender a cantar su letra en sentido inverso.

 

“Speed of Sound” (de X&Y, 2005):

Otro riff de piano memorable (inevitable acordarse de “Clocks”) sirve como apertura para el nuevo escalón de la banda en su estrategia de dominación mundial, su envite por convertirse en los U2 del nuevo milenio. En ese sentido, “Speed of Sound” lo tiene todo: la progresión ascendente, el sonido suntuoso, la inédita primacía de los teclados, el estribillo de tintes épicos y el sempiterno falsete de Chris Martin. Tanbién un ritmo que, según él mismo, pretendía ser un guiño al “Running Up That Hill” de Kate Bush (mejor no cotejar sus intensidades). Un single de libro, vaya, que servía para mostrar la progresión de la banda en su ascenso al Olimpo del nuevo stadium rock.

 

“Fix You” (de X&Y, 2005):

La relación inversamente proporcional entre cuajo creativo y pomposidad sonora se fue acentuando en el tercer álbum de Coldplay, que tenía uno de sus puntos álgidos en esta canción de cocción lenta, que se abría con las notas de un viejo teclado de Bruce Paltrow (suegro de Chris Martin y padre de Gwyneth) e incurría a mitad de su minutaje en un crescendo ensartado por una emergente guitarra eléctrica de querencia prog rock, con la esperanzada y consabida coda final. Confesaron que el “Grace Under Pressure” (2003) de Elbow fue una influencia, aunque casi sería mejor obviarlo, porque la desproporción entre el eco obtenido por ambas bandas aún escuece. Otros temas del mismo álbum, como “Talk”, mostraban que los U2 de How To Dismantle an Atomic Bomb (2004) no andaban muy lejos.

 

“Viva la Vida” (de Viva la Vida or Death and All His Friends, 2008):

Sin duda, una de las mejores – si no la mejor – canción de todo su repertorio, con su inconfundible sección de cuerda, su exultante estribillo y esos coros épicos que (milagrosamente) no llegan a empalagar. Una emotiva composición todoterreno, extraída de su alianza con Brian Eno, que lo mismo sirvió para poner banda sonora a toda clase de saraos familiares (desde cumpleaños a bodas) como para convertirse en sonsonete – al borde del hartazgo, eso sí – de uno de los mejores equipos de fútbol de la historia, por obra de Pep Guardiola a lo largo de su año de gracia, el 2009. Con título prestado de una obra de Frida Kahlo, es también esta la canción de las recurrentes acusaciones de plagio, todas con escaso fundamento y aún menos recorrido: los Creaky Boards les recriminaron haber fusilado su “The Songs I Didn’t Write” (2008), Joe Satriani les reprochó haber plagiado un tramo de su “If I Could Fly”(2004) y Cat Stevens (Yusuf Islam) les afeó haber plagiado – presuntamente – su “Foreigner Suite” (1973). Mientras tanto, Coldplay, encantados, dijeron que solo las canciones que tienen éxito son acusadas de plagio. Y es que ya se sabe lo que se dice sobre el éxito y el fracaso: el primero tiene muchos padres, el segundo apenas tiene quien le cante…

 

“Lost” (de Viva la Vida or Death and All His Friends, 2008):

Con su ritmo tribal, su levitante teclado eclesiástico y sus palmas acompasadas, la sugestiva “Lost” es lo más cerca que nunca han estado de la espiritualidad del gospel (llegaron a admitir que la cadencia del “Cry Me a River” – 2003 – de Justin Timberlake fue una influencia), y también una de las pruebas más concluyentes de lo bien que les sentó que Brian Eno y Markus Dravs se pusieran a los mandos de la producción. En los Grammy se marcaron una versión en directo junto a Jay-Z.

 

“A Sky Full of Stars” (de Ghost Stories, 2014):

Habrán comprobado que hemos corrido un tupido velo sobre “Mylo Xyloto (2011), el peor álbum – con diferencia – de su carrera. Ni siquiera hemos echado mano de la ramplona “Every Teardrop is a Waterfall”, por aquello de cubrir la cuota. Hemos preferido irnos directamente a 2014, hasta el pop electrónico euforizante (en medio de un disco tristón) de “A Sky Full of Stars”, punta de lanza de “Ghost Stories”, que es el trabajo que marca la línea divisoria entre los Coldplay de la primera década de los dos mil y los de la segunda: prácticamente otra banda. Se nota en esta canción (y de qué forma) la mano de de Paul Epworth y, sobre todo, del malogrado Avicii, en esos subidones y bajones de intensidad que miran de reojo a Ibiza y la EDM.

 

“Hymn For The Weekend” (de “A Head Full of Dreams”, 2015):

La influencia de los ritmos de r’n’b y de los géneros urban – colabora en este corte Beyoncé, aunque su presencia quede muy diluida – fue más que notoria en el último álbum de la Coldplay, un tratado de caleidoscópico pop sintético con el que jugaban (y en su derecho estaban, desde luego) a divertirse y a divertir, más aún con Chris Martin rumiando la resaca sentimental de su separación de Gwyneth Paltrow, pero que se situaba a eones de distancia de aquella banda que iluminó la escena del pop británico con un puñado de extraordinarias canciones a principios de siglo.

 

“Adventure of a Lifetime” (de “A Head Full of Dreams”, 2015):

Comenzar emulando a U2 para acabar evocando a Two Door Cinema Club: ese podría ser el crudo corolario al tránsito que la banda parecía culminar con este bailable y resultón single, adelanto de “A Head Full of Dreams”, que seguramente justificaría el alborozo si llegara avalado por cualquier otra firma, pero en sus manos sabe a desvaído facsímil de lo que una vez fueron, por mucho que les sirva para que decenas de miles de personas se lo pasen bomba agiteando al unísono sus pulseras de lucecitas en cualquier gran estadio.

 

Bonus track: “Something Just Like This” (con The Chainsmokers):

Por si alguien aún dudaba de la empatía de Coldplay con los tótems de la EDM, con las servidumbres del mercado norteamericano y con la generación millenial, ahí queda su alianza con The Chainsmokers es esta pegadiza e irresistible (hay que reconocerlo) canción, incluida en “Memories… Do Not Open” (2017), el último álbum de los neoyorquinos. Con mucha diferencia, su corte más escuchado en plataformas de streaming (doblando a cualquier otra de todo su repertorio) y en youtube.