“Siempre tuve esa ilusión: una banda que proyectase otras sonoridades”. Reconoce Miguel Cernadas, al respecto de Tona, su nuevo proyecto, y de “Cruseiro”, su carta de presentación. Pero había otra imagen que tampoco conseguía quitarse de encima: la de la gente bailando en las foliadas. “Siempre me dio envidia ver a la gente bailar”, admite, confesando que él mismo está empezando ahora a dar sus primeros pasos en el baile tradicional. “Pensaba que me estaba perdiendo una parte de la diversión”. Con el cambio de etapa llegó también un cambio de luz. Si Terbutalina estaba hecha para incendiar madrugadas, Tona mira directamente al sol del mediodía, cuando la fiesta aún no ha devorado a la gente y el baile es la mejor excusa para crear comunidad. “Ahora hacemos canciones para el día, para bailar sin prisa en una sesión vermú”, explica Cernadas.
“Me puse a trabajar con Tomás Ageitos (Das Kapital) y con Víctor Álvarez (coautor, arreglos y técnico de sonido) y, poco a poco, fuimos dándole forma al grupo y a su identidad musical. Tenía claro que quería algo diferente al esquema clásico de guitarras, bajo y batería. En este caso la transformación es radical”. La banda la completan Roberto Comesaña (colaborador de Susana Seivane o Cristina Pato) al acordeón, Gutier Álvarez (colaborador de Xabier Díaz) al violinofón y Andrés Real (Oh Ayatollah) al bajo. Todas esas inquietudes cristalizan en “Cruseiro”, su EP de debut. Cinco piezas que conectan con la tradición sin caer en caricaturas, conscientes de que en Galicia la música popular siempre fue música de baile. Cada tema pasa por el ADN de Migui y los suyos, que surfean entre el acordeón de Pazos de Merexo y el blues de Nueva Orleans. “La banda está concebida como si fuese AC/DC, pero la rítmica la hace el acordeón y los solos los lleva el violinofón o la trikitixa”, confiesa entre risas.
“Siempre me dio envidia ver a la gente bailar”
Además de cambiar la energía de su música, Tona nació desde un lugar poco habitual en un sector acostumbrado a la inmediatez: el tiempo y la investigación. “Teníamos tiempo y nadie esperaba nada”. Esa ausencia de presión se convirtió en motor creativo: probar instrumentos, mezclar ideas, equivocarse, volver a empezar. Una forma de trabajo casi artesanal en la que probar un acordeón vasco-italiano, darle la vuelta a un ritmo de muiñeira o inventar nuevas funciones para el violinofón no eran excentricidades, sino el camino natural para construir un sonido propio. En las letras, Cernadas recupera coplas populares y las adapta a su propia voz, buscando esa retranca tan reconocible en toda su discografía. “Quería que quedasen reales”, explica, fiel a un enfoque que la banda resume en un concepto propio: Música da Ribeira. “No es folk, ni rock, ni pop, y todos venimos de esa zona de mar y aldeas”. Por eso prefieren una etiqueta que los sitúe “dentro de un lugar más que dentro de un género. Ahora toca ver cómo respira el proyecto en directo y cómo conecta con la gente. Además, hay nuevo material avanzado, pero hay que cerrarlo con calma”.

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