Todo por un sueño
EntrevistasOlivia Ruiz

Todo por un sueño

Laura Fernández — 16-12-2008
Fotografía — Archivo

Pasó su infancia en el café bar de la familia, pidiendo monedas para el jukebox y soñando con convertirse en un cruce entre Cindy Lauper y Edith Piaf. Acaba de publicar “La chica chocolate” (Universal, 08), un disco que igual le acerca a su sueño de ser una estrella.

Hija de un aspirante a Jacques Brel que no pasó de aspirante y nieta de seguidores de Julio Iglesias (sus abuelos son españoles, llegaron a Francia huyendo de la dictadura, de ahí el cruce de idiomas)Olivia Ruiz ha pasado de ex-triunfita a la francesa (fue finalista de la primera edición de Star Academy, su OT) a fenómeno de masas cool (la crítica la acompaña desde el principio) en su país y ha decidido dar el salto a España con un best of de sus dos primeros largos titulado como el último; allí “La Femme Chocolat”, aquí “La chica chocolate”.

"A veces me pregunto si no estaré soñando, todo esto es demasiado"

Avalada por la chica rara mexicana, Julieta Venegas (con quien canta “Las migas de mi corazón”), y por un inclasificable repertorio que bebe del realismo mágico (sus letras hablan de afilar caderas), la chanson francesa, el cabaret punk, la balada kitsch y hasta el clásico revuelto (para escépticos basta una escucha de su “My Heart Belongs To Daddy”), Ruiz ha desbancado a la mismísima Carla (Primera Dama) Bruni en las listas de ventas. “A veces me pregunto si no estaré soñando, todo esto es demasiado”, dice. Acaba de cumplir veintiocho, sale con su letrista (el cantante de Dionysos, Mathias Malzieu), canta en tres idiomas (inglés, francés y español), escucha a Lonely Driften Karen y no se arrepiente de haber entrado en esa especie de OT. “Si no lo hubiera hecho, habría acabado como mi padre”. También dice que la música debería ser un pasaporte a otro mundo. “Lo único que pretendo es que quien me escuche olvide sus problemas, se deje llevar a otro lugar, en el que todo es posible”. ¿Será verdad? Nada mejor que un directo para comprobarlo. Los suyos son juguetones, y, a ratos, retorcidos.

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