El pasado 6 de enero murió el cineasta Béla Tarr. Erik Urano decidió recordar al que llamó “maestro de maestros” citando las propias palabras del húngaro: “Lo que busco es que vayas a un cine, te sientes a oscuras, veas la película y al salir te preguntes ‘¿Cómo estoy? ¿Siento algo? ¿O simplemente me encuentro igual que antes de entrar?’". Precisamente este sería el mejor punto de partida para poder explorar, y empezar a entender, el trabajo de Urano, y concretamente “Stalker”. “Siempre me han atraído las obras que no están cerradas: ese cuadro que termina de completar quien lo mira, esa película que se te queda dando vueltas en la cabeza, esas piezas que no entiendes del todo y que con el tiempo empiezan a encajar. Ese tipo de obras siempre me ha interesado y creo que, de forma inconsciente, he ido haciendo algo parecido”.
Su último álbum de estudio, “Stalker”, llega cuatro años después del lanzamiento de “Qubits”, disco junto a su colaborador habitual Merca Bae. “Era una idea que ya venía madurando desde hacía tiempo. Pero la aparqué y, cuando cerré el otro trabajo, fue simplemente seguir trazando la línea. Soy muy de cocinar a fuego lento, nada de un disco al año. El proceso va tranquilo, poco a poco. Además, como tengo mi trabajo, no soy de ir al estudio a ver qué surge”. Como dice en el propio disco: “Estudio en el estudio, no money making”. Su idea es ser de los que van sobre seguro cuando se trata de hacer sesiones, aunque su trabajo no tenga nada de apuesta fácil.
“El fin no es la meta. Más que dónde quiero llegar, es la necesidad de recorrer un camino”
Su eje de partida es la niebla y la incertidumbre que rodean la película homónima del cineasta soviético Andréi Tarkovski, aunque Urano insiste en que “Stalker” no nace como una adaptación ni como un ejercicio de referencia directa. “Tampoco quería hacer una relación literal. No quería pasarme medio disco siendo referencial a la película. Me interesaba más ese estado mental, climatológico. Me atraía la idea de esa Zona en la que entrar, pero sin saber qué hay en ella. Coger el concepto, pero sin que fuera limitante. Nunca me ha gustado que nada ate demasiado”. De ahí también su afinidad con la ambigüedad radical del filme, con ese final que no resuelve ni clausura nada. “Creo que ahí está lo interesante. El fin no es la meta. Más que hablar de a dónde quiero llegar, me refiero a la necesidad de recorrer un camino, de estar involucrado en algo y desarrollarlo. Para mí, el propio proceso es el fin. Es más una aspiración casi metafísica, una necesidad de hacer algo”.
El resultado es un álbum que ilumina ideas, pero no necesariamente las explica. Destellos, intuiciones y conceptos que pueden tratarse, como el propio Urano explica: “Como un haiku que sugiere la forma, pero no la cierra”. Una escritura abierta en la que el sentido no queda fijado del todo y donde, incluso, la interpretación que “hace otra persona puede ser igual de válida, o incluso más interesante, que la idea inicial con la que fue escrita”. Por eso, el glitcheado que vemos en sus piernas, en la portada de su disco amarillo radioactivo, puede hacer referencia a un creador cuya idea es “mostrar la figura del que camina, avanza, o por lo menos se mueve por estos espacios en los que también se encuentra el error, tanto de nuestro ecosistema humano como virtual”, así como al error que sufren nuestros cimientos como personas, que podríamos interpretar ligado a su barra sobre quemar los viejos testamentos.
En sus diez cortes, Urano explora una ensoñación de lo cotidiano a partir de este fallo al que todos nos sobreexponemos en un mundo hiperconectado. Expone la anestesia emocional frente a la saturación de imágenes, en un mundo en el que, en un infinito scroll, vemos mezcladas imágenes de un genocidio junto a hauls de ropa de fast fashion, que consecuentemente destruyen el planeta. “Antes veías una imagen jodida y se te quedaba en la cabeza semanas. Ahora, a los cinco minutos estás viendo otra cosa. Recuerdo la primera vez que un colega me enseñó una imagen de un soldado en la guerra. Fue algo terrorífico, pero ahora solo sería una imagen más. Me horroriza esa idea”. En sus letras le da vueltas a la idea de que hemos pasado de “que no me importe nada” a “que me duela que no me importe nada”. Una idea que en el fondo le resulta casi esperanzadora en medio de esta bruma de confusión a la hora de procesar lo que vemos. “No deja de ser algo contrario a la indiferencia. Porque el dolor es algo que no puedes negar: si te duele, eso está existiendo. Supongo que, a veces, es el último hilo al que agarrarse. El momento en el que te das cuenta de que ya no te importa nada puede ser el momento en el que puedes hacer el cambio, como cuando tocas fondo”.
"Conectar con alguien que ya no está a través de una obra es muy fuerte. Y que alguien pueda hacer suya mi música, también”
Al igual que su mensaje es una reconstrucción de ideas dispuestas para que cada uno disfrute, o se deje aturdir, con aquello que más le llame, su sonoridad juega el mismo nivel de rompecabezas. No hay género troncal. Podría ser rap, electrónica —“incluso creo que es un disco que también funciona como deconstructed club”—. A Merca Bae se le suman Zar1, Louis Amoeba y Harto Rodriguez. Con ellos construye texturas que van desde un grime gélido a un reggaetón atómico, pasando por vahos de ambient o breakbeat. Pero a pesar de las descargas eléctricas de sus bases, su voz sigue firme, humana y prácticamente desnuda. “Dentro del rap sí tengo unos parámetros estéticos claros: sigo ciertos códigos, uso determinadas frases o conceptos más ‘rappers’, por decirlo de alguna manera. Pero siempre dejo esa pincelada abierta que para mí es lo atractivo, aunque también sea lo limitante. Hay gente que entra y dice ‘Esto no es para mí, no lo entiendo’, pero para otros es justo ese ovillo del que tirar. Desde hace unos años, sobre todo a partir del disco con Merca Bae, me interesa mucho la idea de hacer temas con varias capas. Canciones que puedas disfrutar en un club sin entender nada, pero que también te permitan profundizar, bucear en las letras, sacar referencias y a partir de ahí seguir tu propio camino”.
“Stalker” es un faro de resistencia ante un mundo hiperacelerado en el que todo aquello que consumimos se nos da masticadito para una tranquila, irrelevante y cómoda digestión. El disco propone ser revisitado, del mismo modo que se convierte en el resultado del estudio de todos los referentes de Erik Urano. “Lo único que a mí me ha funcionado para salir un poco de esa cárcel del tiempo es el arte. Conectar con alguien que ya no está a través de una obra es muy fuerte. Y que alguien pueda hacer suya mi música, también”.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.