Testigo amoral de los hechos que dañan, hoy más que nunca, la salud de nuestra sociedad, Michael Haneke sigue fustigando conciencias con los latidos de celuloide más valiosos del momento. “Código desconocido”, candidata inamovible a obtener el título de mejor película de este 2001, ayudó a inicios de año a consolidar popularmente su limpia y radical mirada, situándole a la misma altura de los cineastas insurrectos que viajan a contracorriente, tanto personal como profesionalmente. Y llega estos días, arropada por sus inapelable triunfos en Cannes (Gran Premio Del Jurado y Premio a la Mejor Interpretación Femenina y Premio a la Mejor Interpretación Masculina; la endeble “La habitación del hijo” obstaculizó su camino hacia la Palma de Oro), “La pianista”, su séptima obra. Basada en la novela de mismo título de Elfriede Jelinek,
| “Me interesa provocar a la gente para que se planteen las mismas preguntas que me planteo yo” |
la nueva película del director alemán de nacionalidad austriaca enfoca su interés en el desplome vital de Erika Kohut (titánica Isabelle Huppert), una profesora de piano atada emocional y psicológicamente por su hiriente voyeurismo y la tácita represión que afecta a sus carencias. Dicha disonancia afectiva repercutirá en su desarrollo existencial, trayecto en punto muerto de una crónica a la deriva. “No hay otra salida posible para el personaje. La película se precipita hacia un desenlace pesimista porque ésa es la única solución que plantean sus circunstancias personales. En el libro quedaba muy bien detallado el porqué de esa conclusión, y lo que hice fue ceñirme rigurosamente a la novela”. “Funny Games”, su cuarta película, cínica y terrorífica visión del impacto visual de las diferentes formas de violencia en nuestra sociedad, le situó en la órbita de un sector de público ávido de nuevos referentes con los que poder identificarse, tanto estética como emocionalmente. A partir de ahí, Haneke empezó a dibujar, bajo la atenta mirada de la crítica, una trayectoria apabullante. “Código desconocido”, primero, y “La pianista”, ahora, le han llevado a Francia para dirigir, curiosamente, las mejores y más aturdidoras películas de su carrera. “Inicialmente, el proyecto de “La pianista” tenía que llevarlo a cabo otro director. Cuando éste decidió rechazarlo, me lo pidieron a mí. La verdad es que me interesaba el libro y decidí aceptar. Mi única condición para realizar la película fue la participación innegociable de Isabelle Huppert”. La descarga de cine que nos regala la Huppert estremece. Una de las interpretaciones más descorazonadoras y valientes de los últimos diez años. De la mano de la actriz francesa, Haneke ha sido capaz de facturar su segunda obra maestra en menos de dos años. Habla el cineasta con una serenidad y una agudeza expresiva que asusta. Asusta porque no asusta, para entendernos. La voz más perturbadora del cine europeo de los noventa transmite a través del teléfono, sentado, supongo, en su casa, la tranquilidad y la lucidez del que intenta relativizarlo todo. Otro tímido en busca de las emociones más vivas y estremecedoras del ser humano. “Mis películas no son pesimistas, son realistas. Es algo que siempre he tratado de dejar claro, porque mucha gente sigue pensando que yo soy un pesimista radical, y eso no es cierto. Yo me limito a exponer unos hechos, a trasladar la realidad que nos envuelve para que el espectador realice su propia conclusión al respecto. Cuando alguien se va del cine antes de que finalice alguna película mía lo hace porque no está preparado o porque no quiere afrontar la realidad. Para ellos sí es insoportable”. Insoportable, pero en el buen sentido del término, resulta el visionado de “La pianista”. Si lanzamos un rápido repaso a la cartelera de los últimos meses, enseguida nos damos cuenta de que no estamos habituados a ataques frontales como el que nos propone Haneke. Tanta verdad, tanto detalle irrefutable en la descripción de una caída, puede desestabilizar el ánimo y el aguante de los espectadores más curtidos y golpeados por el celuloide o, por qué no, por la vida misma. “Nunca he intentado dar respuestas y nunca lo haré. También se ha dicho muchas veces que hago un cine de preguntas, pero no estoy de acuerdo con esa apreciación. Mi único interés reside en exponer una determinada circunstancia y que el espectador interprete a su manera lo que estoy contándole. En todo caso, corresponde a los críticos definir qué pregunto en mis filmes (risas)”. Y en ese juego propuesto a conciencia por el cineasta cobra vital importancia la manipulación ejercida por él mismo. Haneke arrincona al público, lo subleva al dictado de unos elementos que guían al espectador a la tesitura que propone el director. Es una manipulación libre, rigurosamente pura. “Me interesa manipular al público en el sentido que quiero demostrarles que les estoy manipulando. Concibo esta manipulación como una forma de provocación al público. Me interesa provocar a la gente para que se planteen las mismas preguntas que me planteo yo e interpreten sus respuestas. Creo que para llegar a eso es necesario tender ciertas trampas al espectador, pero que éste acabe siendo consciente de la existencia de esas trampas”.
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