Cuenta Danny L. Harle que “Cerulean” es, esta vez sí, su auténtica carta de presentación e “irónicamente” no siente “que tenga que explicarlo”. Al mismo tiempo, se muestra entusiasta en cada una de sus respuestas, explicaciones y detalles que ayudan a entender un poco más este disco de melodías eufóricas, aunque más reposadas que las de su ADN original, e imágenes que se dispersan en una melancolía oscura, pero a su vez brillante. “Se siente honestamente increíble. He hecho exactamente lo que me propuse hacer”, afirma.
El británico, que en 2021 firmaba “Harlecore”, un incesante álbum que abrió muchas de las pistas de baile post-pandémicas, como la de Nitsa, ese mismo octubre, junto a DJ Pastis, cuenta que la desaceleración de bpm’s en el disco no fue algo buscado, sino más bien algo que ha ido construyendo a través de las sinergias con otros artistas. “Siempre he sabido que, en algún momento, iba a hacer una gran declaración en forma de álbum. Aunque nunca fue algo que busqué, pero no creo que pudiera haberlo hecho en ningún otro momento que no fuera ahora, porque ha sido a través de todas las colaboraciones en las que he estado involucrado como he descubierto muchas cosas sobre mí mismo musicalmente. Por ejemplo, trabajando con Caroline Polachek descubrí cómo filtrar y expresar mi formación clásica a través de sonidos electrónicos, y cómo Caroline utiliza su voz de una manera semi-clásica. Y diría que en la canción ‘Parachute’ (19) eso se escucha muy claramente”.
“Al final mi vía de comunicación más satisfactoria no ha sido hablando, sino a través de la música”
“Cerulean” es en sí la traducción a su propio blueprint de todos los referentes que Harle ha absorbido durante años. De la grandiosidad sinfónica al trance, pasando por el pop más evidente y grandes dosis de eurodance. “Estuve escuchando mucha música de Anton Bruckner y me fascinaba cómo utiliza secuencias de notas modulantes”, explica. “Y al mismo tiempo estaba enamorado de ciertos sonidos de sintetizadores. Pensé: ‘¿Y si coloco una secuencia parecida en estos sintetizadores y la sigo modulando de una manera interesante?’”. Este cruce que él describe casi como alquimia “Fueron procesos como ese los que casi se convirtieron en una epifanía sobre cómo puedo hacer música que combine todos mis grandes amores sonoros y exprese esa sensación central a la que estoy obsesionado con volver”. Lejos de aferrarse a la nostalgia decide filtrar sus influencias a través de sí mismo y crear algo nuevo. “No me gustan los pastiches y siempre me centro en abstraer las cosas que me gustan, ya sea un timbre, una progresión o una melodía”. Admite que eso le lleva hacer tantos experimentos y estudios musicales que darían para otro álbum completamente nuevo. Pero en el saber descartar recae la virtud. “La honestidad brutal es la única manera de hacer la mejor música”, dice. En ese gesto de reducir para intensificar, el disco adquiere una dimensión de texturas orgánicas dentro de lo digital. “Es evidente que encuentro los sonidos electrónicos muy emocionales. Lo que oyes son sonidos orgánicos, pero todos están procesados. Eso hace que muchas veces suene como una transmisión comprimida, algo lejano, y lo encuentro particularmente emocional".
Para Harle, “al final mi vía de comunicación más satisfactoria no ha sido hablando, sino a través de la música”. Es por eso que, para hacer hablar, o darles voz, a esas ideas, se rodea de colaboradoras con una identidad imposible de replicar. En un principio, “Cerulean” no estaba pensado como un álbum coral. Su idea original era que “no hubiera artistas invitados”, un guiño a una larga tradición dentro de la música dance. “Podría ser divertido si fuera claramente PinkPantheress, para hacer un guiño al género”, reflexiona. “Pero luego pensé en como esta práctica está arraigada a unas dinámicas profundamente misóginas. No acreditar a alguien sería quitarle oportunidades si la canción se volviera popular. Esa es otra razón por la que me pareció algo de mal gusto, especialmente con Kacha, que es una cantante fantástica, pero no tan conocida”. Su criterio para colaborar es claro y muy personal: “Solo puedo colaborar con personas para las que tengo una visión musical clara”. Harle insiste en que la autenticidad vocal es lo que le guía. “Me atraen voces que se prestan a un cierto tipo de melodía. Por ejemplo, cuando Dua Lipa canta una melodía, solo ella puede cantar esa melodía. Si otra persona intentara cantarla, estaría haciendo una imitación de Dua Lipa. Lo mismo ocurre con Caroline Polachek y con PinkPantheress. Estas personas son las únicas que pueden cantar sus canciones. Para mí, eso es una señal clara de una artista auténtica”.
Dentro de esta pista de baile que es la historia del británico, también se incluye un cambio inesperado de registro con Clairo. “Era la única que no estaba pensada desde el principio. Es una versión de una canción originalmente de trance, y con ella salió algo prácticamente spoken. Inicialmente quería que la cantara Vashti Bunyan, pero Clairo la ama profundamente y entiende perfectamente su mundo emocional. De hecho, tiene un tatuaje de un dibujo hecho por la hija de Vashti Bunyan. Así que entiende completamente ese universo”, explica. No se trata solo de sumar timbres distintos, sino de invocar mundos emocionales específicos y de conectar con universos sonoros muy particulares. Pero su momento más íntimo llega con “Island”. La canción compuesta con Lucy Pawes nace de la tensión entre la música luminosa y las letras profundamente tristes. “Era literalmente una fórmula en la escuela Motown de composición: si tienes música feliz, canta cosas tristes; si tienes música triste, usa arreglos felices. ‘Tears of a Clown’ de Smokey Robinson es posiblemente mi ejemplo favorito; la música suena muy alegre, pero habla de una experiencia increíblemente triste”, explica Harle. Aunque lo más sorprendente es quién da voz a esta tristeza. “Un día estaba con mi hija de camino al estudio en autobús, y me dijo que quería grabar una canción. Lucy me acababa de mandar la canción así que se la enseñé allí mismo y al llegar la grabó. Me encantó cómo sonaba. Normalmente tengo que subir el tono de las voces, pero en su caso no hizo falta porque su voz ya era muy aguda; solamente la afiné un poco y quedó prácticamente perfecta. Y para mí, por mucho que sea mi hija, no la habría usado si no hubiera sido correcto. Hay que perseguir la mejor música de forma implacable. Pero fue increíble de escuchar. No esperaba tener a mi hija en este álbum”. Se ríe y añade: “Pero bueno también está mi padre tocando el saxofón en uno de los temas, así que podemos decir que es un álbum muy familiar”.
En última instancia, cuando se le pregunta de qué trata “Cerulean”, Harle responde con una sonrisa de oreja a oreja. “Este disco va de música, puramente sobre música”. Tras escuchar recientemente las Vísperas de Claudio Monteverdi, sintió que podía entender con absoluta claridad qué le gustaba a su autor hace más de cuatro siglos. “Eso fue hace cuatrocientos veinte años. Y siento que podría sentarme con él al piano y decir: ‘Este es tu tipo de música’, y él estaría de acuerdo”, relata. “Solo espero que algo de lo que estoy transmitiendo sea recibido y de aquí muchos años alguien pueda decir: ‘Esto es cien por cien Danny’”.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.