Un buevo álbum que la artista ha grabado en Los Ángeles, ciudad a la que la australiana se mudó hace cinco años, con la producción de John Congleton, Stella Mozgawa y Marta Salogni. Se trata de un trabajo enérgico, rotundo, que nace de un tiempo de cambios: geográficos y emocionales. Me atiende desde su hogar californiano.
¿Cómo es la vida en Los Ángeles en comparación con Melbourne?
Muy diferente. Estuve un año viviendo en el desierto de Joshua Tree, que es muy distinto a esto. Los Ángeles es distinta, pero a la vez tiene similitudes con Melbourne. Siempre está bien cambiar de ciudad y explorar nuevos lugares. Me gustar hacer senderismo por estas montañas, hay paisajes realmente preciosos.
¿Influyó en el disco?
El lugar siempre marca la escritura, en cierto modo. Aunque no haya escrito sobre la experiencia de vivir en Los Ángeles. Gran parte de este material lo escribí en del desierto, o mientras viajaba.
Es un disco más enérgico, ¿necesitabas marcar un contraste con el anterior, “Things Take Time, Take Time” (21), que era más sereno?
Sí, aquel lo escribí durante el confinamiento, sin darme cuenta de que era muy tranquilo, con pocas pretensiones, y tenía esa vibración… con tempos más lentos, y este suena más grande, más alto, más amplio, más fuerte, y no tiene esa sensación que infundía el confinamiento. No fue intencionado. Ambos discos reflejan el momento y el lugar en el que fueron escritos.
Hace un par de años le decías a The Guardian que tu objetivo con este disco es que fuera el mejor de tu carrera. ¿Crees que lo has logrado?
A mí me encanta. Estoy muy orgullosa de este disco. Es mi favorito de todos los que he hecho. Supongo que ese es el objetivo, sí. Hacer algo por lo que sentir orgullo.
"Nunca me he considerado cantante. Fui primero guitarrista, luego escritora de canciones, y era demasiado tímida para cantar"
Empecé a escucharlo sin saber que estaba John Congleton a la producción, y cuando lo supe lo entendí mejor: tiene ese sonido afilado, crujiente y a la vez orgánico (que no acústico ni analógico) que tan bien define los últimos trabajos de Sleater-Kinney, Death Cab For Cutie, Shame o St. Vincent. ¿Fue eso lo que te atrajo de él?
Me encanta cómo suenan sus discos. Y es muy divertido trabajar con él. Stella Mozgawa y Marta Salogni empezaron produciendo el primer material, el que se registró en el desierto. Cuando terminamos esas sesiones, fuimos a Los Ángeles y continuamos grabando con Stella y John, así que cada canción tiene una combinación ligeramente diferente de productores, y luego John mezcló el disco entero. Lo terminé con él en Los Ángeles, e hice algunas con él desde el principio, así que el disco está un poco hecho de retazos, como un puzle. Todos aportaron su cuota de magia.
¿Qué representa la mantis de la portada? ¿Es alguna clase de metáfora?
Mientras escribía la canción “Mantis” estaba en el desierto y aún no daba con un estribillo. Una mañana, mientras preparaba el café en la cocina, sintiéndome muy triste y perdida, me fijé en una mantis religiosa que estaba en el marco de la puerta: leí que es un símbolo de buena suerte, de que estás en el camino correcto, y fue como que el timing encajaba con lo que estaba buscando. Fue como una señal del universo, que me daba alivio y confort. Se quedó conmigo, como un momento importante y bonito. Se convirtió en estribillo y canción, y en una letra que acoge el título del álbum. En una canción que es crucial para el disco. A la hora de hacer el artwork, recordé lo importante que fue y encontré una fotografía de Lilo Hess, de la que me enamoré. La mayoría de las fotos de mantis que ves por Internet las pintan como insectos amenazantes, pero esta es muy dulce, cuqui, curiosa. Es una fotografía impresionante.
¿Sientes la música como una actividad terapéutica?
Me ayuda. Es divertido también. El proceso de escritura me ayuda a conectar con mis pensamientos, a aclararlos y a indagar en la parte subconsciente de mi cerebro, de donde proceden todas mis inseguridades: a veces es duro, pero es un proceso muy importante, lleno de significado. Me ayuda a entender lo que está pasando.
Por cierto, una de las colaboraciones es de Flea (Red Hot Chili Peppers), tocando el bajo en una canción.
Sí, en “One Thing At A Time”. Coincidimos un par de veces antes de participar en el tributo a Patti Smith en el Carnegie Hall de Nueva York, en marzo del año pasado. Él estaba en la banda. Un par de semanas después, grabando esa canción, necesitaba un bajista y le llamé. Es perfecto. Un bajista increíble. Y un tipo extraordinario.
Siempre me ha parecido que una de las claves de tu éxito es tu modo tan conversacional de cantar, como si le estuvieras contando tus movidas confidenciales a un amigo o amiga.
No sé cantar de otro modo [risas]. Nunca me he considerado cantante. Fui primero guitarrista, luego escritora de canciones, y era demasiado tímida para cantar. Fue más bien una ocurrencia.
Eras tímida, dices: ¿pensaste que llegarías a ser una artista de relativo éxito internacional?
Ni de broma. Ni soñarlo. Mis últimos diez o quince años han sido increíbles: nunca imaginé que ocurriría esto. Me siento afortunada y agradecida. Sobre todo, cuando pienso en el tiempo que pasaba encerrada en mi habitación con una guitarra, pasando el tiempo.
¿Crees que eres básicamente la misma que en 2015?
En cierto modo, sí, aunque he cambiado para mejor, en muchas cosas. Espero. Aunque la esencia está ahí. Hay una parte de mí, que procede de mi infancia, que sigue obsesionada con la música.
¿Qué música de ahora te gusta?
Buena pregunta. Escucho más podcasts que música. Me gusta mucho un chico de Melbourne, Way Dinamic.

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