Treinta y tantos
EntrevistasBeulah

Treinta y tantos

Xavi Sánchez Pons — 18-03-2004
Fotografía — Archivo

Con cuatro discos a sus espaldas y siete años de carrera, nuestros protagonistas se han convertido en uno de los valores más sólidos del indie estadounidense. Grupo en constante crecimiento y expansión, inquieto por naturaleza, nos han entregado, con “Yoko” (Fargo/Discmedi, 04), su mejor trabajo hasta la fecha y uno de los mejores tratados de pop contemporáneo de la temporada.

Atiende nuestra llamada telefónica Miles Kurosky, líder y principal compositor de la banda de San Francisco, un hombre que ama lo que hace hasta extremos enfermizos. Masterizó siete veces su última obra. De locos. “Masterizar es lo último que se hace cuando grabas un disco. Y tienes que conseguir que todo suene lo mejor posible, los mejores niveles de sonido, de volumen, los fades, el orden de la canciones, ya sabes todo eso... No sé que pasó, igual me volví un poco loco o me daba miedo acabar el disco. Si he de serte sincero, no encuentro ninguna razón lógica, aunque sí te diré que, durante el proceso de masterización, suelo escuchar ruidos y cortes que no me gustan. Ruidos y cortes que no suelen escuchar mis compañeros. Y siempre pienso que podría cambiar cosas de la mezcla final, hasta que llego a un punto en que tengo que parar porque sino no podría hacerlo nunca y me volvería loco”

" La falta de espiritualidad es frustrante y a veces eso me preocupa mucho "

Todo eso trabajando con uno de los productores más reputados de la independencia norteamericana, Roger Moutenot -Yo La Tengo, Sleater Kinney-, con el que Kurosky produjo “Yoko” a cuatro manos. “Fue fantástico trabajar con él, somos muy buenos amigos. Es una de las pocas personas en las que puedo confiar en todos los sentidos, me creo lo que dice. Vemos las cosas de similar forma. Le conocí cuando él mezcló ´The Coast Is Never Clear´, nuestro anterior disco. Trabajar con Roger es como ponerme un espejo delante para verme como soy de verdad”. El mismo espejo que son sus nuevas canciones, reflejo de lo que le ha pasado estos últimos años. Rupturas amorosas traumáticas, adentrarse en la edad madura, busca de la espiritualidad... “Quería hacer un disco para todo aquel que se está haciendo mayor, que se cuestiona su vida, su carrera, sus relaciones, su trabajo, que rompen con la mujer que amaban... ´Yoko´ habla de todo eso, de hacerse más maduro”. Una evolución lógica en la carrera de una banda surgida de la escena Elephant Six. Beulah ya no hacen sólo pop con aromas psicodélicos, sino que ahora arreglan sus canciones con guiños al country, al folk clásico y a sus adorados Pavement. Pero, siguiendo con el carácter autobiográfico de su último álbum, destaca de forma especial una de sus canciones, “Landslide Baby”. El tema más accesible del disco, más pop y que, al mismo tiempo, esconde una letra más que dura. Uno de los rajes más bestias , y a la vez honestos, que uno recuerda sobre una ex novia. “Es la primera vez me sentía así, y no me parecía justo retocarlo o esconderlo detrás de una letra críptica o poética. La escribí directamente desde el corazón. Las palabras que digo son las mismas que utilizó mi ex novia conmigo, ni siquiera las he cambiado. Las mismas conversaciones, las mismas discusiones, quería ir al grano y no dar rodeos. Quería ser claro”. ¿La ha escuchado? “Sí, y no le hizo mucho gracia. Le pareció que aireaba nuestra vida sentimental, pero la verdad es que es lo único que me salía para expresar eso era esa letra”. La verdad es que las composiciones pop luminosas y aparentemente felices con una letra triste suelen ser las mejores. Se produce un curioso contraste que enriquece la canción e induce a la reflexión. “A mí también me gustan ese tipo de canciones. Soy muy fan de la Motown, unos especialistas a la hora de hacer canciones bonitas con letras tristes, o de Big Star y la Velvet”. Otra de las composiciones más logradas de “Yoko” es “Me And Jesus Don´t Talk Anymore”, un emotivo corte acerca de la falta de espiritualidad en la vida moderna. “Cuando esta haciendo ´Yoko´, estaba en una estado de cuestionamiento espiritual constante. Bueno, yo crecí siendo católico, y es algo que se te mete en la sangre aunque nos seas practicante. Pero cuando te haces mayor y te metes en el mundo de la música y vas a la universidad, lo dejas un poco de lado. Aún así, te siguen quedando restos de ese pasado, y a veces afloran. Así que, cuando estaba haciendo el disco y me quedé un poco atascado, pedí ayuda a Dios. La verdad es que cuando te haces mayor buscas algo, buscas esa espiritualidad. La falta de espiritualidad es frustrante y a veces eso me preocupa mucho. La gente que hace yoga o religiones orientales busca ese algo. Quizás yo lo busco en la música”

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