En la Inglaterra de finales de siglo XIX la trascendencia religiosa dejó paso al racionalismo, una tendencia que tuvo hasta su propio héroe de ficción en la figura de Sherlock Holmes. Sin embargo, si algo nos ha demostrado la Historia es que los humanos necesitamos asideros a los que agarrarnos para soportar los golpes de la vida y nuestro absurdo transitar por ella sin el premio de un más allá. Por eso no es de extrañar que en la sofisticada y a priori poco espiritual sociedad Victoriana se produjera un auge de todo lo relacionado con las almas en pena y los fantasmas, hasta el punto de que el caserón encantado británico se terminó por convertir en todo un género literario de éxito y, con el tiempo, hasta cinematográfico.
Los protagonistas de esta historia son dos de los personajes más admirados e influyentes de su tiempo: Arthur Conan Doyle, veterano de guerra y elevado a los altares como creador precisamente del detective analítico y cerebral por excelencia, Sherlock Holmes; y Harry Houdini, el escapista e ilusionista de origen húngaro cuyas técnicas y artimañas aún hoy siguen siendo un misterio. Si socialmente Conan Doyle representaba la búsqueda de la verdad por la vía de lo racional, Houdini consiguió con sus extraordinarias actuaciones dar pábulo a la existencia de hechos y personas que se manejaban en el terreno de lo sobrenatural. A ambos les unía una fuerte amistad, y sin embargo, una serie de circunstancias relacionadas con la fiebre espiritista terminaron por convertirles en acérrimos enemigos en una lucha sin cuartel en pos de hacerse con la verdad. Curiosamente ambos desde la posición contraria que les había tocado representar en la Sociedad de su tiempo y después de vivir una experiencia muy similar.

En el caso de Conan Doyle el traumático fallecimiento de su hijo le empujó a buscar consuelo en algunos de los más célebres médiums del momento que le ayudaron a ponerse en contacto con él desde el más allá. Houdini también sufrió mucho con el fallecimiento de alguien sobre quien gravitaba su vida, su madre. El ilusionista, lejos de dejarse engañar por aquellos que se decían correas de transmisión del fantasma de la anciana, decidió convertirse en su mayor crítico, empleando toda su energía y experiencia en desenmascarar a los mercachifles que hacían caja a costa de la cosa espiritista. Estas dos posiciones encontradas, en ambos casos fruto de amor a la vida y la necesidad de encontrar razones a la sin razón de la muerte, se transformó en una competición feroz entre Conan Doyle y Houdini que dejó también un buen puñado de textos (compilados en este libro) en los que cada uno exponía sus razones.
La edición de La Felguera, siempre cuidadosos con sus libros, se completa con generoso material gráfico de la época, con infinidad de “apariciones” de espíritus en forma de fotografía –un arte que se encontraba en ese momento en plena eclosión y que sirvió para dar “verosimilitud” a esos contactos con el más allá-. Mención especial para una maquetación de arte y ensayo y la cubierta que firma Mario Rivière, además ilustrador, punkrocker ilustre que ha pasado por Muletrain y Silla Eléctrica.

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