Picnic extraterrestre
LibrosArkady Y Boris Strugatsky

Picnic extraterrestre

9 / 10
José Martínez Ros — 03-03-2026
Empresa — Sexto Piso

La ciencia-ficción fue un género que, durante gran parte del siglo XX, pareció monopolizado por los autores anglosajones o, como mínimo, occidentales. No obstante, hubo dos brillantes excepciones situadas al otro lado del telón del acero, en el antiguo bloque comunista. Estos fueron el polaco Stanislaw Lem y los autores de “Picnic extraterrestre”, Arkady y Boris Strugatsky Los Strugatsky representan un caso bastante único en el mundo de la literatura: dos hermanos que trabajaron en equipo a lo largo de toda su carrera y que, además, realizaron juntos varias obras de muchísimo valor, que han inspirado a un gran número de artistas posteriores.

Por lo que conocemos, concibieron la idea de su obra más famosa en 1970, en el curso de una conversación, cuando ambos residían en Komorovo, una pequeña ciudad del norte de la Rusia europea, cerca de San Petersburgo. La publicaron por entregas en una revista literaria, pero hasta ocho años más tarde la censura soviética, con la que tuvieron que batallar en muchas ocasiones, no permitió que apareciera en forma de libro. No es extraño que el régimen se mostrara tan receloso. “Picnic extraterrestre” es una novela muy oscura y pesimista, tanto sobre la naturaleza humana como sobre las posibilidades reales de la ciencia para descifrar los mayores enigmas del universo.

El argumento de la novela es tan sencillo como brillante. Nos relata las consecuencias del primer contacto de la humanidad con seres extraterrestres. Pero este se ha producido de una forma bastante humillante para nuestra especie. Los alienígenas simplemente estaban de paso y hicieron una parada en algunos puntos de la Tierra, que pasaron a ser denominados “La Zona”. Estaban a un nivel tecnológico tan superior a nosotros que ignoraron a las criaturas humanas que residían en las inmediaciones, como, durante un picnic, los seres humanos apenas prestan atención a los insectos que tienen por ahí sus nidos y colonias. Cuando se marcharon, como unos excursionistas descuidados, dejaron tras de sí pequeños restos, lo que para ellos no eran más que desechos insignificantes. Sin embargo, esta “basura alienígena” es, desde nuestra perspectiva, una sucesión de maravillas: objetos tan avanzados que nos parecen casi mágicos.

Pero acceder a ellos no resulta fácil: la presencia de los visitantes alteró hasta tal punto estas “zonas” que ahora están plagadas de extrañas trampas y peligros mortales. Se han convertido en lugares muy vigilados por las autoridades que no se rigen por la lógica humana ni por ninguna ley natural de este planeta. Por ejemplo, existen puntos aleatorios de gravedad increíblemente alta que aplastan todo lo que cruza su umbral.

La insignificancia de la humanidad se ve aún más acentuada por el hecho de que, incluso después de años de estudio, aún somos incapaces de comprender cómo funcionan los artefactos extraterrestres, y mucho menos de replicarlos. Y, desde luego, este “primer contacto” no ha hecho desaparecer nuestros peores instintos. Se ha creado una gran red de contrabando de esos objetos de otro mundo. El protagonista de “Picnic Extraterrestre” es Redrick Schulhart, un buscavidas cínico y, a su manera, valiente que se adentra en La Zona en busca de esos valiosos fragmentos de tecnología alienígena. No sólo por motivos económicos: cree que en el corazón de La Zona podría encontrar la cura a la enfermedad degenerativa que afecta a su única hija.

El concepto de La Zona, creado por los hermanos Strugatski, ha tenido una enorme influencia. Para empezar, fue retomado por el genial director ruso Andrei Tarkovski, que ya había obtenido un gran éxito con su versión cinematográfica de “Solaris” de Lem. Tarkovski tomó solo la premisa central —un territorio clausurado por un acontecimiento inexplicable— y la transformó por completo en su célebre “Stalker” (79). Pero, en las décadas siguientes, no ha dejado de encarnarse una y otra vez, ya sea en la isla de “Lost”, en el Área X de “Aniquilación” (17) o en un sinfín de videojuegos como el reciente “Atomfall”.

 

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