Es posible que no te guste el jazz (que no es este el caso), pero que sí te atraiga lo que hay tras un género que envuelve tantos misterios y con recorridos tan ricos y longevos. Por tanto, una vida como la del pianista canadiense Oscar Peterson merecía un libro (la edición original es de 2002 y esta coincide con su centenario).
Él vivió en primera persona la que, se podría considerar, la década (de los cuarenta) que puso en liza al jazz como arte y como un instrumento de libertad, así como un ejercicio que te transporta a la carretera y a socavar la gloria y las penurias de un músico.
En la de Peterson hay donde rascar, pero sobre todo, y a tenor de lo que se traduce de esta lectura, está el vínculo con otros músicos. Quizá sea por ese viaje inicial y conjunto en Jazz At The Philarmonic, una puerta que le abrió Norman Granz (a quien va dedicado este libro y del que hablan en presente, como si aún estuviera vivo).
En este tomo se habla de creación (un asunto de gran valor) y de cómo era grabar con otros músicos. De Billie Holiday, por ejemplo, destaca el control que tenía en las sesiones (y la sorpresa agradable de trabajar con ella cuando le habían hablado fatal de su comportamiento) y de Ella Fitzgerald que, por mucho que fuese una diva, no se daba aires de grandeza.
Otro capítulo muy interesante es el de los contrabajistas y cómo resulta convivir con ellos, pues te agarran y no te sueltan. Así que este libro, es el retrato de un músico pero también el de una época, y el de la evolución de un género musical que en sí, es un estilo de vida.

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