Más de cuarenta años después de su primera publicación, la gran novela americana de Robert Plunket, “Los papeles de Harding”, vuelve a estar en boca de todo el mundo. La culpa es de Impedimenta, la editorial encargada de traernos de vuelta este caramelo olvidado y epítome de la sátira literaria más mordaz. Una ocasión pintiparada para que aquellos profanos del autor descubran de la mejor forma posible su brillante capacidad para retratar los estratos de una sociedad caduca y disparatada –esta vez, en palabras de Regina López Muñoz, responsable de la españolización de los chascarrillos originales sin diluir su mordida.
Ni siquiera metiendo en una misma coctelera la exquisita crueldad de “Los cisnes” de Capote, la celebridad venida a menos de “El crepúsculo de los dioses” (50) y la perversión glamourosa de Kenneth Anger obtendríamos un popurrí similar al que Plunket nos plantea aquí. Un retrato retorcido de la decadencia de un Hollywood vapuleado por los deseos de notoriedad de sus respectivos lugareños, entre ellos, el imposible Elliot Weiner.
El bueno de Elliot aterriza en las soleadas colinas de Los Ángeles con un propósito muy claro: dar con el material que le permita escribir la novela que le haga rico. No da palos de ciego en su búsqueda, y en seguida le veremos fijar su punto de mira en la familia Kinney, un acaudalado linaje vinculado a través de la ahora matriarca nonagenaria Rebekah Kinney a nada menos que el 29º presidente de los Estados Unidos, Warren G. Harding.
Vaya por delante el disclaimer inicial del autor, quien pone la tirita antes del corte indicando que todo cuanto narra en su celebrada obra es absoluta ficción, a pesar de que el presidente Harding sí fuera una persona real (¿se imaginan una novela así en España?). Dicho lo cual, Plunket nos sumerge en un relato sórdido de adulterios clandestinos y pérfidos secretos, a caballo entre el sensacionalismo pop y una comedia desenfrenada. Elliot hará gala de su ambición moviendo Roma con Santiago hasta dar con los vestigios de esa relación extramarital (unas cartas de amor ocultas en un baúl bajo llave) entre la por entonces joven Rebekah y el mencionado político, pasando por encima de todo el mundo si es necesario.
Su falta de ética y escrúpulos nos hará ver en él a un personaje complejo y difícil de querer, con demasiados defectos a la vista para ser el héroe que a priori se busca en una narración. Pedante, altanero, egoísta, y al que, sin embargo, terminaremos deseándole toda la suerte del mundo en su cometido. Así es la habilidad de Plunket para confeccionar sus personajes, tan embadurnados en impostura como capaces de granjearse nuestro aprecio. Y es que no resulta baladí que mencionemos el bagaje como columnista de cotilleos que el autor posee, pues aquí le vemos a las claras poniendo al servicio de su historia esa faceta de insider del mundo social que tan bien combina el análisis cáustico con la fascinación discreta.
Pocos autores contemporáneos han logrado perfilar una mirada tan punzante sobre la estupidez sofisticada. En sus trescientas páginas, lo erudito se codea con lo vulgar, lo ejemplar con lo ridículo, la carcajada con el vértigo y la burla con la compasión, y en medio de este equilibrio, la caricatura de una vanidad que todavía, cuatro décadas después, resuena con ufana vigencia.

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