La chilena Pilar Asuero (Santiago de Chile, 1997) debuta en la novela con “Las cabras”. Ni el título, ni la portada dan una medida justa de su contenido que es mucho más atractivo de lo que el envoltorio editorial proyecta. Si hubiese sido coherente con el argumento, el libro se hubiese titulado LAS KBRAS que es el nombre del grupo de whatsapp que tiene Camila Rodríguez junto con la Sofi, la Cata y la Majo. Y, aunque la Cami esté en Madrid y el resto esté en Santiago de Chile, los mensajes van que vuelan para aproximar ambas capitales. La novela está dividida por trimestres y en cada uno de ellos hay un capítulo que reproduce una conversación grupal. Las cabras es una celebración de la amistad, de la memoria compartida, de los vínculos afectivos que se mantienen aunque ya cada una haya tomado un camino diferente en la vida, y de los vínculos afectivos que se incorporan en dicho camino propio. El chupachups de la portada no refleja los veinticuatro años que han cumplido estas amigas, aunque sí que sirve como referencia de que su amistad viene de lejos.
Cami ha ahorrado para permitirse una apuesta personal de futuro: venir a España para clavar sus raíces en el mundo editorial y a escribir su primera novela. El sueño de una filóloga con ambición de juntaletras de abrirse camino en el campo literario español. La lejanía con los propios orígenes, y el extrañamiento de los seres queridos aparecen como un estribillo en la novela. Los vínculos emocionales que tiran de Cami se han quedado en Chile, mientras que en España no logra establecer otros tan sólidos. La tensión entre el pasado y el presente de Cami es la misma que hay entre Santiago de Chile y Madrid. Todo ello se acentúa cuando aparece la palabra fracaso. Nada es lo que esperaba, todo es difícil y de su sueño de ser escritora no queda más que cansancio y un trabajo de camarera mal pagado. Es cierto que consigue hacer nuevas amistades, consigue tener ligues, entrevistas y pequeñas oportunidades; pero no prosperan.
Asuero muestra a una juventud que, aunque sobradamente preparada, lo tiene ciertamente crudo para acceder a ser autosuficiente económicamente sin hipotecar las 24 horas del día. No todo lo que retrata Asuero es de una negritud total, pero sí de una grisura que hace que los rayos de sol no luzcan resplandecientes. La escritora afincada en Madrid retrata con igual dosis de realismo y de honestidad las diferencias entre ambos países, la precariedad laboral, la dificultad de perseguir los propios sueños cuando estos llevan añadido el adjetivo de artísticos, las relaciones afectivas tan líquidas que se escurren completamente o la necesidad de cuidar los vínculos con los demás como el reverso de cuidarnos a nosotros mismos. Asuero con un léxico chileno por los cuatro costados consigue hacer creíbles a sus personajes y a su peripecia. Además, no sólo eso, sino también que sean representativos de estos tiempos que vivimos. Aunque existan muchos paralelismos entre la trayectoria de Asuero y la de Cami, no son iguales. No estamos ante autobiografía, sino ante un buen debut de narrativa de ficción.

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