Dos son los méritos fundamentales que alberga este libro y que podrían (deberían, vaya) servir de gancho incluso para quienes no sean fans de Dorian. El primero, que Álex Serrano (se me hace raro escribirlo, carajo: para mí siempre ha sido Alejandro) convierte lo que simplemente podría haber sido una historia oral en un seductor relato en tercera persona. Y el segundo, que sus 270 páginas funcionan no solo como fiel retrato de una banda que ha sobrepasado los veinte años de trayecto, sino como radiografía de una escena y de una industria. Y combinar ambos planos no es tarea fácil: requiere equilibrio entre ambos encuadres, y aquí se logra.
Porque hubo un tiempo – sí, parece mentira – en el que no había redes sociales, el streaming lo abanderaban plataformas como bandcamp y apenas disponíamos de cinco o seis grandes festivales veraniegos, y no de los chorrocientos de hoy. Es más, hubo un tiempo en el que hacer pop con sintetizadores desde un sustrato indie no era nada habitual: con todos los respetos, ¿quién se acuerda de Anorak, Skimo y demás representantes de la indietrónica hispana de los primeros dos mil?
En ese sustrato, el de la Barcelona post olímpica, el de la cultura de clubs alimentada por Sónar, Razzmatazz, Nitsa, Apolo, Mond Club o hasta el New York, el de DJs como Sideral y Amable, cuando la ciudad todavía no era casi intransitable e inhabitable, es en el que Marc Gili y Belly Hernández empezaron a dar forma al cuarteto que ahora completan Bart Sanz y Lisandro Montes. Y todo lo que han obtenido se lo han currado a base de pico y pala (los veo en ese sentido, generacional e incluso éticamente, más cerca de La Habitación Roja que de ninguna otra formación). No son pocos los paradigmas ni las olas que han surfeado.
Por registro y enfoque, me recuerda mucho este libro a lo que fue el más que notable "Algo que sirva como luz: Supersubmarina: la historia de cuatro amigos que vivieron el éxito y la tragedia" (2024), de Fernando Navarro, quien aquí – por cierto – firma el prólogo. Con la salvedad de que siempre es más fácil sacarle punta a un infortunio tan rematadamente diabólico (en sus consecuencias) como el de los jienenses que a una ruptura sentimental como la de los barceloneses, que al fin y al cabo son bastante más frecuentes, aunque rara vez no deriven en disolución del proyecto.
El autor exprime al máximo la franqueza de todos y cada uno de los músicos que pasaron por la banda y aunque afirma preferir un prisma emocional a uno meramente factual, tan solo se permite el lujo de abrirse por dentro – muy elegantemente – en un párrafo muy concreto (qué menos), plenamente consciente de que el protagonismo es, al fin y al cabo, de los músicos. El retrato de Dorian lo completa con testimonios que redondean el espléndido trabajo de contextualización: Max Lario y Cristina Cachero, Julio Ruiz, Albert Gil, Javier Ajenjo, Florent (Los Planetas), Marc Ros (Sidonie), Nacho Canut, Jorge Martí (LHR), Santi Carrillo, Tomás Fernando Flores, José Morán, Eneida Fever, Joan S. Luna o (nadie ni nada es perfecto) un servidor.

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