“Demasiados coches fúnebres” representa un nuevo caso para Gervase Fen, profesor de Lengua y Literatura inglesa en Oxford y aficionado a los entretenimientos criminológicos. Se trata pues de la séptima novela de Crispin publicada por Impedimenta y está ambientada en el Londres de los años 50, la misma época y lugar donde fue concebida la historia.
A menudo se emparenta a Edmund Crispin con Agatha Christie, Sir Arthur Conan Doyle y con G.K. Chesterton (el creador del padre Brown) por esa querencia a la resolución de crímenes por parte de un detective con una mente y una capacidad de deducción superiores al resto de mortales. En este caso, el profesor Fen se enfrenta a lo que parece un claro suceso de suicidio: una joven aspirante a actriz se lanza una noche desde el puente de Waterloo a las turbias aguas del río Támesis y perece ahogada. Pero hay cosas que no cuadran: la joven ocultaba su verdadero nombre, su apartamento ha sido registrado a conciencia y empiezan a sucederse los asesinatos de un clan de hermanos que se dedican al cine y que estaban íntimamente relacionados con la víctima.
La novela toma su título de un pareado del poeta británico Alexander Pope que resulta esclarecedor: “Sobre el linaje una venganza súbita despierta, y demasiados coches fúnebres asediarán su puerta”. En efecto, al final queda claro que esta historia va sobre la búsqueda del éxito a cualquier precio y sobre la venganza, y Crispin la concluye con un final epistolar que, la verdad, puede dejar descolocado al lector.

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