El talento de Archer Prewitt tiene poco que ver con el de los demás.
Lo ha demostrado en distintas ocasiones, ya sea como parte de los estupendos The Sea And The Cake, como dibujante del rompecorazones “Soft Boy” (buscadlo en Drawn And Quarterly), como ilustrador (ha expuesto e ilustrado tanto las portadas de sus propios discos como las de otros como el infravalorado “A Grown-ass Man” de Dumb), como creador de muñecos o como cantautor. Su segundo disco en solitario (es un decir) para Touch And Go, “Wilderness”, da fe de este raro talento del que hablo, no sólo por un sonido que parece sacado de los discos setenteros que escuchaban las vírgenes suicidas, sino por su gusto por componer canciones en constante cambio, deleitándose y deleitándonos con puentes maravillosos entre estrofa y estrofa, como si las canciones fuesen una excusa para colocar esos momentos que en otros son casi funcionales y en él son más de media canción. Porque lo principal en las canciones de “Wilderness” es que no hay motivo principal ni secundario, que en cualquier momento un detalle puede hacerte olvidar lo que estabas escuchando y que la estructura de una canción pop puede ser como un zarzal con espinas redondas y lleno de rosas.
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