Por dejar el contexto claro, Porter Ray no viene de Harlem, Atlanta ni Compton, ni siquiera de un barrio obrero. Su infancia es la de un niño privilegiado con padre abogado, escuela privada católica y una buena colección de libros y vinilos en el salón. Otra cosa es su adolescencia. La esclerósis múltiple que se le diagnosticó a su padre y su muerte cuando Ray contaba dieciséis años fue el principio, después llegaron las dificultades económicas con su madre intentando mantenerlos con un solo sueldo, él abandonando la escuela, su hermano asesinado de un disparo y la madre de su hijo en la cárcel. Nada raro, pues, que pertenezca a la escuela que se refugia en lo literario como centro y alma de su rap y que sus letras se acerquen más al exorcismo personal y la crudeza emocional que a la ostentación o la crítica social marcada.
Ese es uno de los principales pilares de “Watercolor”, y esa condición se manifiesta en su música ya desde el primer esbozo en la renuncia a incluir un solo sample en el mismo. Ray hace puente entre beats experimentales y flotantes y ritmos más old school, con una voz que apuesta por la expresividad y la urgencia. A ello hay que añadir el bagaje jazzy y su pertenencia consciente a la escena de Seattle, que también deja huella en el disco a pesar de que el principal productor del disco es el neoyorquino BRoc, habituado a trabajar con nombres del circuito más mainstream del pop anglosajón. Probablemente no descarte aspirar a rookie del año con su largo de debut, pero -hemos venido a jugar y tal- no creo que vaya a ser el caso. “Watercolor” apunta maneras, y Ray sabe encarnar esa autenticidad tan valorada en el rap como imposible de aprehender. Pero este es un trabajo un tanto monótono -la duración para variar, tampoco ayuda- y transparente en lecturas en el que se acusa la falta de singles y de una estructuración mejor, a pesar de que no haya pasos en falso. Bien como debut y contrapunto en el panorama, pero aún es pronto para el asalto de Porter Ray.
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