Escuchar a estos valencianos es como
encaramarse a un pura sangre sin domar. La fuerza de sus embestidas
deja al oyente a un paso de morder el polvo. Su metal de última hornada
con motor turbo-hardcore no llega a ser tan voluminoso y grueso como el
de Vórtice. Ni tan melódico como el de Sonora, primos con los que
comparten cierta estética vaquera. Sin embargo en sus encabritados riffs, cortantes como una gillette, asoma una asilvestrada inquietud a la System Of A Down, con esos reveses de raqueta que cambian la trayectoria de la pelota en un santiamén. Títulos como "Una de indios", "Una de vaqueros" o "Muerte en el rodeo" pueden hacer pensar en una sobreexposición a las cintas de Sergio Leone o John Wayne (al escuchar estos trallazos uno se imagina a La Frontera con tachuelas y muñequeras de pinchos). Y ese homenaje a Parálisis Permanente en "Un Día en Texas" les viene que ni al pelo. La furia de Cara de Cuero deja todo hecho unos zorros. Este indómito rodeo es como juntar la casta de Furia -el caballo televisivo- con los poderes sobrenaturales de Changó, la deidad afrocubana.
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