Crítica de 'Ricochet
', el nuevo disco de Snail Mail
DiscosSnail Mail

Crítica de 'Ricochet
', el nuevo disco de Snail Mail

8 / 10
Fran González — 04-04-2026
Empresa — Matador
Género — Indie rock

La Lindsey Jordan de 2018 pensaba, a través de sus primerizos temas, que el mundo empezaba y acababa en las cosas del querer. Con veintiséis años y tres discos ya en su haber, el espectro narrativo del alter ego de Snail Mail se ha dilatado por completo, dejando entrever una arquitectura creativa mucho más laberíntica que en sus inicios y un pertinaz afán por hurgar en lo que escuece.

“Ricochet” es el testimonio oral de una personalidad compleja que ha madurado a marchas forzadas a lo largo de una década harto delicada. En esta ocasión, sus canciones orbitan fuera del yo más inmediato para tratar de buscar respuestas a grandes dilemas universales, entre ellos, la fe y la muerte. Síntoma, por ejemplo, de que este sea el primer elepé en el que la norteamericana no presta su imagen física para la portada –aunque sí una suerte de concha de caracol, revelándonos de entrada y con su coraza en espiral la enorme densidad simbólica con la que nos vamos a topar en esta obra.

Sin abandonar del todo el costumbrismo suburbano (“Hours we’d spend parked at the dead end / You’re burned in my heart, old friend” canta en esa oda a la amistad caduca que es “Dead End”), Jordan se sumerge ahora en un animalario de fantasía en el que una mariposa simboliza su empeño por cristalizar lo efímero (“Butterfly”), un zorro bicéfalo es condenado a vivir una sola noche a cambio de poder ver el doble de estrellas (“Nowhere”) y su vesánico doppelgänger personifica su adicción afectiva al dolor (“Agony Freak”). Hablamos, pues, de un cancionero con una semántica inagotable en la que cada verso y cada imagen se convierten en puras alegorías sobre la sensibilidad excesiva, la fragilidad de nuestra existencia o esa circularidad fluctuante que a menudo acompaña a la vida adulta.

Y es que, tras este lustro de absoluto fuego cruzado, la cantante nos demuestra salir reforzada de la vicisitud y el cambio a través de un renovado registro vocal (si solo pudiéramos escuchar una canción sobre teología y salvación este año, que sea “My Maker”) y una inmaculada forma de rematar sus baladas con crudeza y latido (encontrando en “Hell” el equilibrio perfecto entre el pop dosmilero de Natalie Imbruglia y la oscuridad ruidosa de The Smashing Pumpkins).

Aron Kobayashi Ritch, más cómplice que supervisor en esta empresa, sostiene esa tensión con una producción que refuerza el espíritu jangle y acuoso de Snail Mail por encima de la distorsión (con un entramado de acordes abiertos y líneas cristalinas en “Tractor Beam” como inicial declaración de intenciones), cabalgando entre lo parco y la teatralidad más revestida hasta darnos un acto final enteramente entregado al paisajismo pastel de cuerda y tecla (sirva la homónima “Ricochet” o la sardónica “Reverie” contra el ego artístico como ejemplos de ello).

Como su título sugiere, las preguntas que Lindsey lanza al aire con este disco avanzan, golpean contra el silencio y regresan transformadas. Desde luego, “Ricochet” no peca de ambicioso al intentar resolverlas, pero como mínimo sí nos confía un puñado de buenas canciones con las que domesticar temporalmente la incertidumbre que estas generan. Y a veces, contra todo pronóstico, con eso basta para darse por respondido.

 

 

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