Qué pena que ya no exista el club Tabula Rasa de Madrid. Sería el lugar ideal en el que convocar una escucha del segundo disco de James Pants y después fundar una secta enfocada en sus mensajes musicales. Quienes se lo quieran tomar en serio, pueden buscar otro lugar. El disco es una coña, pero asusta por las posibilidades que encierra. James Pants es un hombre orquesta que se ha lanzado a los sintetizadores ochentas y el lado más oscuro de la década para jugar con volúmenes musicales, repeticiones y ambientaciones crípticas. “Seven Seals” tiene algo de otro planeta, y cuaja muy bien con las propuestas electrónicas que revisan el pasado robótico-sideral de la new wave y el post-rock. Cuando imposta su voz de barítono, al más puro estilo Ian Curtis, alcanza cotas sólo aptas para líderes espirituales. “Seven Seals” está trabajado, y se nota que el autor ha puesto una pizca de humor en todo él. Detrás del chiste, el saxofón y la guitarra (los únicos instrumentos con los que no se atreve James) aportan toques instrumentales muy terrenales, u oceánicos, necesarios para no salir volando hacia la luna o encerrarse dentro de un huevo. Bailes hipnóticos, futurismo retro, David Koresh de M y “Seven Seals” como banda sonora. ¿Algún replicante se atreve con la película?
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