Es muy probable que la música electrónica sea actualmente el último reducto para esa tradición perdida que son los discos conceptuales. La noruega Sunniva Lindgård busca reavivar esta bendita tendencia con un cuento de hadas oscuro y retorcido que, a priori, parece hacer de su debut algo más que una simple amalgama de ceros y unos. Después de casi una década de idas y venidas y proyectos de fogueo, la artista nórdica firma su puesta de largo con “Dreamer+” (26), un inquietante y críptico rompecabezas con el que, entre perfectibles desatinos, reconstruye su mitología personal con espíritu pop.
Sobre el papel, un ambicioso trencadís sonoro y futurista que legitima el recorrido de la escandinava en la piel de Sassy 009; en la práctica, un combinado que se desinfla sin llegar a alcanzar del todo la remarcable trascendencia ni el corpus narrativo que inicialmente se nos promete. Y no es que las ideas de Lindgård sean reprochables (imaginería fantástica, transhumanismo, misticismo onírico, bosques y pueblos abandonados, efigies mutantes), pero algo en su respectiva culminación termina sabiendo definitivamente a poco y creciendo más en apariencia que en memorabilidad.
Su escasa dramaturgia musical y emocional, sin embargo, no es óbice para que podamos disfrutar de un disco estéticamente pulido y sugerente, donde esa caprichosa experimentación que huye de las escalas mayores es capaz de hacerse a un lado para abrazar los recodos más accesibles del género cuando toca. Sin ir más lejos, la inaugural “Butterflies” nos enreda en una maraña de breakbeats metálicos, acelerones de rueda quemada y voces hipermoduladas en las que todo suena a noche cerrada y la literalidad está de más; “Edges” juega con ritmos minimalistas de R&B donde la letra, pese a seguir sonando sintética, adquiere una mayor cercanía tímbrica que estrecha parcialmente las distancias; y “Enemy” es, directamente, un explosivo choque entre el ambient deconstruido y la canción urbana pegadiza del que su responsable sale airosa y con nota.
Casi imperceptible resulta la participación de Blood Orange, quien presta sus créditos para el grunge noctámbulo y espeso de “Tell Me”, comparable en vacuidad y sinsabor a la firma de yunè pinku en “Mirrors” (más próxima al interludio transicional que a un digno guest starring). La fórmula gana enteros, eso sí, cuando Lindgård decide ir un paso más allá y subvertir lo concebible con una anacrónica balada titulada “Ruins of a Lost Memory”, ejecutada entre velos de grano y niebla por la voz de su madre para un loable cierre.
Reverberaciones densas y brumosas, auto-tune omnipresente, homogeneidad tímbrica y locuciones casi átonas y monocordes conforman esta sinfonía cyberpunk que no siempre resulta coherente y más de una vez nos empujará a creer que su capacidad para resonar queda circunscrita a su mera acumulación estética y paisajística. Quizá ahí resida la paradoja de su disfrute: un disco grato mientras suena, pero que, como un sueño, se disipa justo al intentar recordarlo.
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