Del choque entre tensión y liberación toma forma Sacralvna, un nuevo proyecto gestado en 2024 pero cuyos componentes no son unos recién llegados. Muchos reconocerán a nombres fundamentales de los márgenes del post-hardcore y el post-metal estatal: Víctor García-Tapia (Toundra, Ànteros), Eduardo Morales (Vereda), Mario Pérez (Böira) y Paul Sitges (Caricias). Juntos dan forma ahora a su primer largo, “Ritual/compulsión”, editado al amparo de Aloud Music, Brunzit Records y Estudio Mazmorra.
En “Ritual/compulsión” no hay introducciones amables ni concesiones narrativas: lo que emerge es una masa sonora que respira, se contrae y avanza. El debut de Sacraluna renuncia a cualquier estructura reconocible y se apoya en la alquimia como único idioma posible para narrar el duelo y la reconstrucción del “yo” en dos movimientos, aunque es posible despiezar el particular ritual de Sacralvna en canciones de una duración más convencional, si el oyente lo prefiere. Es decir, puede ser entendido en una única pieza de más de veinte minutos de duración y una segunda, “Astora”, más breve, o puede ser paladeada por cuatro piezas y “Astora”.
Así, la escucha se abre con “Cantiga cinis”, una pieza de orfebrería atmosférica en la que colaboran Iván Ruíz y Marta Moreno (Zharzha). Es un rito de memoria que crece con la paciencia de quien contempla el mar, sumando capas de piano y voces que asientan un clima de duelo necesario. Esa calma es solo el preludio de “Mercurio, azufre, sal”, en la que la banda suelta el lastre con a golpe de post-metal de tinte negruzco y guturales cortantes a cargo de Miguel Pardo (Crossed).
El pulso continúa en “Trono y olvido”, en la que la presencia de Endika Pikabea (Ànteros) y los sintetizadores de Juanma Medina (thëm) subrayan nuestra condición de seres perecederos. Es un tema de tensiones sutiles, de guitarras que parecen estáticas mientras el bajo de Eduardo Morales se ensancha para hablar de la pérdida y la desolación. El primer ciclo se cierra con “Aqua eboris”, con Eric Sueiro (Medalla) prestando su voz a una narrativa de liberación. Es el momento de la autocomprensión, cuando el post-rock más expansivo nos permite alzar la vista y romper las cadenas de la repetición compulsiva.
El resultado es un debut que entiende la música como un espacio tanto físico como emocional; un disco que no busca la escucha rápida o complaciente, sino ser habitado. Con la coherencia sonora como máxima y un dominio maestro de las dinámicas, Sacralvna nos ofrece su propia definición de post-metal: lejos del gesto épico y cerca de una propuesta íntima e incómoda que, precisamente por ello, resulta mucho más duradera.
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