Con este primer disco, los estadounidenses The Hundred Days se lanzan a hacer algo terriblemente arriesgado en la música actual: circunscribirse a un estilo de una manera total y absoluta, consagrándose totalmente a ese sonido estándar ya escuchado mil veces y que admite poca variación. En su caso es el rock bailable, el mismo que aupó a los altares a gente como Franz Ferdinand o The Killers y dejó en el camino a docenas de bandas que intentaban sonar igual que los cabecillas, pero no estaban a la altura. Pues bien, The Hundred Days se enmarcan dentro del segundo grupo, el de los perseguidores que lo más probable es que no lleguen a la meta. Su indie rock de guitarras con destellos electrónicos orientado a la pista de baile tiene ritmo, cierta clase y es pegadizo, pero también es olvidable, obvio y nada sorprendente, el problema más común cuando tu música parte de influencias que ya vivieron su mejor época y no tienes creatividad suficiente para construir un sonido propio o dar una vuelta de tuerca a los ya existentes. Definitivamente mediocres, pasarán desapercibidos, seguro. Hay tantos.
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