¿Podría ser este el gran sleeper de la electrónica en 2022, ese disco que pasa prácticamente desapercibido para erigirse con el tiempo en uno de los trabajos más singulares, genuinos y extrañamente magnéticos de un ejercicio que no lo contempla en sus listados de fin de año? Yo voto a favor. Aunque tenía todos los números para que nos olvidáramos de él: ni Kurt Dahlke es precisamente un chaval ni este es su primer álbum como Pyrolator, ni mucho menos. Es ya el sexto (sin colaboraciones) que edita desde 1979 con esta marca el veterano músico de Düsseldorf (aunque opera desde Wuppertal, a media hora en coche), miembro fundador de D.A.F. y luego integrante de Der Plan y Fehlfarben, corresponsable del sello Aka Tak y artífice de más de 400 referencias en más de cuatro décadas de carrera. Inabarcable.
Por si fuera poco, aquí se aleja de los efluvios de house minucioso pero expansivo del jovial "Traumland" (2014) para implosionar en una suerte de protesta algo muda – por aquello de que no hay voces – contra el estado del mundo: “la avaricia emerge victoriosa y el no futuro no es más que un cliché vacío” es el leit motiv de este disco de electrónica con buenas dosis de abstracción melódica, construido exclusivamente con sintetizadores modulares y tocado en directo, y que brinda un buen balance entre lo emocional y lo cerebral. Por algo "Niemandsland" significa “tierra de nadie”. Entre lo contemplativo con guiños sci fi (“Das Danach”, “Ein perfekter Abend”, “Borzer”), lo ensoñador (“Die Pause”, “Acai”, “Yukatán”, “Yellow Springs”, “Onna Bugeisha”) y los pasajes sombríos e industriales (“Honeywood”, “Der Raum”) se mueve el inagotable caudal de inspiración de un creador que se encuentra cómodo en esta suerte de no-lugar, paradójico refugio en el que cobijarse bien a gusto en tiempos de zozobra.
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