Tal como “London Calling” supuso para los Clash la superación, definitiva y sin vuelta atrás, del punk, “Porcella” es el fin de una era según The Deadly Snakes, la aniquilación irreversible, desacomplejada y resuelta de las barreras del garage. En “Porcella” vale todo, cualquier cosa. Las más variadas artes, no holds barred.
Escenifica una perversión total de los lugares: mete a Van Morrison en un cabaret, a Tom Waits en una jam soul y a Nick Cave de cabeza en el Mississippi. The Deadly Snakes reclaman a Crime & The City Solution, los Bad Seeds y la E Street Band simultáneamente, al tiempo que se distancian de ellos por dos sustanciales diferencias: suenan más frescos y han incinerado al líder. “Porcella” no reluce en absoluto como algo deliberado, o perfectamente planeado para funcionar, del modo en que lo hacen las atracciones de feria, es más bien un festival de intuición heterogénea y autoréplica, infantil unas veces, bíblica otras, efectiva siempre. Un discurso que desafía cualquier categoría, confeccionado en base a fragmentos viscerales, y en el que, muy por encima del sentido final, el todo constituye el verdadero punto álgido.
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