Pipiolas
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Pipiolas

7 / 10
Fran González — 21-03-2026
Empresa — Elefant Records
Fotografía — Archivo

El que Pipiolas titulen su segundo álbum de estudio de forma homónima, después de haberse presentado previamente en sociedad con “No hay un Dios” (23), puede interpretarse como una declaración de intenciones o un golpe sobre la mesa. Además de ello, lo que este regreso con nombre propio supone para Paula y Adriana, principalmente, es una reafirmación de todo aquello que un día, años atrás, encendió la mecha de su simbiosis.

Recuperar la ilusión de las primeras veces es una tarea hercúlea que, a menudo, no sale bien, y eso la dupla lo sabe. De pipiolas, en ese sentido, ya tienen poco. Por eso dejan claro, con su sensibilidad natural y cariz autobiográfico, que esta nueva entrega en ningún caso supone un reseteo de su identidad ni una rentrée forzada, sino una oportunidad casi milagrosa de blindar su vis artística tras un periodo de incierta zozobra.

En esencia, “Pipiolas” comparte muchos elementos del ADN de sus éxitos pretéritos: mismo sello (Elefant), mismo productor (Vau Boy) y, por supuesto, mismas voces al frente de un cancionero desacomplejado que aborda temas tan universales como la salud mental (“Hasta Donde Se Pudo”), el desamor (“NaNaNa”) o la bisexualidad (“Mi Amiga”). Aun así, en esta reválida hay mucha deuda de sus horas de carretera y bagaje escénico, traducidas ahora en una propuesta definitivamente más resuelta y congruente que la de su primer trabajo.

Quizás el hecho de compartir un mismo concepto, difuso pero inteligible, sea lo que nos transmita esa sobrevenida sensación de solidez en sus doce nuevos cortes: una suerte de camino del héroe que comienza en la más cándida nostalgia (invocando la voz de Julie Andrews para una fugaz revisión del “My Favorite Things”), atraviesa con autoconsciencia los derroteros de la madurez (sacando hits en potencia de las reflexiones más incisivas y frontales) y remata el trayecto con una oda post-punk en un limbo y ocaso prometido llamado “Feria Cañete” (“Chiquilla, estás de suerte / Ahora eres consciente”).

Eso sí, lejos de ser lo que a todas luces podría haber terminado como un lánguido recopilatorio de dramas, la dupla se vale de sus mejores y más ochenteros referentes para echarle cucharadas de lentejuela y charol a la fórmula, logrando que incluso la temática más áspera y delicada termine convirtiéndose inesperadamente en un bombazo inmediato (“No Tocar”). La decisión de contener el trauma entre sintetizadores, secuenciadoras, timbres plásticos y arpegios mecánicos subraya la voluntad de sus partes por hacer del dolor un aliado, entregando las líneas más duras de su registro a las órdenes de la pista de baile (“Y decían cosas que no son ciertas / mientras, a mí, me abrían las piernas”).

Del italodisco más hedonista a la sinceridad doméstica de Mecano, y haciendo de este paso al frente un absoluto acto de fe, Pipiolas sobreviven a la duda y logran sacar de ella el hálito imprescindible para persistir, pese a todo y contra todo, en este negociado. Más convencidas y convincentes que nunca, alcanzan una dimensión conmovedora que trasciende el pop y sitúa su nombre en un lugar de rara honestidad emocional, donde resulta totalmente incontestable la necesidad de seguir viéndolas, y por muchos años, juntas y revueltas.

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