Entre dos mundos
DiscosMaría Del Tango

Entre dos mundos

8 / 10
David Pérez Marín — 26-03-2026
Empresa — Posidonia Music / ONErpm
Género — Flamenco

El flamenco, entre muchas otras cosas, es ida y vuelta, mestizaje indómito, metamorfosis libre y descarnada, sentimiento que pellizca a la razón… Como la vida, devenir rebosante de curvas, caídas y subidas, amores y desamores, un canto dionisiaco sin barreras, un partirte la camisa en los buenos momentos y en el desencanto. Eso es lo que nos ofrece María del Tango en las diez canciones que componen su debut discográfico en solitario, “Entre dos mundos”, se mueve entre la raíz y la electrónica, entre palos que mutan con la naturalidad de los instintos, flotando sobre la brisa y los ecos de la escuela de la calle, aquellas empedradas de su Graná, del Albaicín, de sus cuevas y tablaos, hasta llegar a los mares de luz que huelen a salitre y bañan las piedras ostioneras de Cádiz por alegrías.

Así podemos encontrar temas que se salen de la senda flamenca con la frescura de su respirar, dorándose bajo el vaivén de una balada pop en “Mi estrella”, luminosa, doliente y sanadora; pasando por el cantar “A los poetas”, embriagándonos con el compás, el sentir y la garra valiente de nuevos mundos, o seguir metamorfoseando bajo el piar de los pájaros, transformando una copla anónima que entonó su tía, “La Molinera”, en un pasodoble empoderado dedicado a la mujer trabajadora que funde con verbena y rave en vena. Todo sin dobleces ni imposturas, mirándonos a los ojos y a corazón abierto, como ese “gallo rojo” de Sánchez Ferlosio (tan necesario su despertar en estos nuevos tiempos oscuros de gallos negros), que vibra y no se rinde ni muerto en el fuego que avivan las cuerdas vocales de María.

Desde el inicio deja las cosas claras: “Yo soy libre como el viento, nadie me posee…”. Despegando y siguiendo esa ruta en la que da igual equivocarse porque en realidad es la única que hay, la de “Los caminos del corazón”, por bulerías y beats electrónicos que laten entre palmas y sonidos urbanos, con una lágrima en la garganta que no necesita ni quiere permanecer en sendas establecidas o regladas, solo arañar, celebrar y zapatear sobre las heridas. Entre esos dos mundos de purezas impuras que se entrecruzan y hermanan, en esos renaceres de lunas y soles sobre dos mares que son uno, termina de hechizarnos con la fuerza y templanza espiritual de “Soleá de la otra orilla”, en la que su quejío descarnado juega con lo electrónico y se zafa de ello para seguir volando en llamas.

Caño roto y tangos rumberos, con el espíritu de Parrita al mando y Las Grecas bajo las alas de María en una “Rumba del porvenir” que rezuma embrujo y duende por los cuatro costaos. “Y lo que tenga que venir que venga” y eso llega, al son de la libertad y “quejíos sin dueño”, al compás de ritmos tropicales que vienen y van, con el fluir de la sangre y los campos andaluces en “Mi tierra santa”.

Recta final y María sigue guiando nuestros pasos entre sombras y soles, hilvanando letras cargadas de autenticidad y contemporaneidad, siendo “grito en la calle y suspiro en la piel” en una camaleónica “Calle Gracia” de quejío pop y conciencia de clase. Y “en un cuartito los dos, veneno que tú tomaras, veneno que tomaba yo”, un “Mi gitano” que nos lleva al final del viaje enamorado, con atmósferas espectrales y jondura envolvente en su inicio, para acelerar por fiesta flamenca con ecos de tangos electrónicos que nos conducen de nuevo al punto de partida: esa encrucijada entre dos mundos, el de la tradición y el presente/futuro sin fronteras ni miedos a experimentar, dos caras que son una en este debut indomable que deja huella.

 

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