Después de haber puesto a bailar a Ángela Molina al ritmo de sus síncopas orgánicas, humanizar la inteligencia artificial hasta convertirla en una aliada consciente y reinventar su carrera en femenino singular tras dos excelentes álbumes a cuatro manos, cuesta hablar de Maria Arnal en términos de debutante. Sobre el papel, “AMA” (26) supone, en efecto, la rentrée oficial de la catalana en el circuito, por consiguiente a su solvente paso por diferentes formatos y registros. Pero más allá de lo meramente protocolario, este primer disco en estricta autarquía creativa implica, por encima de todo, la culminación de un decenio de incontestable audacia y singularidad artística.
Arropada por Pau Riutort (El Guincho, Natalia Lacunza) y Alizzz (con quien ya compartió créditos en “Despertar”), Arnal demuestra leer con experticia el signo de los tiempos, presentándonos un trabajo que funciona con tanta agilidad y frescura como miramiento por su conocido imaginario extemporáneo. Así, y sin caer en el pastiche disparatado, su gusto por los arcaísmos preciosistas ( “arrebol”, “haz”, “envés” o “muarés” se derriten en nuestros oídos durante la caprichosa “Suspiros”), la hermenéutica barroca de los afectos (“Si te asomas”) o los sabores atávicos de la lírica (de un himno fallero a una nana conclusiva en “Meua”) se mantienen incólumes a esta renovada voluntad suya por abrazar la agilidad lúdica a golpe de percusión industrial y acorde clonado.
Su criterio, aquilatado por los años y las tablas, juega completamente a favor de obra, no solo por el virtuosismo vocal que vertebra todo el elepé (con canciones como “Que me quiten”, claramente ubicadas en el tier de lo mejor de su registro), sino también por los grados de lucidez explícita que alcanzan muchas de sus letras (“Que me dolen con sus dudas, que me roben la intuición / Que me expulsen de mi cuerpo, que controlen mi razón”, canta con unción casi ritual en la mencionada pieza).
Arnal ha necesitado un tiempo prudencial para encontrar las palabras exactas con las que conjugar su regreso, y es evidente que, entretanto, a la cantante no le han faltado oportunidades para hacer callo. Los pliegues de su retrato, investido aquí en labores de carátula, nos revelan la pátina de ese trasiego inventivo sin el que “AMA” no podría entenderse como tal. Sin su afán por combinar voz y software, no tendríamos hoy la polifonía fractal de “Cartas”; sin su trabajo de arquitectura coral en el Barcelona Supercomputing Center y el Intelligent Instruments Lab de Reikiavik, “Madrigal” no alcanzaría las cuotas de sofisticación paisajística de las que ahora goza en cada estrofa; y sin su coqueteo con otras gramáticas pop (Alizzz, DORA o NOIA, entre otras), el grado de inmediatez de ciertas golosinas sonoras como “TicTac” o “Puerta” sería definitivamente menor.
En efecto, muescas imprescindibles en la culata, pasadas ahora por el filtro sintético y reposado de un acto fundacional en el que Maria acepta su lugar desde el amor y la fuerza de lo vivido. No es un comienzo cualquiera, sino una reafirmación lapidaria e irreversible escrita con nombre y apellido.
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