En estos tiempos en los que el envoltorio (aka hastagh) es más relevante que nunca, una propuesta de cariz visceral como el nuevo trabajo de Mandy, Indiana casi se puede entender como una declaración de principios ante el acomodado ambiente general. Los mismos en los que ramas como el post-hardcore o el noise extremo han quedado relegadas casi a meros reflejos de pasado, pero que Mandy, Indiana remueven con el ímpetu crudo que desprende la decena de cortes que conforman “Urgh”, segundo largo de la formación anglo-francesa.
A lomos de sacudidas como “Sevastopol” y “Magazine”, el cuarteto no ceja en asentar un discurso alto voltaico con el que formulan una receta plena de carices sustentados por la contundencia de unas canciones propulsadas por el turbulento esqueleto rítmico edificado desde las acometidas a lo Lightning Bolt de Alex Macdougall. Dicho pilar del grupo se erige en compás alrededor del que se detona un arsenal poliédrico de guiños a Young Gods, exultantes encadenados industriales, refrescantes derivas de producción grime y una tensión eléctrica digna de los Health más dañinos.
A semejante cóctel, hay que añadir la guinda en forma de una Valentine Caulfield que, bajo el lema “if you’re not angry, then you’re not paying attention”, desata un pavoroso retrato de nuestra sociedad que se distancia de la plana general mediante el francés como forma expresiva. A través de dicha proyección lírica, la imponente frontwoman de Mandy, Indiana rompe con cualquier tipo de inclinación que derive hacia los clásicos tópicos anglosajones decididamente cool. No, aquí no hay espacio para postureos ni concesiones a propuestas tan manidas que ya carecen de cualquier tipo de significación. Todo lo contrario, en tan arrebatado(r) puente entre Berlín y Mánchester somos testigos de la gestación de un enclave de naturaleza indomable que refrenda el espíritu original del punk experimental facturado en los años noventa, y nos lo devuelve entre rabiosos bocados distópicos facturados a golpe de martillazos noise, beats disfuncionales, engañosas caricias vocales achampañadas y las suficientes pruebas de peligro en estado primigenio como para no dejar pasar por alto las advertencias contenidas en cortes como “I’ll Ask Her”, último peldaño de tan estimulante bajada a los infiernos.
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