Con la resaca todavía latente de las muchas y enormes alegrías que les trajo su aclamado segundo disco, “Rincones de nadie” (25), costaba creer que íbamos a reencontrarnos tan pronto y con tanta solvencia con el quinteto más frenético de La Roca del Vallès. Un año exacto después de dicha entrega, la nueva sacudida de Periferia, esta vez en formato corto, llega para corroborar con evidencias y avales que estamos ante una de las mejores bandas de punk estatal actual.
A ellos, seguramente, vernos hablar de relevo generacional les teñiría de inmediato el semblante de rubor, pero qué otra cosa podemos pensar de ellos si no al escuchar esta apasionada oda a la fragilidad del presente que es “Lo que queda por sentir”. Más allá del momento dulce que evidentemente atraviesan los cinco, estos aseveran un poco más su identidad y destreza con seis ganchos de derecha que dirigen directos a nuestro estómago y corazón. Y es que, si la poesía a dentelladas de sus anteriores obras no lo había dejado suficientemente claro, es ya una realidad del todo palmaria que Berta Roqué es una de las letristas más brillantes de su quinta.
Solo así se entiende que la banda alcance con la prestancia de un proyecto veterano esas cuotas de romanticismo sin caer en la pueril trampa de la melosidad. No hay ideales que oculten sus grietas ni cinismo atemperado en el verbo de sus proclamas; firman un cancionero que retrata el aquí y el ahora con ojos de cronista y entrañas de rapsoda, poniendo en valor la aritmética de ese afecto que les mantiene unidos.
Sus temas siguen teniendo el nervio juvenil y espíritu de camaradería gamberra que les caracteriza, pero yendo más allá de la mera instantánea inane. En el golpe homónimo que abre la partida encontramos el ideario completo de la misma con una invitación abierta a mirar bidireccionalmente hacia atrás y hacia adelante, hacia lo que ya vivimos y lo que queda por vivir (“El tiempo trae constantes despedidas, somos el presente que nos guía”); claro que nada en ambas señas tendría sentido sin ellos, sin esas personas “O.V.N.I.” que irrumpen en nuestra vida para sacarnos del barrizal y llevarnos a un lugar mejor. Como epicentro de esta fraternidad, la formación da un paso más allá con ese gesto de autodeterminación simbólica titulado “Pacte de sang”, primera canción de la banda en su catalán nativo y una ofrenda alegórica de esa complicidad suya a prueba de balas (“Sempre ens trobaré a nosaltres”).
Guitarras que muerden, ritmos que avanzan con brío y una producción que sabe dejar espacio a la emoción sin domesticarla son los ejes vertebrales de esta propuesta, hilvanada con conjura y víscera por una misma literatura: la conciencia de que el tiempo pasa y que la felicidad también es efímera. "Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver"; quizás ellos no eleven la apuesta tanto, aunque en cierto modo sí defienden, desde un prisma transversal, el deseo de habitar el instante con la lucidez de quien reconoce la brevedad del mismo (“Si crees que este instante te pertenece / Ya no lo sueltes, nada es importante, nada es para siempre”, cantan junto a Cala Vento en el tramo final del proyecto). Bien podríamos creer que se trata de un pensamiento fatalista, o incluso deudor del sentir de una generación, la suya, habituada a la tectónica de lo pasajero y a la volatilidad del sino.
Sin embargo, hay algo en ese amor de barricada y puño en alto que Berta, Climent, Pol, Pep y Miquel se profesan que hace que no podamos terminar de escuchar este epé de otra forma que no sea con una sonrisa. A su edad, siempre es difícil saber qué será de uno el día de mañana; pero en lo que a nosotros respecta, cruzamos los dedos para que permanezcan juntos y ruidosos toda la vida.
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