La cantaora, guitarrista y compositora María Marín reaparece con “Las tres Marías” (26), una docena de canciones rebosantes de clase clásica, aroma jazzístico y sentimiento flamenco sin barreras en cada interpretación, en las que la tradición poética se intercala con versiones y una composición propia a fuego lento, la inicial “Los caracoles de Julia”, carta de amor total a su hija.
Con la libertad que solo te puede dar el conocer y dominar las raíces más jondas, los cantes primitivos y la guitarra antigua, María redespega en este segundo trabajo y se une a ese grupo de flamencos y flamencas mutantes que hacen que este arte mayúsculo e impuro esté más vivo que nunca y siga metamorfoseando, paso atrás y salto adelante. Muy presentes sus colaboraciones y procesos creativos con Israel Galván, Pedro G. Romero y Proyecto Lorca.
Así, estas “tres Marías” artísticas (y más) se despliegan en la medida eclecticidad de la obra, con trémolos que abren los cielos, fraseos que degustan los segundos y silencios que suenan y nos acunan en tiempos de ruido y consumo rápido. “Que mi voz suba a los montes / y baje a la tierra y truene, / eso pide mi garganta / desde ahora y desde siempre”. Del “Voz de tierra y espinas”, con esos versos hernandianos eternos de “Sentado sobre los muertos”, a esas oníricas y bellísimas melodías que se expanden por todo el álbum y que tocan techo con los versos de Al-Mutamid en “En un sueño viniste” (de nuevo el omnipresente espíritu libre de Enrique Morente sonriendo y sobrevolando cada surco).
Esos colores sonoros y poéticos siguen desplegándose y sanando en un lienzo que los unifica y conceptualiza, latido a latido, desde las vivencias que nos marcan en la infancia, a los abandonos y abrazos del querer, ya sea acunándonos con la versión en español del “Lullaby” de Tom Waits, en una pausada y sentidísima rumba de Los Chichos que hace completamente suya, “Yo quiero a Mai”, o en el villancico de Luys de Milán “Toda la vida os amé”.
Y si Morente es pieza clave para María Marín, Lorca tenía que venir de la mano y viceversa. El poeta de Granada es adaptado en uno de los temas más vibrantes y jazzísticos (arreglos de viento de Juan M. Jiménez), “El anillito de plomo”, además de ser sus versos también protagonistas en “El Galapaguito”, con la “Nana de Sevilla” y el “Zorongo gitano” entre trémolos ensoñadores y espirituales marca de la casa. Un misticismo que también nos mece en la delicadeza de un “Ave María” de Schubert silbado que es pura paz, o en la experimental “cristalina fuente” de “una noche sin luna”, versos de San Juan de la Cruz que María hace carne, “ojos deseaos que tiene en sus entrañas dibujaos”, entre aullidos y una guitarra que no deja de trepar y calarnos en “A la fuente vieja”. Se nos aparecieron “(Las) tres Marías” y seguro que vendrán (y celebraremos) muchas más.
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