La evolución mostrada por la trayectoria de la compositora gaditana revela su mayor inclinación por el concepto “roll” que “rock”, lo que, traducido a su obra, significa la movilidad de un discurso musical que, aunque sabedor de su demoledora pegada, ansía conquistar nuevos espacios. Territorios doblegados con un extraordinario nuevo trabajo que incluso se permite el lujo de reducir el poder absolutista de su guitarra, concediendo a cada canción la guía instrumental necesaria para tomar destino a su óptima formulación. Un recorrido afrontado mayormente entre ritmos afroamericanos más sutiles y emocionantes que nunca, porque para dialogar con la incertidumbre sentimental, procede utilizar el idioma universal de los corazones malheridos.
Alfabetos que incluso ahora también se conjugan en castellano, novedad que paradójicamente no lo es tanto consecuencia de la naturalidad con que es asimilada. Y es que nada mejor que la lengua propia para vehicular el blues ancestral y terroso, el mismo en donde moran sus paisanos Guadalupe Plata, que palpita en “Devil in My Bed”, contabilizando el rastro luciferino entre sábanas, y que disimula -junto a JD McPherson en “Sin amor”- bajo anhelos románticos una aproximación mucho más metafísica. Cartografía de una inestabilidad que recuerda el árbol genealógico compartido entre rhythm and blues y garage en “Number One Fool” y que hace del majestuoso soul de “Hold Me”, al que sonreirían divas como Etta James o Amy Winehouse, un relato -vestido de erotismo- casi místico sobre la trascendencia reportada por el abrigo emocional. Episodios, de una incalculable valía musical y lírica, expuestos con el fin último de asumir que sentir es el más necesario de los dolores.
Haciendo honor a su nombre artístico, La Perra Blanco abdica de entronizarse de forma vitalicia en el ruidoso ecosistema del rock and roll clásico para mantener su olfato en constante actividad, rastreando nuevos manjares entre los sonidos americanos. “Love & Fears” restringe la cruda efusividad para recompensar al latido sensible, recorrido en el que no se puede obviar ni el esplendoroso trabajo de la banda ni de su productor Jimmy Sutton, ingredientes necesarios para un tratado que, pese a lo que pueda parecer a primera vista, no habla tanto del otro como de una misma, El resultado es el hallazgo de un sobresaliente tesoro que, lejos de amansar su ferocidad, demuestra que no hay sentimiento más demoledor que la punzada asestada en pleno corazón.
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