Todo proceso creativo está necesariamente sujeto al imprescindible alimento que proporcionan las experiencias vitales, pero de igual manera su plasmación necesita encontrar el momento propicio para activar su proceso de gestación. El veterano músico navarro, Josetxo Zugaldia, bregado en diferentes y muy diversos proyectos, disparidad aplicable igualmente a las localizaciones donde ha residido, desde Estados Unidos a Barcelona, encontró ese ambiente idóneo con la llegada de la pandemia, que más allá de dejarnos momentos e imágenes dramáticas, en determinados casos, como es el que nos ocupa, esa -obligada- reclusión derivó en un provechoso encuentro con uno mismo. De tal situación brotó un EP, “Helpless Love”, que ha sido ampliado y complementado convenientemente hasta dar como resultado un álbum homónimo que ubica a su autor en el imaginario clásico de sonidos americanos, a los que se acerca indistintamente, y con igual agilidad, ya sea para acomodarse en una pose relajada como espolear el nervio más potente y enérgico.
Una doble personalidad sonora, convertida en múltiple cada vez que son llamados a cohabitar ambos registros, que se manifiesta a través de un cancionero repartido de forma equitativa a la hora de buscar su presentación bajo un acompañamiento acústico como uno más desatado resultante de aceptar el mandato de la furia eléctrica. Distintos perímetros musicales por las que campa, con la solvencia y tranquilidad que les proporciona su solvencia técnica, un quinteto que además encuentra en la figura del productor, Ion De Luis, su particular guía a la hora de manejar con absoluto conocimiento una brújula que orienta hacia el destino que ofrezca un entorno más acogedor y pleno a cada una de las identidades que exhiben las canciones.
Un rumbo musical que, a pesar de los controlados y bien trazados virajes que realiza, demuestra ser claro conocedor del destino llamado a conquistar, un regio dominio del timón en ese ámbito que choca frontalmente con el contenido, que no con su elaboración, de unos textos dictados por el verbo de la incertidumbre existencial, extendiendo las alas del desánimo en un tema como “Summer 19”, presentado bajo unos imponentes riffs de ascendencia “ledzeppeliniana” que sin embargo opta en su desarrollo por un compás más melódico, valiéndose de enseñanzas -sin su calado hipnótico- de Iron Butterfly o Blue Oyster Cult, al que ayuda a aligerar su contenido una concisa pero precisa sección de cuerdas. Ejercicios de hard-rock que toman continuidad en el paso de boogie que efectúa “The Wege”, una representación especialmente comedida y elegante de Status Quo, Humble Pie o los Stones. Pulcritud en la puesta en escena que no le impide hacer que la guitarra de “Just A Song” arañe con la intensidad de la que hace gala los Crazy Horse de Neil Young o que luzca majestuosa en el medio tiempo de cadencia funk que es “Happy Sunday Afternoons”, no tanto una reconciliación con el estado de ánimo como un evasivo paisaje del mundanal ruido.
A pesar de que “Ferm”, representada por el desahogo producido por el llanto entonado para conmemorar la desaparición de los seres cercanos, y sobre todo la bellísima “My Nook”, con su melancólica figura de country-rock afín a Blue Rodeo, siguen blandiendo sus instrumentos enchufados para recrear una naturaleza especialmente intimista, su asociación natural tiende lazos con aquellas piezas que desatan la pasión a través de una ornamentación mayoritariamente acústica, como una “Sao Paulo Blues”, donde condensa el agobio producido por dicha gran urbe, que adopta una pulsación de fingerpicking para entonar con ese acento narrativo de Phil Ochs pero sumido en la nostalgia de Fred Neil. Un minimalista y evocador clima emocional que “Bayonet”, a la que ayuda en su misión la aparición de un estremecedor sonido de violín y unos embelesadores coros femeninos, comparte con el doloroso romanticismo de “Helpless Love”.
A pesar del consensuado intercambio que las canciones de este disco hacen del armazón eléctrico y uno más despojado de voltaje, y sus respectivos modos de expresión, ambas sensibilidades no suponen caras diferentes de este proyecto, porque hay una interpretación hecha con pausa y sutilidad que es moneda común en el ejercicio estilístico que aborde cada uno de los temas. De ahí que esa supuesta transformación no sea sino coordenadas diferentes de un mismo mapa musical, uno que, dando valor a su portada, se comporta como pinceladas de colores cálidos que sin embargo se arremolinan turbulentos alrededor de su creador. Batalla cromática que sirve para decorar un muy estimable disco que gravita sobre un ambiente de abatimiento, o cuanto menos de inquietud, que si bien nos hace suspirar porque signifique el inicio de una extensa trayectoria, sobre todo, gracias a su sobrada entidad propia, nos incita a saborearlo como se merece, dotado de ese adictivo sentimiento que saben encontrar ciertos músicos para hacer de su incertidumbre un bello retrato.
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