Segundo, porque es una rara avis en un sello tan particular como viene siendo desde sus inicios Kitty-Yo. Tercero, porque al principio uno duda sobre si el hombre se toma su tristeza infinita en serio o pretende tomarnos el pelo. Al final, tras varias escuchas y sobre todo porque tampoco lo esconde demasiado, descubrimos que el chico vive de la exageración de las formas. La tristeza de sus temas es postiza, pero eso no los convierte en malos. Para nada. Quizás algo sosos, eso sí. Su apocado registro, su languidez de cartón piedra, sus canciones de amor tristes y calmadas, todo ello convierte a Maximilian Hecker en un cantautor que tanto bebe de Radiohead como de Coldplay, con resultados no brillantes, pero sí agradecidos. A mí me gusta, y a ustedes... a ustedes debería.
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