El trío abierto francés Hifiklub continúa su sendero de autodescubrimiento con una pequeña ayuda de sus amigos. Con 15 años en la palestra, el grupo de Pascal Abbatucci Julien, Jean-Loup Faurat y Régis Laugier sigue sorprendiendo a propios y ajenos con las colaboraciones más impensadas y mejor pensadas, valga la contradicción; para confirmar esto basta con chequear discos como “E Lisboa” de 2019 junto a varios artistas portugueses, “Things That Were Lost In The Fire” junto a Roddy Bottum de Faith No More de 2020 o sus trabajos junto a Lee Ranaldo de Sonic Youth o los stoners Fatso Jetson.
Definido como un proyecto de música, visuales y narrativa, este año iluminan el panorama experimental con este álbum en conjunto con el animador digital Scorpion Dagger y los veteranos músicos Iggor Cavalera (ex Sepultura, Mixhell, Cavalera Conspiracy) y quizá el mejor músico de la escena alternativa al que nunca le apuntaron las luces directamente, Alain Johaness (Eleven, What Is This, Queens of the Stone Age, Chris Cornell, Them Crooked Vultures, etc.)
La propuesta no es ideal para reseñar en una revista de música, pero igual haremos el intento. Es que la colaboración consta de dos pilares fundamentales y en este caso inseparables: lo visual y lo musical que “deberían” ser observados en conjunto. Digámoslo en castellano antiguo: hay que verlo en YouTube.
El punto es que Scorpion Dagger (James Kerr) se hizo con los permisos para manipular digitalmente el archivo de arte del museo de Toulon y dotó de movilidad a varias obras de entre el siglo XV y comienzos del XX. Los músicos se inspiraron en esas recreaciones surrealistas y así dieron sonido a estos clips tan bizarros como fascinantes.
En lo estrictamente sonoro, Iggor Cavalera es la estrella invitada en el disco A y Alain Johaness lo es en la segunda mitad o disco B. Si esperáis dobles bombos endiablados y beats ultra veloces no tendréis lo que queréis pero sí lo que necesitáis: un Cavalera completamente volado y tribal, dando clima a cada composición, inspirado en la idea de crear pequeñas obras de arte que acompañen el delirio de las imágenes históricas a las que Kerr dio movimiento.
Por el lado de las composiciones junto a Johaness, aquí sí se escucha algo más cercano a lo que se espera de un músico como él; su aporte es simplemente brillante y deja ganas de más. En esos pequeños clips sonoros conviven riffs Sabbathianos y procesos de alta intensidad emocional con ese tipo de sensibilidad única -expresada en un pulso percusivo tan extraño como llamativo- que el nacido en Chile tiene para ofrecer con total naturalidad, digno de un músico fuera de serie.
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