Son irlandeses y, paralelamente a lo que hacen sus compatriotas The Thrills, tienen el punto de mira fijado al otro lado del Atlántico. Las angelicales voces de los hermanos Dave y Paul Allen (guitarra y bajo respectivamente, además de núcleo compositivo) se entrelazan con mimo en un álbum de debut que sabe manejar con inusual maestría unos ingredientes que, reordenados con peor destreza, podrían caer en el anacronismo.
Porque sí, claro que en estas once canciones no cuesta rastrear las sombras de Neil Young, Buffalo Springfield o los barrocos giros melódicos de opereta pop de Brian Wilson, incluso se podría mentar a la E.L.O. si uno trata de desmenuzar racionalmente el inexplicable encanto de la irresistible “Play The Hits”, un portentoso single (producido por Edwyn Collins) que irradia vibraciones positivas y ganas de vivir. Pero poco de todo eso importa, porque cualquier intento de análisis sucumbe ante la evidencia: la de un álbum hechizante en su propia ausencia de pretensiones, tocado por la vara de la bendita ingenuidad, inflamado por la llama del pop eterno.
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