Flores y puñales
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Flores y puñales

7 / 10
Fran González — 20-03-2026
Empresa — El Genio Equivocado
Fotografía — Archivo

Independientes, autoproducidos, prolíficos y caleidoscópicamente emocionales, el cuarteto afincado en Barcelona continúa prodigando su liturgia microtonal e introspectiva con “Flores y puñales” (26), cuarto larga duración del cónclave psicodélico donde sus respectivos miembros afianzan un viraje definitivo hacia la inflexión quimérica y el surrealismo dark.

En estricta sintonía con lo que veníamos escuchándoles en su anterior disco, “Foscor” (25), las ocho nuevas pistas de los chicos de TOU parecen decididas a distanciarse de la dulzura prosaico de sus primeros trabajos y renovar entre fantasmagoría y virtuosismo los votos de sus abajo firmantes. Su denominación misma nos sirve de miguita de pan para entender de primeras esa engañosa belleza que deliberadamente designa y atraviesa el santo y seña de la propuesta: una radiografía consciente del desequilibrio existencial que nos retrata y define con su irrefrenable paso.

Valiéndose de una enunciación grave, casi exhortativa, la voz de Albert Segura recorre con aire ritual los diversos sedimentos que conforman cada tema, hasta exorcizar desde lo más hondo proclamas que bien parecen sacadas de una homilía del averno (“Maldito el momento y la hora en que te conocí, maldito el momento en que miraste hacia mí”, le escuchamos arengar en la inicial “Te maldigo”). Para el segundo envite (“Cartas a la virreina”), sin embargo, el galope de la percusión cesa su sístole y la rugosidad kraut de las guitarras deja paso a una asimétrica declaración de sentimientos, descrita desde la gramática de la culpa y el vacío vertical. Segura saca aquí su faceta más a la Jim Morrison (no será la única vez) y conjura entre fragmentos de spoken word y oscilaciones rítmicas una confesión sin garantías de perdón.

Rock desértico ("Vampiros"), lírica afilada y anacoreta (“Montañas”), accesibilidad contenida (“Tu silueta”), épica reptil (“Bendecidos”) y paisajismo sin prisa ni sobreproducción (“Las Flores”) son los ingredientes que completan la fórmula de este aquelarre psicotrópico de infinitos solos y poesía visceral. Cada acorde y cada silencio funcionan como vectores que tensionan las diversas atmósferas de su minutaje, cartografiando heridas, deseos y fugas en un testimonio de madurez artística que, ahora sí, le hace justicia a sus instigadores.

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