Crítica de 'Stalker', el nuevo disco de Erik Urano publicado hoy
DiscosErik Urano / Flat Erik

Crítica de 'Stalker', el nuevo disco de Erik Urano publicado hoy

8 / 10
Daniel Caballero — 06-02-2026
Empresa — Sonido Muchacho
Género — Rap

A finales de 2009 el grupo vallisoletano Urano Players se puso en órbita por primera vez con el álbum “Voyagers Rock’s”, un LP que zarandeó para siempre estilística y conceptualmente la concepción del rap español al incorporar, por un lado, una producción alienígena y embebida de cosmicidad y, por otro, un verdadero glosario robótico-tecnológico que nutría metáforas distópicas y referencias encriptadas, dando lugar a un cientifismo de barrio nada visto en un género que daba visos agotamiento al estar dominado por una inmovilista pátina social y poética. Fue a principios de los 2010 cuando el rap fue transicionado poco a poco a un hiperrealismo cargado de crudeza, ostentación y explicitud con la explosión del trap como culmen centrípeto años después. Urano Players estaba formado por Miguel Grimaldo, Edu Omega, akaQvmore, Zar1, Dj Porre y Erik Urano, este último una de las figuras más representativas y activas que hackeó vanguardísticamente el rap patrio.

Tras su debut como solista en 2011 con la publicación de “Energía libre” (11) se sucedieron, además de varios EP, tres álbumes más -“Cosmonáutica” (14), “Neovalladolor” (20) y “Qubits" (22)- que ensancharon y apuntalaron su galaxia identitaria sonoramente cibernética y plomiza que insertaba el macrocosmos en el barrio y viceversa, donde vibraban paisajes distópicos, fríos, amargamente premonitorios e industrialmente orwellianos que disparaban ácidamente a la dependencia y tiranía tecnológica pasando por el hastío vital, la incertidumbre frente al futuro o la insignificancia humana frente al espacio exterior. Todo ello influenciado por el grime, el jungle británico y la cultura sound system jamaicana (en esencia de ahí proviene el hip-hop). Establecido el contexto vamos al turrón. A diferencia de su predecesor “Qubits” (22) que estaba guiado en su producción por sonidos más hiperactivos y burbujeantes de club británico proveídos por el productor Merca Bae, “Stalker” (26’, Sonido Muchacho) es una obra multicéfala -producen Zar1, Harto Rodríguez, Louis Amoeba y el mismo Merca Bae- cuyo tapiz sonoro es más cinematográfico, con más vetas personales y cargado de imprevisibilidad. “Stalker” es, además, el disco de Erik Urano donde más se acorta y difumina la distancia entre realidad y la ciencia ficción tecnológica que fue pregonando en sus letras desde los inicios. El futuro ya es presente y el presente, inciertos. El disco da el pistoletazo de salida con “Noosfera” y comienza imitando el sonido de la compañía THX -esa intro de cuerdas estridente que vemos muchas veces como anticipo de una película- para dar lugar a una goteante producción entremezclada con chisporroteantes ráfagas electrónicas que finalmente dan paso a una lluvia tranquila. Esa ida y venida entre lo enérgico y lo sutil será una constante en el disco. La noosfera es un concepto filosófico que defiende, a grandes rasgos, que hay un gran pensamiento global de energía en la Tierra al que a través de nuestra glándula pineal todos estamos conectados, no solo los humanos, sino también todo ente vivo.

El álbum tiene un gran influjo de la película homónima y metafísica dirigida por el ruso Andréi Tarkovski que se basa en la vida de los stalkers, un grupo de personas cuya misión es guiar a otras a través de La Zona, un espacio misterioso, peligroso y que muta constantemente donde impactó un meteorito y que contiene una habitación capaz de cumplir cualquier deseo humano. Esa niebla conceptual inestable, cambiante e ilusoria que aparece en la película es la que se refleja en el disco: la única brújula existente es asumir la desorientación, Erik Urano incorpora la duda macerada como parte intrínseca del camino y no lucha tanto por dar respuestas sino por seguir avanzando conscientemente entre lo efímero y lo invisible-“manos buscando entre la niebla son mis gang signs” expresa en “-2º”-. La obra es un continuum como lo es la permanente expansión del universo. Su abanico temático sigue siendo un rizoma suburbano que también aglutina la cara más deleznable del capitalismo inmobiliario y laboral -en “Brutalism” rapea “Scammers analógicos en bloques de ladrillo”; o “zonas de humo que no se va / zonas de fábricas que no pagan”. Tras el perreo subatómico y glitcheado de “Gluones” en colaboración con Hoke, el ascensor orbital de Erik Urano también sube un par de pisos de intimidad, ejemplos de ello son dos canciones en concreto, “Solaris” y “Nana del tiempo”. La primera, de producción líquidamente amenazante y latentemente lúgubre con oscuros ecos industriales, marca un punto de inflexión discursivo abandonando la apatía y situando en primera línea el sentir humano (“Pasé de tono sepia al color total / de que no me importe nada / a que me duela que no me importe nada”). La segunda, que samplea con un carrión al músico tradicional Germán Díaz especializado en la zanfona, vuelve a deslizar a un Erik Urano más indolente y pasivo, que asume la condena de las agujas del reloj (“en la escapada aceleración / ayer fui niño mañana sueño / cada vuelta es más rápida en el laberinto”). Las idas y venidas, las dudas eternas…“solo es real la niebla”, rapea en “Fujiko Nakaya” que alude a la artista japonesa del mismo nombre especializada en realizar esculturas con niebla. La canción, que contiene metareferencias a otras de Erik, alude a nuestro ligazón social, “pantalla en off, espejo / tropiezo con mi rostro” y en última instancia a la imposibilidad real de libertad, “tiempo, muerte, trance / para mí todo es cárcel”. Tras “Shutdown” pasamos a la canción que cierra el disco en colaboración con Suzzee, “Eigengrau”, palabra alemán que designa ese peculiar tono grisáceo que “vemos” cuando cerramos los ojos. Aquí aparece el theremin de Javier Díez, un curiosísimo instrumento que sí, leen bien, se toca sin tocar y que parece provenir de una de las mismas galaxias lejanas a las que quiere volar el propio Erik. La atmósfera orgánica y fantasmagórica es sensacional, una experiencia auditiva mayor, mientras Urano se vacía en un tono a mitad de camino entre la amargura y la asunción: “ ‘Eh Eh’, ya ni lo uso / abusé de ello y me destruyó” [...] “de no llegar hice mi camino” [...] perdimos todo por aquí, Perros Callejeros” [...] “cerraron la fábrica y vendí los ufos”. Sentencia la voz Suzzee, chocante y que descompone, creando una postal irural, típica de la España vaciada, que podría ubicarse perfectamente en las profundidades de Valladolid, ciudad natal de Erik “jugando con agua helada / partiendo piñones en la escalera”.

Cuando uno escucha “Stalker” el asalto de ideas que trepan por el cerebro puede llegar a ser abrumador. Pero hay una que en definitiva emerge sobre todas las demás: la conciencia como resistencia. Uno puede estar abrazando la pasividad, perdido, sin rumbo y rodeado de niebla, pero si es consciente de ello y no se convierte en un autómata podrá dirigir sus pasos, si no, la niebla lo dirigirá a él.

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