Análogamente a la existencia del yin existe un yang, del día una noche, de la materia una antimateria, del Sherlock un Moriarty y del Espanto un Encanto. Veinte años después de que Teresa y Luis unieran sus fuerzas para concebir uno de los proyectos más influyentes de nuestro underground, una de sus partes decide ahora volar por cuenta propia y hacia una dirección del todo contraria a la previsión. Instrumental, minimalista y paisajístico, la fracción masculina de la dupla logroñesa nos muestra oficialmente sus dones sobre distintas moduladoras, cachivaches y sonidos astrales, más próximos a la disociación sensorial y extracorpórea que a la linealidad convencional.
Por mucho que suene a lugar común en estas tesituras, “Electrónica Simpática” es un viaje. De los que duran lo justo, apenas ocho tramos que rara vez superan los tres minutos de extensión, pero que cumplen holgadamente con su propósito de extraernos momentáneamente del plano circundante y lanzarnos a un vacío en el que lugares, personas y circunstancias pretéritas son llamados a filas.
Amparándose en un kilómetro cero tan trascendental para el pretexto de su propuesta, no debe extrañarnos que Luis decida emprender este peculiar itinerario con una pista inicial titulada “Rückkehrunruhe”, un palabrejo bávaro que abrevia la inquietud emocional del viajero tras regresar a casa después de un largo e inmersivo periplo. Una hoja de ceros y unos plagada de sonidos expansivos que se diluyen sin “clímax” canónico ni estructuras ortodoxas, presta a invitarnos a cerrar los ojos, negar la prisa y abandonarnos en la codiciada dilatación del tiempo.
Si nos parece que esta primera introspección, conjugada a golpe de onirismo esencialista y austero, peca de ambiciosa, su siguiente composición no persigue precisamente una aspiración menor. Entre luminosos y cavernosos repiques dispuestos en bucle, tan solo interrumpidos por chispazos chirriantes, el discurso de Encanto logra la ardua tarea de evocar en su partitura nociones como la “Koinofobia” (miedo a vivir una vida ordinaria o mediocre), mostrándonos con ello la habilidad de su alter ego a la hora de traducir en lenguaje digital constructos tan complejos e intangibles como los referidos.
La nostalgia, eterna cara B en este tipo de experiencias sonoras, asoma entre chapoteos cándidos (“Pikachu”), claustrofobia programada (“Cherry Valance”), drones entregados a la épica (“Priscilla”) y marcialidad pomposa (“Mickey Mouse”). Similar a un muestrario de reliquias iconográficas, relegadas a la obsolescencia y al polvo de repisa, pero eternamente conservados en esta suerte de cápsula del tiempo y conformes a ser recuperados bajo demanda.
La técnica se pone al servicio del recuerdo, como un tejido vivo y palpitante, destinado a envolver el oído paciente de quien sabe observar sin urgencia. Cada capa de la mezcla, sutil e indiscernible, ejerce su dominio con independencia y entidad propia, conscientes de su fragilidad, pero resueltas a dar fe de que la memoria no se narra en línea recta, sino entre vibraciones y desajustes que insisten, se deforman y se retuercen. Callan los circuitos, pero nuestro viaje no ha hecho más que empezar.
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